Valle Hipersónico (II)

El valle se camufla constantemente en las figuras que sus habitantes le fabrican y las canciones hacen que cambien de forma las montañas. Incluso a veces la única manera de recordar el clamor del monte, parece estar en la condición invisible, pues la sangre es imprecisa al lado de la melodía. El dolor, de repente, se transforma en el pálpito que el ritmo ofrece en su variación y el mestizo a ratos solo se halla en la posibilidad de revolución que le permite el sonido en tanto ciencia de la palabra para algunos, disciplina del movimiento para otros, espacio de liberación para tantos. Hablar de los años es complejo en una tierra donde la amnesia aún es perpetuada por los mismo habitantes, por ende lo que recopilemos solo serán canciones sueltas que se hacen entre los días, pero no se quedan en puntos fijos de la temporalidad, para pasar más bien a generar rutas múltiples a otros tiempos que, junto a los futuros extraviados entre los bosques, conjuran la esperanza de la mutación: el grito mestizofuturista que entre chismes, despertadores, balas, llantos y silencio, se abre camino como visión sónica de una generación que aunque no puede ver en pretérito la guerra, parece escuchar en un futuro donde la querella sangrienta se ha superado.

NRS in da Area

Y entonces como el oído se adelanta a la cuestión actual, se desenvuelve no tanto en la diatriba de la tradición como sí en la expresión de aquello que le compete a la diferencia, en el valle a menudo entendida como resistencia, como espacio para reclamar lo propio. Es ahí cuando un grupo aparece «otra vez» en el área, para reconsiderar su rap nativo, como siempre capaz de rima jovial que deambula entre la competición, la ironía y la calle, esta última siempre presente, bien sea por el muro, las faenas o el clan. Y es que cuando casi nadie intentaba arriesgarse en esa figura del sentido y la concreción que rap llaman punchline; cuando pocos eran directos con lo que al rap mismo se refiere, cuando aún no existían patrones para una nueva escuela del rap del valle, ahí estaba No Rules Clan, militando en tornas, micros y latas de aerosol, expresando no propiamente una ciudad o un pueblo, sino sus vidas dentro de esa maraña de variables que componen el área metropolitana, especialmente Envigado. Sin embargo, uno que otro percance, ocupaciones y situaciones, han hecho que se dilate la publicación de nuevos temas, al menos como grupo, dado que Anyone/Cualkiera, miembro del combo, no ha dejado de repartir su credo, siendo su último trabajo con El Arkeólogo una fina muestra de su estilo. El regreso de NRS augura un futuro donde el esquema tras el boom bap no parece después de todo tan diluido en nuestra zona, aún cuando a tantos les haya dado por desviarse a explorar fuera de este. Lo clama un un sample, voz de Gambeta, que se va en un scratch al final del tema: «Mantenemos vivo este legado».

Eyes Of A Soldier

Ya tenía que encontrar Magdalena un espacio para no ser ella. O quizás para ser más ella. No lo sabrá ni ella tal vez, y menos lo va a saber un escucha forastero. Sin embargo, escuchando sus DJ sets, su Magdalena Solo project o las crudas propuestas de techno que acostumbra, es evidente su versatilidad, que sin duda es también es sinónimo de espacio para la experimentación intuitiva, donde siempre la voz, aún cuando no se presenta grabada, pareciera ser el esquema que traza el resto de sonidos. O no digamos voz sino melodía, salvo que en el caso de Ana Gartner –como la llamaron en su casa–, se da de una forma orgánica con respecto a lo humano que aporta la vocalización dentro de la imaginación maquínica de la música electrónica. De hecho, antes de un sintetizador o un sampler, ya el encuentro de voz y cuerdas, voz y marfil, voz y madera, era un proceso suficientemente alien como para declararlo intercambio mutuo entre lo que parece humano y lo que no. Syme aprovecha este tipo de intersticios categóricos para asumirse desde la condición cibernética, desde un encuentro de estéticas de géneros como el post-punk, el krautrock o el electro, considerando una suerte de ficción sónica que intercepta la mente a partir de un extraño devenir de voces imposibles de situar en un espacio netamente orgánico o un territorio puramente artificial. Se trata más bien de figuras de la mutación alterna de una mente ambiciosa dentro de la máquina sónica. Ya a principio de 2018 lo mencionamos y Syme es un ejemplo de cómo articular un espacio posterior a sí mismo. Eyes of a Soldier refleja particularmente una forma de integrar la militancia y el misticisimo propio de Medellín, con elementos más salidos del contexto local y relacionados con la forma reactiva de explorar lo universal en un mundo post-digital. Syme es el ejemplo perfecto de una ficción sónica tejida en el cruce de un espacio virtual y un puerto material donde se reciben herencias que no colonizan propiamente el territorio, sino que más bien se transfieren a modo de códices invisibles que conducen a otro espaciotiempo.

Keter

Aparece nada menos que en Pole, al lado de maestros como Mulero y Bradley, seleccionado por Jonas Kopp, experto en paisajes desconocidos. Reúne temblores recientes de la ciudad subterránea que se deben a reformas aceleradas de las figuras de su ficción sónica, donde ha aparecido de repente un techno cósmico, volcánico, extraído de las más recónditas naves que traen telegramas astronómicos, rutas a tierras futuras o sin tiempo; a elegir por quien escuche y se mueva ante órbitas de semejante elegancia. La estructura de Keter es la de un planeta que responde a una maquinaria exigente con el beat al punto de pedirle un espacio que respete la paradoja de no saber para donde moverse. El cuerpo termina como la mente, en veremos, en giros, en la tendencia inevitable que el techno tiene a la hora de embrujar la realidad. Quizás no haya hechizo alguno y lo que devele esa estrafalaria suma de aparatos, sea más bien el hábitat real, una posible cuna, dimensión para ser, lugar del acontecimiento. Y entonces la sonoridad se manifieste como una fuerza generativa, donde esos mundos que establece la resonancia en el bucle, responden por igual a la distorsión y la utopía.

Encargo

El sicariato en Medellín ha pasado de ser una cuestión de estudio ha valer como arquetipo de ciudad. Afuera preguntan más por Pablo Escobar que por Fernando González, y no es de extrañarse. Es más trillada la rabia de un medellinense con el imaginario de Escobar que la intriga que tiene alguien con ese nombre, ese hombre, su contexto como persona y su devenir como símbolo. El imaginario reclama algo diferente desde la ficción sónica de géneros como el techno y el hip-hop, por ende era de esperarse que el impulso mestizofuturista se viera reflejado en nuevas muestras de la cuestión militante que implica el techno en la ciudad en respuesta a su historia. Nuevas fonoficciones estarán por llegar y ya en el lugar se alcanzan a vislumbrar algunas que comienzan a aprovechar estas nuevas maneras de construir música. En su primer EP, (No)Futuro, el oculto productor RX115 se adentra en elementos de la jerga sicaresca para explorar el tema de la utopía y el trabajo. Su uso de un elemento de la cultura popular de la Medellín del siglo anterior dejan ver una intención de restituir conceptualmente no solo las palabras sino la dinámica en la que se sitúan las fuerzas que mueven a los entes en nuestra tierra, aquí lejos de las armas de fuego y más bien cerca de esos instrumentos sónicos que permiten una modulación extrema desde la cual se arma una textura única de alta clase. Estallidos de metales y cajas de ritmo en distorsiones controladas en su cauce, con melodías hipnóticas de gruesos sintetizadores que se aúnan a percusiones repetitivas, en ritmos aparentemente descontrolados a ratos, pero realmente simples y frenéticos en el fondo. Todo sucede tras palabras de Escobar que incitan al caos, apareciendo sonidos y voces como formas sugerentes en su bucle. Estructuras minimalistas, pero un contenido amplio y con complejidades semánticas que relacionan de alguna forma los arpegios fantasmagóricos con las palabras del capo, jugando a la analogía del rave como espacio de batalla y las pulsaciones electrónicas como las almas vivas que habitan un espacio semejante, a su vez sugiriendo una Medellín sónica que entiende el caos en baile de cuerpos y no destrucción de los mismos.

Messier 64

Ya hace más de cuatro años nos recordaba Granuja junto a Zof Ziro esa verdad que hoy más que nunca ratificamos: en nuestra patria boba, que para muchos nunca ha dejado de ser, pues es evidente que se complican cada día más las cosas en este país errante. Por eso muchas veces será mejor no decirle nada. Más bien callar referencias, callar ademanes, callar entre tantos que alegan sin parecer detenerse. Pero tampoco es salida limitarse al mero mutismo, más bien es cuestión de dar el siguiente paso: irse lejos, volar, explorar alguna ruta que no esté manchada de tantos conceptos que nos invaden la memoria, para lo cual la mejor alternativa siempre será el ritmo crudo, que es amo del cambio y el movimiento, núcleo de la libertad de quien no se somete al tiempo, sino al contrario: el tiempo es su esclavo, es materia prima de la que labra mundos o caminos a estos. A veces ni siquiera se llega a algún lugar, quien sabe si por el tráfico estelar o por ser intencional en el piloto, que admirando lo que logra conocer, prefiere la ruta al ancla.

Muchos raperos cuando quieren experimentar, hablan más, hablan otras cosas, exploran otros géneros. A Granuja, le sucede en Messier 64 exactamente lo contrario: decide quedarse callado, pero lograr aún así tener voz en la lejanía, gracias a un álbum que bien podría ser un solo tema, una sola forma de exponerse a una sampladelia sinigual que se convierta en teatro, espacio para el viaje sónico. De una u otra forma hace sentir que ahí permanece todo el tiempo el MC, salvo que oyendo, o expresándose en cortes de audio. Quizás es ahora tan alien su condición con respecto a su radicalismo con el rap seco, que podríamos pensarlo como una etapa de depuración de sus letras, una expansión, un reposo. Todo el álbum un mismo viaje, un encuentro fuera del humano, donde el MC silente habla en skits, samples, cortes, espacios, sugiriendo una suerte de imaginería cosmonáutica, fonografía extraterrestre que narra la historia de alguien que se aparta del mundo para ser otro.

Aunque si Messier 64 es un espacio sin el rapero, habría que considerar su realidad en cuanto forma instrumental sin humano, teniendo presente su cercanía al IDM clásico, al ambient, a la música experimental. Y así como podrá ser Messier 64 un oratorio enmudecido –álbum de rap con el rapero en silencio–, o un templo de escucha –pieza de música electrónica para ser simplemente escuchada–, así también podríamos especular otra dirección más de sus posibles interpretaciones: la de una estación de despegue de voces, una especie de incubadora de MCs, pues los cortes, aunque instrumentales que no requieren una voz, a menudo se la sugieren a la escucha. Al rapero que escuche el álbum, podrá serle quizás inevitable acomodar ideas, palabras, figuras; por más que muchos de los temas no parezcan hechos para tener una voz encima y más bien para expresar esa figuración del retazo contra el retazo. Todo el concepto del álbum parece un recorrido por el espacio, pero no por planetas sino por lo que hay entre estos. Mundos intersticios que sirven de plataforma para ritos nuevos. Por ello Messier 64 parece el quiebre de Granuja en su silencio, su beat crudo en su presencia. Es el punto donde la voz, al exigirse más, se apacigua para ser otra, para ir a otro territorio. Messier 64 parece tanto el resultado de un profundo proceso con un hip-hop intravenoso, como un augurio de lo que ha de venir en un rapero aparentemente más solo, más lejano, más íntimo, más hermético en su oficio. Al parecer su condición extrañamente alienada y obsesivamente etnográfica al mismo tiempo, está mostrándole rutas, como la de decir mudo, o la de recordar que el hip-hop nace en la escucha.

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