Una vida feliz: reflexiones agustinianas (I)

*Escrito a dos manos, por Miguel Isaza y Camilo Tamayo, durante el seminario de Pensamiento Medieval, dictado por el Doctor Gonzalo Soto Posada.

Gozar el silencio: La felicidad silente de Agustín

Hay quienes dicen que los filósofos son esos sujetos que particularmente gustan de pensar y hablar, como si su tarea fuera meramente decir, o más concretamente, como si fueran simplemente vástagos del λóγος (Lógos). Sin embargo, la filosofía, en su raíz, y el λóγος mismo en su cauce, yacen en el silencio. Filosofar, en este sentido, no es mera reflexión y elocuencia, en tanto deviene como silencio y escucha, es decir, como apertura a lo que es, un dejar ser la verdad para escucharla, más que buscar atraparla con cualquier artilugio de la conciencia —la palabra, propiamente dicha—, o bien sea en los sentidos, la razón, las pasiones o incluso hoy, la tecnología.

Ahora bien, esta filosofía que no sólo es λóγος sino ante todo no-logos, no-decir, escuchar, recibir, deleitar, viene a ser una filosofía que integra el silencio como elemento capital, en tanto es éste el encargado de contener los caminos de la verdad: el silencio es el eje central de la experiencia mística y como ejercicio espiritual implica el anonadamiento del místico al punto de asomar su espíritu más allá de los muros del tiempo, donde su vida es camino al Eterno, a la fuente de la infinita creación, donde la actitud ya no es la del λóγος per se, el mero decir, sino la de un desplazamiento ontológico al no-decir, al escuchar; una transición al silencio que implica un abandono de sí, el rapto divino, el gozo de quien ya es feliz porque ya no necesita decir, poseer, obtener, pretender o atrapar la verdad, solo dejándola fluir, mutar y reproducirse. Así el místico en última instancia, se deja completamente, para ser espacio silente donde la felicidad emerge de forma natural, como una energía que envuelve todo lo que es.

Y callados hay muchos pero pocos en silencio. Callar es simplemente anular la voz, pero internamente puede aún así insistir una aturdidora resonancia producida por el incesante ruido de las pasiones. Por ello el silente puede ver más allá, porque ha calmado su ser, ha tranquilizado su alma, puede gozar ahora de la fuente del Absoluto. En otras palabras, reposa en la totalidad que al no ser nombrada y señalada como objeto, desborda los contenidos racionales y las pretensiones meramente epistemológicas, para experimentarse como el todo al cual pertenece el hombre y el mundo que es, que sigue siendo, sin necesidad de representación.

La novedad de Agustín

Esta capacidad del hombre de arrojarse completamente al abismo del silencio, le permite un encuentro con su nihilidad, que es en el proceso místico un ascenso en el caminar hacia lo que convendría llamar Dios. Lo interesante, es cuál Dios entraría a condicionar este proceso de iluminación ––que en nuestro caso no sería otra cosa que la suprema felicidad––, y de qué manera ese Dios puede integrarse al proceso del filosofar. 

Es en este último punto donde la propuesta de Agustín de Hipona sirve para evidenciar perfectamente este proceso donde la razón o el λóγος, la virtud o el decir, no son propiamente el núcleo del camino de la sabiduría, sino ante todo el silencio donde uno, hallándose a sí mismo, cae de cara ante la virtud y la verdad, pero se va más allá: a la fundición con la fuente, al éxtasis erótico-estético fruto de arrojarse entero al profundo misterio del cosmos. El silente está completamente ante Dios porque ningún ruido lo perturba; como diría el santo, “ya no es un sordo”, es decir, ya el ruido no lo aturde, como argumenta en las Confesiones con respecto a su como dirá en las confesiones. El silente sabe escuchar, por ende se abre al canto del creador y alcanza la más deseada felicidad: la del alma en su encuentro con Dios.

En la aventura agustiniana de la filosofía, esos osados que se embriagan de silencio, son los felices, quienes absortos en la contemplación de nada ––que es el deleite de todo––, son uno con el Absoluto. Es por ello que la felicidad que propone Agustín sigue sirviéndose de la razón, salvo que es una razón mística: pensamiento en tanto tiende a Dios, a su encuentro, enamoramiento, deleite, comunión, regocijo, éxtasis, frui. La concepción de la felicidad en nuestro santo está inevitablemente ligada al encuentro mismo que la mística representa y cómo esto se refleja directamente en el proceso de expresar, hablar, decir, pensar. El encuentro místico sería el puro silencio en el cual el universo se manifiesta; más tarde dirá “navegando a puerto seguro” en donde muchos hombres aunque bien encaminados estén, se perderán antes de llegar. La creación divina se contempla en el silencio donde Dios se hace presente como acto puro que consume todo lo que somos.

Ahora bien, varias de las propuestas de las escuelas filosóficas de la antigua Grecia, ya presentaban una serie de concepciones que podrían tildarse de místicas en tanto invitaban a una encuentro total con lo divino que implicaría incluso la completa absorción del sujeto en el Uno. Sin embargo, la novedad de Agustín es precisamente que a esta estructura, que bien podría condensarse en la filosofía platónica y neoplatónica, introduce particularmente el Dios de Jesucristo —más tarde veremos como el verbum dei toma forma y sentido en esta visión—, lo que implica una renovación ontológica de la pregunta misma por aquello que constituye el proceso místico, porque estamos ya no ante el ἀρχή (Arché), la verdad o el bien supremo, sino ante el camino del Dios de Jesucristo, un Dios que se hace carne y se revela, por medio del humano puro, como meta para ser alcanzado para culminar el sentido de la existencia.

Esta renovación implica no sólo que la concepción del fin último sea trasladada al Dios cristiano, sino que todo el proceso de ir hacia la felicidad, todo el arte de vivir, y la exploración de la sabiduría como tal, se torne hacia ese mismo fin. San Agustín no pide que no se ame, sino que se ame de forma ordenada, esto es, que el hombre no debe confundir los medios con los fines: el uti, las cosas concretas del mundo; y frui, el gozo de lo divino en el humano. En otras palabras, la empresa filosófica se revela como camino hacia Dios, camino a la vez propuesto como el abandono del individuo mismo: un proceso donde la razón mística aparece como un vaivén de silencio y λóγος que cultiva al individuo hacia Dios.

En Agustín encontramos que la felicidad como plenitud de la vida no se manifiesta como una razón mística en el sentido de que haya un proceso racional influido por la estancia en el silencio, sino que también se está haciendo alarde a una mística que razona. Esto es aún más importante si tenemos en cuenta el papel que desempeña el Amor en la concepción Agustiniana de la felicidad. El Amor vendría a ser quien se sitúa por encima de la razón, abarcándola, pero enamorándola, extasiándola, llenándola de Gracia, hasta el punto que sólo el silencio sea.

Hacia una felicidad silente

Partamos del hecho de asumir la integración de todo como hecho de la felicidad, es decir, el desprendimiento de sí que abre al místico a presenciar la unión entre todo cuanto existe, el amor que, en el pleno silencio, se manifiesta como pura creación unificada en su diversidad. Se señala que en el fondo todo es lo mismo, o sea acá, en el hecho mero de estar, aunque en la apariencia se piense que cada cosa es una y distinta, realmente, ante los ojos del silencio, no hay diferencia entre ellas. El místico probablemente no refutaría esa inevitable unidad que presentan todos los fenómenos en determinado momento, pero el filósofo preguntará: ¿por qué? ¿de qué manera hay unidad en lo que aparenta ser diverso? Por un lado, a juzgar por la actividad fenoménica y la percepción de los diversos eventos de la dinámica de aquello que se da en la conciencia, podría hablarse y estudiarse cierta diferencia; sin embargo, esta aparente exoticidad entre los fenómenos no impide que se escuche la nota sustancial de los mismos, el Ser de los entes, su espacio común.

Esta base esencial vendría siendo la naturaleza de todos los fenómenos posibles y existentes, sería la fuente del ser mismo, pero no puede ser previo a este: ha de ser nada, por eso el silencio toma un estatuto ontológico, fundamental, haciendo de la mística no sólo un elemento válido para la filosofía, sino como diría Agustín: necesario. Dejarse raptar por el amor divino, anonadarse en el éxtasis del silencio, es requisito fundamental par el filosofar, porque es en gran medida el núcleo de la felicidad: la gracia divina, el fruto de Dios en uno. En este sentido, ese espacio común que se plantea como el fondo de todo cuanto existe, es propiamente un estado de vacuidad y silencio excepcional, donde todo está ínfimamente invadido de la gracia divina, el puro amor que se manifiesta como el agente responsable de la felicidad humana.

Cuando se siente amor, éste está siendo, pero es algo que late en la medida que es hacia algo. Cuando uno se pregunta por el fondo de las cosas, es que esas cosas laten, están patentes: es algo aquí, en lo que se está siendo. Ese fondo  visto en términos místicos, podría denominarse como voluntad, no obstante, apelamos nosotros a que las cosas en su nota fundamental tiene cierto sentido, pero no necesariamente porque uno les esté dando sentido — cosa entonces, que no podría ser el Ser utilizado en términos conceptuales—. Podríamos pensar que este elemento esencial nos invita a una concepción del amor como la presencia misma del alma ante la creación. En Agustín el alma, en tanto ha de tender al encuentro con Dios, se debe alimentar adecuadamente, por ello el silencio y por ende la escucha.

Escuchar la felicidad

San Agustín, lejos de ser un pregonero de una verdad racional del misterio último, es un tejedor de vías para ir a este. No sería correcto asumir la filosofía de Agustín como la de quien construye un decálogo sobre lo que son las cosas, sino como la de quien invita a vivir la experiencia de profundo amor que él mismo siente. Su razón mística le impide ser meramente racional, tornándolo en un incitador del alma, un detonante de la contemplación misma en el misterio. San Agustín habla silenciosamente, invitando a reconocer el hecho de que la felicidad no es un proceso material sino una dinámica del alma en su peregrinación a la gracia divina, donde la felicidad ni se encuentra, ni se obtiene, ni se guarda, ni se define; tan sólo se escucha.

En este sentido, la felicidad viene siendo la escucha de la verdad de Dios como manifestación evidente en la experiencia del silencio, donde al estar completamente ausente la idea del sujeto, la conciencia se hace terreno fértil para la pura contemplación —el gozo agustiniano que desborda toda posibilidad del amor— donde ya no se contempla nada preciso, puesto que no hay objeto o sujeto, apoyo o punto de contemplación, sólo ardiente vértigo que brota entre las fronteras de lo que se habla y lo que aún no se dice, lo que se sabe y lo que no, fundiéndose en mutua correspondencia. La tarea del filósofo en gran parte de su ejercicio, es escuchar y guardar silencio.

Viene a colación el hecho de que la escucha, en tanto silencio, es pasividad, detención, puesto que la escucha no puede hacerse, en rigor, hablando, diciendo.  Escuchar es quedarse ahí. Cuando uno lee, aprende, reflexiona, se logra un espacio silente propicio para una más clara representación del pensamiento. La escucha permite captar el mundo en tanto pide silencio, esa es su única explicación: no es estar callado, puesto que si uno no habla, pero persiste su necesidad de decir, no está aún en silencio. Cuando hay ruido en uno, no se atan bien las proporciones del pensamiento y es aquí cuando la mística se hace esencial para la filosofía, porque se manifiesta en el silencio. 

Realmente, el lenguaje es en gran parte silencio, más aún en la medida en que debe estar ausente para poder tener sentido a la hora de hacerse manifiesto y además en tanto necesita ser escuchado. Y no se trata de un callar necio — como lo menciona San Agustín en sus consideraciones sobre la sabiduría, en cuanto a que el hombre al tener el alimento y no darlo a su cuerpo (obedeciendo a las exigencias del cuerpo), está siendo necio al negar una necesidad real que el cuerpo demanda, cuando en realidad tiene capacidad de solucionarlo—, no es que no se pueda decir, puesto que para ello es evidente el uso del lenguaje, sino que refiere a una forma necesaria de estar en el mundo diferente a la que nos inducen las palabras, una forma que se detiene a pensar las cosas,  que respira, que da, a todo, su tiempo y temperamento necesarios porque sabe alimentarse de lo que realmente necesita el alma para alcanzar la felicidad.

La frui agustiniana puede leerse con toda legitimidad de causa, como una propuesta ante un mundo contemporáneo lleno de ruido producto de la mente misma del hombre y del discurso vacío que va perfectamente amplificado en la palabra. Es un grito de silencio donde hemos de contemplar, en la quietud, el canto siempre reverberante de la Gracia, con la esperanza de quizás fundirse a sí mismo en los ecos eternos de la ciudad del cielo. La sociedad de hoy diversifica los bienes, más no propiamente encuentra la felicidad en ellos; dice tanto que se aturde, porque eso necesita el silencio, no porque la palabra sea algo de suyo malo, sino por el hecho de que hablar cuando ya no hay que decir, es necedad. La filosofía como camino a la felicidad sería así un ejercicio que busca, ante todo, situar al hombre ante el gozo de lo inefable y regresar de nuevo en su movimiento por la realidad, con palabras brotadas del camino, con recuerdos del silencio que se hizo palabra, el del Dios que se hizo hombre, el del verbo que se hizo carne.