Tres Peregrinaciones Andinas

Crónica de un viaje

Mi primera impresión fue contradictoria: cuando llegué al Perú, experimenté una suerte de semejanza con el entorno —con sus gentes y sus cotidianidades — , que me fascinó por su familiaridad, que me aterró, al sentir sobre mi piel, su salvaje fuerza desconocida (días después, terminaría por entender que ese parecido no era otra cosa que la misma extrañeza con que el reflejo propio se dilata en los espejos, y se pierde en la lejanía de otras tierras).

Me presenté ante aquellas tierras lleno de preguntas, de sueños por soñar, de lenguajes ininteligibles por escuchar. Me presenté desnudo, desbordado por un ansioso idilio espiritual verdadero, aflorándome por todos lados nostalgias de raíces míticas y sentidos religiosos que, hasta entonces, me habían sido negados por mi propio hastío de la permanente persecución cristiana, con sus dioses metarmofoseados en rostros y cuerpos humanos afligidos, condenados. 

Ahora, mientras trato de evocar lo vivido y escribir estas líneas, pienso que nuestra lucha por comprender y expresar alguna suerte de identidad sustancial como pueblos latinos — que hoy en sus discursos intelectuales suele rechazar toda doctrina Europea y desconocer las de Oriente, sin dar todavía con expresiones propias de su historia personal y colectiva, de sus imágenes y su cultura —, ha fundando sus esperanzas en una permanente búsqueda de «su» historia, en la historia antigua de los pueblos indígenas del Sur. Sin embargo, no ha resultado un encuentro fecundo, por el contrario, morbosamente malsano, que no logra un vínculo real, integrado a nuestra conciencia, a causa de la ignorancia. Nuestra experiencia de esos pueblos, es en base, fantasiosamente corta. Suelen ser muy poco conocidas sus estructuras cosmogónicas y políticas, y menos aún, experimentadas e incorporadas a las dinámicas cotidianas de nuestras sociedades citadinas, industriales. Es frecuente ver intentos que terminan por limitarse a un encuentro furtivo, a un turismo exótico, a un aburguesamiento que compra imágenes y objetos de esos pueblos y paga por tener experiencias agradables dentro de ellos. En realidad, este tipo de experiencias se encuentran por muy lejos incapacitadas a captar la profunda complejidad de sus lenguas, sus historias, sus símbolos y mitos, sus sistemas sociales y económicos, su temporalidad y sus ciencias. En el fondo, como latinos, solemos desconocer la humanidad de estos pueblos indígenas, herederos directos de esos anhelados reinos utópicos prehispánicos.

En Cusco , luego de algunos días de viaje, caminando por las calles frías de la colonia, entendí que para fundirme con ese mundo nuevo, secreto y delirante, solo eran precisas dos cosas: estar siempre atento y discreto, para no prejuiciar ni tampoco adorar en injustificados excesos, sino con el fin de incorporarme sutilmente a sus fluidos cotidianos. Respirar con suavidad sus vientos y sus formas, imitar su acento y vestirme con sus atuendos, vivir sus certezas y volver a nacer en aquellas tierras, con una devoción propia de cualquier hijo que busca el retorno hacia su más entrañable hogar, ya olvidado hace muchos siglos, y que aún peregrina nómada ansiando llegar… Entonces me encontré con una sociedad rauda, ambiciosa, mística, tímida y por mucho, melancólica. Conocí esa parte del Perú fatal y paradójica, pero de una sabiduría profunda, enraizada en un pasado que penetraba y desbordaba de imágenes a mi corazón, y le recordaba un historia mágica que algún día existió. Me quedaron sellados rostros familiares, voces muy conocidas, dioses y emperadores, y lenguas solo entendíbles en mis sueños, de un pueblo sumergido entre el olvido y lo existente de ellos que aún sigue vivo. 

El Fervor de los Andes


Se cuenta que cuando los exploradores del viejo continente emprendieron la conquista del litoral pacífico suramericano, se precipitaron dentro de tierras enloquecedoras y febriles, cuyas gentes desconocían la pólvora y en cambio, estaban adiestrados en las artes del envenenamiento tropical. Aturdidos por el rugido de sus montañas y sus pueblos, se apresuraron a edificar catedrales, una enfrente de la otra, como remedio a sus locuras incurables. La magnitud de la Cordillera de los Andes es algo que hasta ahora, provoca náuseas y convierte la sangre del cuerpo en agua. Por excelencia las montañas andinas han logrado una especie de contacto permanente con el cielo, como tratando de tocar las estrellas. Aquellos conquistadores tardaran generaciones en doblegar al imperio Inca. No imaginaron, que en medio de nevados y bosques tropicales, librarían batallas contra guerreros del viento y del fuego, hijos de una cosmogonía cimentada en el matrimonio natural del Cielo con la Tierra. Sus lagunas, ríos y cascadas parieron en el flujo de tiempos remotos, nativos que en sus trajes de plumas se arrojaban al vacío para volar como cóndores, que se sumergían en las aguas y espesuras de la noche para traspasarlas intactos como serenas serpientes, que se internaban invictos en la selva como pumas peligrosos y hambrientos.  En aquel mundo olvidado por los historiadores de la conquista, el florecimiento Inca devino en un reino en donde los hombres cortaban y pulían lajas piedra con sus propias manos, desarrollaron modelos de agricultura en sincronía exacta con los tiempos de las estrellas, en donde nacían hijos brotados del oro, embajadores de la luz del sol y de la luna.

Sus creencias fueron frutos de realidad mágica, animista y chamánica. Tal poder representativo del mundo se origina al interior de la lengua Quechua, pues confiere un enlace mágico y sagrado entre el mundo externo con la expresión básica de la vida humana, el aliento. Es así como surgen las ideas y la relaciones mágicas, puesto que entablan una comunicación directa con los Apus que todo lo rodean. Según se cuenta, los Apus encarnan la figura del mundo espiritual manifestándose entre los fenómenos, objetos y seres que componen la totalidad del espectro de la naturaleza. Tienen un poder telúrico y arquetipal anclado con la manifestación viva que brota sobre la tierra. Mensajeros del cielo se manifiestan en cóndores, los ángeles que cantan en las noches a las orillas de las lagunas son ranas. La serpiente es la expresión ferviente del placer y del conocimiento. El bosque es un fuerza viva que detiene el tiempo y se consagra eterna mientras los ríos la atraviesan. Cuenta la leyenda, que uno de los hijos del Sol, Inga Pachaqutec Yupanki, lideró la fundación mítica de Cusco, construyendo una ciudad con la forma estelar de un puma, rasgo de poder y protección sobrenatural, luego de salir invicto de numerosas batallas.

Es observable como lo catalogado de fantástico deviene en realidad cruda, objetiva. La experiencia brutal del choque de la conquista colonial deja un sinfín de rasgos que se dispersan en las variedades y facetas de los pueblos latinos, y que cuando se congregan entre sí, producen (más bien emanan), un sincretismo peculiar que constantemente transgrede lo posible con lo imaginario, lo verosímil con lo absurdo, lo cotidiano con lo espontáneo. a su vez, deviene en caos, en fuego y dolor. El magnetismo de la cadena montañosa andina guarda en su tierra un infinito silencio de secretos y conoce bien la historia de la humanidad. Hoy por hoy, es el escenario de naciones jóvenes y zonas de conflicto, de desigualdades sociales y luchas tortuosas de derechos humanos, de riquezas y de la más inocua pobreza…

Queda como tarea urgente, desarrollar el potencial de nuestra identidad, en virtud de integrar los compuestos mestizos de la sangre, de las ideas y las lenguas, para explorar potenciales creativos que vinculen a la realidad, la utopía.

Montaña vieja de Machupichu

«Escuché voces que susurraban en mis oídos diciendo:
Runacha, senkapi sarunacha, manan yachankichu, yachankichutapis, karun purina, pisin qoqawa, thantan ñam, pisitaqmi yachayniyki.»

(caminante, ningún camino conduce a las montañas, si quieres llegar tendrás que forjar nuevos caminos. Recuerda que las montañas son grandes, y tú eres pequeño. Recuerda que las montañas son sabias, y tú no tienes ni las mínima sabiduría frente a ellas. El camino es largo y tus provisiones son escasas)
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Eran las 4:30 de la madrugada del miércoles 20 de febrero. Mi novia y yo nos subimos a una Van que pasó muy temprano a recogernos. Ignacio, un hombre de veta muy inca y temperamento rudo, nos llevó por una carretera que para nosotros, era la primera vez vista por nuestros ojos. Llovía y el frío era espeso. Nuestros compañeros de viaja, provenían de distintos países de Suramérica. Argentina, Chile, Colombia, Perú. Todos congregados en el anhelo de caminar sobre las ruinas de un imperio que antaño fue la cuna de la civilización Inca. Su fuerza humana, aún magnética a pesar del paso del tiempo, nos hacía peregrinar hacia ella.

La madrugada pareció durar un día entero. Sobre las 10 de la mañana, coincidieron al mismo tiempo en mí dos momentos que en el instante fundieron el tiempo en un para-siempre. Iba pensando en Gabo, cuando comenzamos a penetrar en el carro una espesa niebla, en donde al final de la carretera podía verse a un pueblo dormido dentro de ella, rodeado de montañas rocosas y cascadas, y casas construidos sobre las orillas de los ríos con ladrillos de barro y pedazos palo, y mujeres vestidas de abrigos coloridos ordeñando vacas con bebés dormidos atados en mantos sobre sus espaldas. Al entrar al pueblo, desempañé con las manos la ventana. Vi a través del vidrio, pintado sobre una pared descascarada, el nombre de Huarocondo. Mi ser se distorsionó en aquel momento, sentí mi cuerpo levitar, entrando a la zona en que los objetos dejan de ser cosas inertes y se transforman en fantasía pura. Horas de camino después, al haber dejado aquel pueblo de neblina, supe que había perdido la percepción del tiempo. Todo era holgado y extenso. Cada segundo se hundía en la inmensidad montañosa. Los pájaros volaban sin tener que batir las alas, los árboles parecían cabalgar en el viento, los ríos eran estatuas sin movimiento. Podía uno sentirse como dentro de un huracán o en el suave bamboleo de una hamaca. Los rugidos del agua, las piedras y del tiempo, estaban suspendidos en lo eterno. Entramos al vientre, al fervor de los Andes.

Fueron 11 horas de caminata en total. Desde el pueblo de Aguas Calientes hasta la montaña vieja de Machupichu y el descenso de regreso. Escala tras escala, perdí la cuenta al sobrepasar las dos mil. Fue un ascenso callado, lleno de cascadas lejanas, el camino repleto de neblina, abismos por lado y lado, gigantes rostros de piedra.  Al haber llegado a la ciudadela continuamos hacia el mirador de la montaña vieja. Continuaron interminables esos escalones piedra, marcando el camino por un sendero lleno de desfiladeros y jungla. Cuando llegamos a la cima, se sentía como estar sobrevolando en un avión el cielo, pero eran nuestros cuerpos volando desnudos con los pies aún en la tierra.

Su peregrinación da valentía y nobleza, agilidad y fortaleza. Se convierte uno mismo en la propia ofrenda, y se enfrenta con sus propios temores, debilidades y flaquezas con cada paso que se va dando en el ascenso. Es como subir a purificarse, es como arriesgar a dañarse. Eso depende del motivo de cada «Yo» y de la intención de su corazón.

Laguna Humantay

La tierra que encierra la joya de Humantay es una fuerza oblicua. El espacio se transforma de tal manera que uno pareciera percibir de manera diagonal. Todo se hace más cerca entre más lejos se está. La laguna se encierra sobre sí misma, como un enigma hermético, un vacío abierto de color y cuerpo, concreto y tangible, pero infinito. Verla de frente es como tener algunos instantes de suspenso aéreo. Bajo su piel de turquesa líquida, puede uno ver el universo desde arriba como desde abajo, hacia los lados, debajo de las piedras y detrás de la tierra. Es como si se tratara de un mito circular que no termina de suceder, variable, inquieto, y a pesar de ello, sereno y estático. En su altura, se llenan las montañas de nieve, piedras volcánicas y cascadas brillantes. Ante su presencia, persiste el vértigo de saltar hacia su abismo con la esperanza de caer en el cielo.

Peregrinar hacia ella fue un acto de redención espiritual. La generosidad de Humantay llena a la mente de sueños, al cuerpo de vida y a la palabra de silencio. Esa catarsis sin nombre ni límite, revive un antiguo vínculo humano con la tierra como ese vientre inagotable de posibilidad sagrada y material.

Winikunka

Ascender a Winikunka es como adentrarse en antiguas historias, en pasados muy remotos cristalizados en el tiempo sin tiempos. Allá todavía pueden verse a flor de piel, regados a la deriva, rebaños humanos libres de pastores . Es el más vertiginoso y helado monte. El viento galopa inclemente, los caballos parecen caracolas y hasta las rocas deben tenerse fino del suelo para no salir volando. Ese tiempo milenario pueden palparse como humo en las manos, es lento y sinuoso, y hace que los días sean más largos y espesos, pero que se precipitan sobre uno con la intensidad de sus ventiscas hasta el punto de paralizar la carne, quemar la piel y penetrar de frío todo esqueleto. Se camina por un solo sendero que se va elevando hasta la cima. Durante todo el trayecto pueden verse peculiaridades mágicas: las casas son hechas en su mayoría de bloques de barro y montículos perfectos de piedra, como si se tratase de rompecabezas perfectos; oleadas de rebaños de llamas caminan como una lluvia de nubecitas pequeñas por toda la pradera; las aves vuelan en silencio sin batir sus alas; las mujeres y los hombres de la aldea llevan puestos vestidos teñidos colores vivos y llamativos, pero en su rostro aparecen miradas serenas y enigmáticas; el quechua se habla con fluidez mientras que a los niños les causa risa esa lengua extraña y lejana, el castellano. Al llegar a la cima, el aire es tan puro que parece purgar al cuerpo, la luz es tan brillantes que enceguece la vista, el paisaje es tan definitivo que uno deja de existir.

Peregrinar a Winikunka da la serena certeza de ser finito, diminuto y prescindible. De ser una nimiedad de la historia, ni siquiera un paso corto, ni la sombra de un grano de arena. Sin embargo, embriaga su presencia de un éxtasis sin aspavientos. Provoca que uno pueda sentirse tan vivo, que la existencia misma surja como un regalo de amor para asombrarse de la magnificencia del universo. Como si el sentido de la vida fuera éste y sólo este: dar cuenta de la belleza de la vida y llevarse en el corazón la convicción de que la muerte nunca nos acecha.

El Mestizaje: La Hojarasca Antropocena

Al comienzo de la novela La Hojarasca, Gabo escribió que «era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario (…) Y esos desperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizándose». Con esa misma expresión dramática de la realidad, el mestizaje es el resultado de una sacudida telúrica. En tanto es una explosión de identidades y cosmogonías en contienda, lo fantasioso y la invención se manifiestan como respuestas codificables en símbolos de imágenes, lenguajes y formas del mundo, que logran desnudar incesantemente un pulso de vida propia de lo apenas creado, lo que busca ser, lo que vibra ferviente desde lo más íntimo del espíritu. Su acontecer se expande a través de sus eternas llanuras, selvas, ríos, montañas y bestias, y toda esa materia prima se consolida en la conciencia humana a través de la identidad, que deviene en identificación con el ecosistema por medio de lenguajes, ciencias, ritos, imágenes, mitos y arquetipos . 

La utopía se destruye, se invalida, cuando a pesar del ineluctable mestizaje humano, los paradigmas de la sociedad se cimientan desde las ideas más básicas de convivencia: la noción de jerarquía (del saber, del tener, del ser), esos niveles desmesurados de libertad privilegiada que excluyen a lo Otro, justificada en el poder y en el placer de competir. ¿En dónde se refugia la luz y la sombra, el silencio del Otro? ¿Qué se lleva a su tumba de olvido? ¿Qué efectos provoca tal disipación? En nuestros pueblos latinos, a diario se vive en el olvido y la privación, en la indignación sorda, en la imposibilidad del futuro, producto de la exclusión de representaciones propias, del silenciamiento forzado, de la persecución violenta de identidades diferenciadas. Su consecuencia es el empobrecimiento de la mente, la falta de imaginación, la ausencia de dioses, la existencia de espacios de exclusión social naturalizados, abiertamente visibles: abuelos, niños y mujeres desplazados en las calles, rechazados… la guerra, siempre la guerra. La guerra del cuerpo, de la mente, del corazón. Sin embargo, en esta tensión surge la búsqueda de utopías, que desarrollan su fuerza creadora en base a su contrario, la carencia.

Al viajar a Cusco, descubrí como esa fuerza hibridadora es horizontal, jamás vertical. Cusco y sus gentes, su historia y sus montañas sagradas, tienen esa fuerza magnética que congrega peregrinantes de todas las esferas del globo. Unos van en busca de espectáculos rudimentarios y superfluos. Otros van en busca de algo íntimo, propio, muy querido y nostálgico, y entonces reencuentran un mundo misterioso, profundo y repleto de secretos. Sus calles de colonia siempre están atiborradas de pasos ajenos tocando puertas y de personas exóticas ocultando sus enigmas. Transitan cada día viajeros de todos los continentes, y por breves periodos de tiempo, alcanza a sentirse, o a soñarse, aquello que denominamos por ciudadanía universal: hijos de distintas tierras hermandados en su condición de humanos, se encuentran en Cusco…Luego, con la noche, vuelve el asombro, y la pobreza acecha, y los ciegos tocan flauta en los callejones. Regresa el mundo real, el ruido y la prisa, el dinero, lo mezquino.

Reconstruir el Alma

Retornar, retornar pero con el corazón febril, temblando de vida, con el espíritu lleno de imágenes y el cuerpo lleno de fuerza creadora. Retornar siendo el mismo pero a la vez siendo otro, para ser la memoria y el olvido, el testigo de los otros, para ser uno en sí-mismo con lo más íntimo del humano, para abrazar e intimar con un secreto, para sembrar una huella de nuestro camino por las interminables historias que se inventan con el tiempo. 

El Anónimo por José Watanabe 

Desde la cornisa de la montaña
Dejó caer suavemente una piedra hacia el
Precipicio, una acción ociosa
De cualquiera que se detiene a descansar
En este lugar. 


Mientras la piedra cae libre y limpia en el aire
Siento confusamente que la piedra no cae
Sino que baja convocada por la tierra, llamada 
Por un poder invisible e inevitable.

Mi boca quiere nombrar ese poder, hace aspavientos,
Balbucea y no pronuncia nada.
La revelación, el principio, fue como un pez 
Huidizo que afloró y volvió a sus abismos 
Y todavía es innombrable. 

Yo me contento con haberlo entrevisto. 
No tuve el lenguaje y esa falta no me desconsuela.
Algún día otro hombre, subido en esta montaña
O en otra, dirá más, y con precisión.
Ese hombre, sin saberlo,

estará cumpliendo conmigo.