Sonido y furia al sistema (aka. Mestizofuturismo V)

Los insectos atareados,
los caballos color de sol,
los burros color de nube,
las nubes, rocas enormes que no pesan,
los montes como cielos desplomados,
la manada de árboles bebiendo en el arroyo,
todos están ahí, dichosos en su estar,
frente a nosotros que no estamos,
comidos por la rabia, por el odio,
por el amor comidos, por la muerte.

Disonancia, Octavio Paz

Anti-Futurismo

Qué más vamos a decir: la palabra mestizo y la palabra futuro están sobreutilizadas, saturadas, violadas. Y no solo las palabras, sino también en gran medida aquello que sus factores nominales señalan: el mestizo se ha vuelto producto, de hecho, bastante exitoso comercialmente. Y lo que respecta al futuro, es ya algo tan presente que perdió su valor. No hay futuro, y nunca lo hemos tenido si proviene de una noción del tiempo y la historia sostenida bajo la idea de un mañana trazado por quienes que hoy, también mestizos, nos colonizan. Y más: Nos agreden, nos roban, nos controlan, nos dañan, nos mienten, constantemente están buscando la manera de usar el mestizaje mismo de las formas para controlar eso que llaman futuro, con ello buscando confeccionar, no un mundo, sino un «sistema», un algoritmo en el que parece algunas veces solo existir el ruido sin más. La Gran Máquina anda perdida y pretende encontrarse al tragarse el Sur, pero se olvida de un dato: nunca nos han gobernado. Las guardias indígenas lideran las marchas, los músicos se unen a pesar de sus diferencias, las plumas se activan más que nunca en momentos de resistencia, y la gente no solo camina: marcha, reclama y pide libertad; las cacerolas resuenan como un llamado crudo a lo que queda de la justicia y las mingas colectivas sostienen la vida, amenazada por ejércitos que de repente salen a flote bajo órdenes de unos «gobernantes» que comandan clusters del algoritmo central que a todos nos compete. Por ende, cuando el código no es consecuente con la vida, nos lleva a unirnos para reclamarla, para buscar un espacio inclusivo, un territorio ecuánime, fundamentado en la lucha por el respeto a la diversidad y la búsqueda de ideales que nos permitan un mundo justo.

Insurrección

Se oye en todas partes: están intranquilas las calles del Sur. Y raro fuera que no: los gobiernos están matando a la gente, la misma a la que le suben los impuestos, la misma a la que por años han engañado. Incluso hay niños, que no pagan impuestos y poco sabrán de los tecnicismos del engaño, pero también han caído, porque el ejército, la policía o los antimotines así lo decretan. El mestizaje pareciera una renuncia a creernos de un solo color, y pese a la diversidad de nuestras pieles, a la final lucen rojas, por una sangre que es tinta de una pluma atroz que se ha esmerado en escribir una dolorosa historia de la cual estamos hoy más que cansados: estamos furiosos.

Sûr

Las formas comienzan esta vez con una «materialidad espectral», con la auscultación inevitable de los susurros previos al estallido. Ser realista en el antropoceno es saberse improvisando un constante comienzo de cosas que ya se sabe que no están. Y como para evitar ser una quimera insignificante que se ahoga en el mero hecho de asirse ilusoria, se desenvuelven una serie de siluetas, cuerpos, espacios, dinámicas y situaciones que insisten en preservar lo fundamental: la Vida. Es mucho decirles que son pura existencia, pero muy pobre considerarlos meros fantasmas. Arquitectura espectral, cuerpos sónicos, ecos sueltos, energía incubada en lo inefable, en el desprendimiento semántico y las afecciones indelebles que parecieran no estar, pero retumban. Sûr, del argentino Joaquín Gutiérrez Hadid explora estas posibilidades intermedias de lo que aparenta definirnos. Su declaración sónica, primero instalación, luego pieza digital, es la consideración de los fragmentos de una voz perdida en el espacio de la colonización intelectual que nunca logró apropiarse de una tierra indispuesta ante la presión de la figura Moderna, un territorio medianamente discernible pero inevitablemente atemporal y onírico, escurridizo, mutante. Hace al oyente pensarse como espacio de vibración en sí mismo, pero también invita a especular: lo que ayer era el delirio de alcanzar Occidente, es hoy un desprendimiento decolonizante, que aunque ha aprendido del Viejo Mundo, ha sabido deconstruirse al punto de asumir la polivalencia de sus nombres propios y la maleabilidad de su historia. Ante el mito de Américo, se cuela una forma sin brújula: no hay, en esta escucha, ni norte ni sur, solo un leve aquí, desde donde se escuchan voces reconstruidas, en una atmósfera cambiante, a la espera de una ciudad que acoja nuestros pasos.

Sûr es una pieza de excavación forense que pone su bisturí en un cuerpo acústico sumergido. Al congelar, dilatar y diseccionar la textura granulada de la voz, deja de ser el conductor neutro de un significado externo, desplegando su propia polisemia insondable. Los timbres, las modulaciones, las cadencias y las inflexiones nos conectan con diferentes formas de hablar y sentir, formas de caminar en la tierra. Liberada de sus características semánticas y reconectada con sus cualidades como cuerpo vibratorio, la palabra se redescubre como un medio, un canal de invocación y nigromancia. En su intrusión en las salas vacías del edificio que es la modernidad, evoca una serie de resonancias subyacentes: el regreso fantasmagórico de los afectos silenciados, un antiguo cementerio nativo enterrado debajo de los cimientos.

Ezequiel Fanego, Curador de Sûr

Ciberchamanismo

Insurgentes nos hace replantear el futuro para abrazar la ancestralidad como ruptura del tiempo y concentrar las máquinas en una adaptación al ritual y no a la figura progresista de la sonoridad entendida como comercio contemporáneo. La exploración del sello trascendió este año su ficción sónica para ser vaticinio y expresión directa de lo que sentimos no hacia el mañana, sino hoy, en carne propia: una coyuntura transversal latinoamericana que nos hace conscientes de lo real, ya mismo, sin preocuparnos por lo que hay delante. Estamos ante una inminente transformación colectiva ya previamente transmitida en el sonido de Insurgentes: la escucha se adelanta a su tiempo, recorre la forma antes que los demás sentidos, se manifiesta como condición atemporal, y por ello mismo se adhiere como dispositivo fidedigno para recorrer temporalidades y cruzarlas en las sendas de un mestizo que ha deshecho hasta su más básico impulso sónico, para reconstruirse en cada golpe, cada pulso, cada arpegio, cada barrido de las extrañas frecuencias que hoy conjugan los Insurgentes; andando en banda desde la Tierra del Fuego en Argentina, pasando por Brazil, cruzando manifestaciones varias de una guerrilla eólica que se abre puertas desde el inminente reconocimiento de su raíz: ciberchamanismo, mitología post-digital localizada ya no solo en Colombia, sino en el continente. Maleabilidad sónica convertida en una magia apta a nuestros días, dependiente de voltajes, datos, amplificadores, partículas de aire y cuerpos en colisión. La sonoridad, que es ruido y silencio, hoy acoge nuestra furia, nuestra sed de aparecer siendo otras cosas. Estamos hallando el despertar entre las figuras vagas de mundos cruzados, utopías extraviadas por la siempre insensata violencia; aceleradas formas de lo que se supone real y nos permite viajar en el éter profundo, en un espacio incierto, pero común. La música se siente más viva cuando conduce al cambio.

«A través del caos organizado buscamos resurrección e inmortalidad. Sonido y furia al sistema»

Mekas
Mekas – Chaosmos (Insurgentes)

Chaosmos

El pulso es una propiedad de la sonoridad que permite algo más que ritmo. El pulso es condición universal: la danza en la que se hacen y deshacen las cosas que aparecen en el teatro de lo real. El caos y el cosmos están muy cerca y basta un baile certero con la ira para entender que su forma es necesaria en la ecuación del insurrecto, pero para ser superada, para trascender. A la larga, el caos no pareciera ser más que una manera inesperada del orden que se cuela sobre las manifestaciones de lo vivo, que es en este caso siempre un resultado de depurar el ruido que por defecto ya nos sirve de vientre y tumba. Está en el silencio un continente, pero no por ello es falto de voz. Aunque nadie lo ve, aunque todos luchamos por él como un Sur utópico y poliforme, está ante nosotros como el eco tenue de un sintetizador que parece escucharse a la deriva. Suenan ráfagas de ondas diáfanas, saturadas de lo más superfluo de la armonía. ‘Líneas de tensión’ es el nombre que recibe la velada. Líneas de tensión es lo que siente hoy el oyente, cosa mestiza, hija de nadie, otra vez buscando universo, entre el estruendo maldito de una sangre derramada sin justicia. Mekas comanda una lucha auditiva de emociones en el oído, y mediante una fascinante narrativa, nos llama a la furia del cuerpo, traducida en baile psicofísico; nos incita a la búsqueda de una escucha que halla orden dentro de un caos sónico, similar a cómo una melodía logra aparecer entre el estruendo. Nos recuerda un sueño escondido: liberarnos con las máquinas.

Geomancia

Seph siempre ha sabido de la tierra, de la bacteria, de lo orgánico del sintetizador. Sus formas han sido, desde los tiempos de Igloo y Little Bus, figuras biónicas, atómicas, microestructuradas. Desde sus primeras exploraciones hasta lo que presenta en Tierra del Fuego, su sonido ha sido una fascinante consideración rítmica de la granularidad, y viceversa: sus ritmos se ven afectados por la particular forma de modulación que agrega a sus estructuras, percibidas como vivas texturas que a su vez suelen contrastarse con órbitas melódicas y patrones armónicos que generan una sensación de trance e hipnosis. Es un ritual, no solo porque conceptualmente así se sugiere, sino porque así se ejecuta: un frenético pero elegante cruce de lo terrenal y lo astral, del mundo de abajo, del de arriba, y este, del medio. Es un espacio capaz de oscilar entre las dimensiones más terrenales del techno hasta el espacio dilatado de sus más cósmicas necesidades en la atmósfera. Seph propone un viaje extenso, amplio, más allá de todo suelo, y sin gravedad. Pero lo hace desde un ritual bajo la tierra, donde todo arde. Es un sonido profundo que construye su propio mundo, como si los surcos de un vinilo relevaran temporalmente las capas tectónicas.

El bucle roto

Si de algo se caracteriza la segunda década del segundo milenio musicalmente, es por abrazar la ruptura rítmica y el bucle simultáneamente. Es conjugar estructura y transgresión, abrazar los extremos y trascenderlos, explorar las formas como una apreciación y no una ignorancia de su evanescencia. Hay una dinámica adualista en el mestizo, una tendencia andrógina, una manifestación de rabia que se traduce en la perdida del tiempo, el anhelo de la fundición rotunda, que no es neutralidad sino encuentro neto de las diferencias, espacio mutuo, zona plural. Mekas conjuga techno hipnótico, electro disópico, ambient camuflado, una suerte mezcla de cinema y rave capaz de arrollar con cualquier sistema sonoro para reconstruirlo como máquina del tiempo.

Disidencia

Todo se transforma en la mestizofuturritmáquina tan pronto aparece el jungle, la microritmia, la aceleración que deja espacio para la apertura a la suavidad melódica que sabe igualmente conjugarse hacia rutas más específicas y fuertes dónde poder hallar otros caminos. Austera vida, del impulso disidente, contra rastros, en la colina. Dissidente entrega una cruda mística que pareciese plenamente consciente de la violencia que han traído los tiempos. Pero de la violencia, al abandono del fusil, no hay sino un paso y es menester tomarlo, con ecos: el odio y el amor están cerca a pesar de oponerse, pues se hacen con la misma masa, los declara la misma voz. Construir puede ser destruir un poco, y viceversa, por ende la finura de la manifestación sónica radica en un encuentro y no una brecha tajante de las polaridades: es más bien posibilidad de abrazar la adualidad expresada en la escucha, que en Distantia se refleja en la manera como la sonoridad es capaz de englobar y discernir, a su vez logrando ir más allá del mero holismo y sin por ello ser banal fragmentación. Aquí el sonido se refleja granular, atómico, microfísico. Se aprovecha además del hecho de no ser posible separar un sonido de otro, manifestando la escucha como una suerte de viscosidad que conduce al continuo sónico: la sensación de sentir los ecos pegados, reactivos, sometidos a su propio devenir como insaciable torrente de frecuencia. Semejante capacidad de lo sónico se traduce también en expresión política: que el sonido sea atómico, permite maleabilidad, atracción y distensión, teniendo como consecuencia directa la forma: al ser tan moldeable, puede tomar muchas rutas, adquirir múltiples caras. Y no solo en términos del espectro, el timbre o el objeto sonoro, dado que es una cuestión también de la escucha, de su capacidad de reconocer la atomicidad de lo escuchado, su discernimiento activo sobre la textura oída, su distinción de lo diverso y variable. Es la invitación a reconocer la variación, distinguir lo rugoso y lo liso en constante intercambio. Por otro lado, el sonido no cambia, permanece en el dominio infinitesimal, en el OM, en la figura sinusoidal del espacio infinito. Así como la fragmentación aporta sus cuestiones, igual lo hace el continuo devenir de las formas audibles. De nuevo, diálogo de polaridades, extremos inter-dependientes en el oído.

«… una atmósfera densa e inquietante como reflejo de los mecanismos psicológicos usados para difundir la ‘gran mentira’, los engaños y fabricaciones falsas con las que nos bombardean día a día.»

Black Propaganda

Manipulación

La tecnología es ruido. Puede conducir al silencio, pero no tiene silencio. La máquina, el algoritmo y sus maneras son siempre ruido. Pero el ruido no es mera dicotomía y destrucción. También es insumo a nuestra libertad, porque nos permite evidenciar la textura de lo que se acumula, se corrompe o se vicia. La estrategia sónica de Black Propaganda es clara en este sentido: el sonido aparece como ruido verso ruido, como una manera de emplear la agencia sónica hacia la lucha con un sistema que nos vende sonoridad corrompida, previamente intencionada hacia fines que no nos benefician: nos llenan los oídos de basura y nos hacen perder la energía que podríamos estar utilizando para vivir, bailar o simplemente gritar. La propaganda no es invisible, pero es negra, oscura, es acusmática y omnipresente: se oye en todas partes, pero sus fuentes pareciesen ocultas. Nos manipulamos todos mutuamente al no asumirnos en el ruido, y por ello la distopía, por ello los sintetizadores que se abren como formas de un planeta ajeno a la propaganda. Nos imponen ruido y caos, manipulación. Respondemos con eco y escucha, elevación.

Black Propaganda – Manipulación

Bloque Sur

Usamos el ritmo como táctica y la composición como estrategia, pero no hay guerra en el psiborg distinta al baile corporal, o mental. Es más bien una dinámica, orientada en este caso a tejer todo lo que nos permita el mestizofuturritmo: lugares, mensajes, rutas, símbolos, procesos; dispositivos que nos sirven para liberarnos de eso otro fragmentario, esa opresión. Hacia ello creamos hoy múltiples vías de utopía y resistencia, de escape y construcción: como lo es el manifiesto Sur declarado por Pildoras Tapes, con el que se logra una apropiación definitiva de nuestro panorama sudaca. Bloque Sur, dividido en 8 entregas, es un conglomerado cargado de sonoridad mestiza, con poco por decir en palabras y mucho por comunicar en la escucha. Aparece como forma de aportar desde la fuerza sonora a la construcción de películas que contrarrestan las aparentemente perfectas dinámicas de la Gran Máquina Audiovisual: ahí donde nos programan es donde necesitamos hackearnos, reprogramarnos, buscarnos bajo selectas variables mediadas por la insurrección. Selectas, porque ni todas son necesarias ni todas llevan al mismo punto. Insurrectas porque no hay de otra. El mestizofuturismo es por ello hoy un llamado del Sur. No es Medellín, ni mucho menos de niños de Medellín. Tampoco es exclusivo de Colombia ni de sus regiones, aunque las incluye. Tampoco es mero Sur espacial, porque se incluye el llamado Norte, porque América es también invertida, como ya enseñó Torres García y hoy se revive en nuestros ecos.

¿Post-Conflicto?

El ciclo del ruido

Terror sónico

Ante la masa revoltosa, una respuesta: El rave como máquina de virus, el pulso electromagnético invadiendo la textura. La música es nuestra más sofisticada tecnología y no necesariamente es la más compleja. Nos ayuda a entendernos, nos sirve para comunicarnos y navegar. También es tortura y distorsión, demencia e imposibilidad. En nuestra caso es herramienta de cambio y resistencia. Porque estamos cansados, nacimos cansados, agotados, saturados. Eso nos ha dado otra energía, una fuerza invertida, expandida. Estamos furiosos, porque tenemos toda la energía represada en lo que no nos han permitido hacer, decir, buscar. Tomamos por ello la sonoridad como ruta para invadir la dictadura de esas formas de la materia que pretenden ser núcleo.

Despertar: Chile

Esta compilación se realizó con un urgente llamado a la atención sobre la situación actual por la que atraviesa Chile. La amistad, los lazos comunitarios, la rebelión, la autonomía de los cuerpos y las demandas de igualdad expresadas estos días en las calles, representan una imagen insoportable para la derecha neoliberal, porque esto ha permitido vislumbrar que otra vida es posible.
Los 20 años que duró la sangrienta dictadura de Pinochet no solo terminaron con el gobierno socialista de Allende, convirtiendo al país en el primer laboratorio neoliberal del mundo, sino que lograron difundir un miedo profundo a su pueblo. Cualquier visión alternativa al cálculo económico, al individualismo y la meritocracia fue silenciada, incluso después del regreso de la democracia. A pesar de las altas cifras de desigualdad social, Chile fue considerado, hasta hace unas semanas, como un «oasis» pacífico dentro de un continente marcado por el conflicto social.
Pero Chile despertó. En octubre de 2019, impulsados ​​por la irreverencia de las nuevas generaciones, millones de personas reclaman una vida que vale la pena vivir. El gobierno del presidente Piñera respondió con el único idioma que saben para atender estas demandas: la represión. En diferentes ciudades de todo el país, los manifestantes están siendo asesinados, torturados y violados por la brutal fuerza policial y militar, mientras que los medios ocultan los crímenes del estado. El presidente Piñera insiste en la necesidad de volver a la «normalidad», pero la gente ya no la acepta.
Creemos que en las grietas que permite la música y en las redes internacionales que se tejen en torno a la creación artística, como en las protestas extendidas en todo el mundo, el pulso late como una promesa de una existencia no liberal, determinada por la solidaridad y la empatía. Esta compilación, que asignará los fondos recaudados a las instituciones de derechos humanos, expresa esta convicción y espera que estos eventos recientes sean solo el punto de partida para una transformación profunda e imparable.

Música sin gobierno

Tiempo antes del paro nacional, el colectivo Unknown Medellín ya había declarado un objetivo: la ciencia sónica es rebelión, la música se hace sin gobierno y no solo eso, incita a emanciparse de los malos gobernantes. Con referencias a la muerte, al sueño, a la injusticia o la libertad, a la búsqueda plural de diversos ideales, se han trazado ya dos compilados que no pretenden tampoco un gobierno interno: es música sin un lineamiento estricto que pretenda cerrar el discurso a un determinado estilo. Más bien es una milicia que arremete sin importarle satisfacer ideales de la industria y la promoción: música libre, compartida en redes, de voz a voz, con múltiples agentes sónicos y una clara misiva de asumir el rave y sus diferentes fuentes de sonoridad como un espacio de lucha y transmutación. Si el gobierno responde con represión ante quienes buscan una vida digna, entonces la respuesta será de nuevo ruido enfurecido, dirigido directamente a ese sistema. Al no estar gobernada por nadie, la sonoridad se posa libre y logra en muchos casos, romper con aquello que otras tendencias de la materia no logran. La música es previa, vaticina, es capaz de avisar, es capaz de destruir cadenas incluso antes de que les pongan un candado para amarrarnos.

Doble filo

Es probable que las formas de violencia se agoten, porque poco sentido tienen para construir la Vida, y mientras los oídos puedan seguir escapando del tiempo y conduzcan a los cuerpos a saberse mutables, seremos ingobernables. Hoy acaba nuestro futurismo, porque las tareas del presente nos conducen a no esperar más. Nos queda lo que sigue sonando, la vida que permanece queriendo más vida. Estamos ante nuestra libertad, que es abierta, no tiene gobierno y nunca lo tendrá. Pero dentro de las formas llamadas musicales, se han sabido colarse los gobiernos para manipularnos. Por eso, aunque nadie gobierna la música, los Estados pueden hacerla, e incluso de formas tan camufladas que nadie se percate de su fuerza. Pero si atentamente se escucha, es fácil distinguir cuáles son armas sónicas para la discordia y cuáles son portales para descubrir mundos; cuáles nanas son para arrullar nuestra tranquilidad y cuáles son formas disfrazadas de un delicado somnífero que nos mantiene ahí, siendo vástagos de esas ideas propuestas por muchas otras cosas a lo largo de la historia. Hay demasiados contactos entre las frecuencias hoy en día, pero es fácil saber que tanto disonancia como resonancia serán válidas, y tanto en la una como en la otra se ocultan figuras de la armonía y el caos: el silencio puede ser arma o libertad, igual el ruido: puede crear cosas o acabarlas.

Fuerzas Sónicas Unidas

La cuestión de fondo en nuestra búsqueda es en gran medida impulsada por el hecho de saber que esos cuantos que dominan el algoritmo, no son el sistema como tal sino pedazos, como todos, dentro de todos. Y hay más: la problemática es que esas ideas, datos, formas, tendencias, pensamientos, sitios y cosas que se refieren al dolor, la muerte, el engaño, el odio, la ira, etc, vienen de imposiciones y condenas de otras entidades y fuerzas, extraviadas de los fines de esa vida que vale la pena vivir; son un virus que debemos rechazar, porque ha logrado atravesar capas profundas de lo que nos constituye como mutaciones kármicas cimentadas y cultivadas generación tras generación hasta llegar a su culmen material. Hoy reclamamos un espacio porque somos una atrocidad disciplinada, un desorden consciente de sí, un caos buscando una trascendencia que nazca a través de la furia como fuerza reactiva en nuestra cotidianidad, y capaz de unir aquello que pareciera separado: sin importar la ciudad, el género musical o la manera de componer, varios colectivos, artistas y sellos de Colombia se unieron para constituir F.S.U., una guerrilla sónica que nace precisamente para domar esa ira al unir ecos sin fronteras. Realidad sónica en reacción ante la opresión neoliberal que se cuela en el país y sus vecinos.

El ruido es nuestro

No es novedad saber que entre nosotros abundan múltiples formas de nuestra magnánima torpeza, avaricia y psicopatía, que sin mucho esfuerzo se han infiltrado en nuestra manera de crear sociedad: las ciudades, sus políticas y muchos de los hábitos que coexisten en nuestras rutinas, fueron creados desde formas previamente distorsionadas, malintencionadas, cargadas de algún tipo de dirección o condición. Y ni el calendario, ni las creencias, ni lo que significa hombre, mujer, humano, familia, espacio, vida, debería ser dictado bajo alguna hegemonía. Igualmente los salarios, las oportunidades, la salud y las leyes no son asuntos que deberían considerarse cerrados y/o dominados por una élite determinada. Son código, y como código, se borra y se escribe, se programa o deshace, se actualiza, está en constante cuestionamiento dado que de esas variables depende el funcionamiento de todo el sistema. Las ideas no son sonidos que vamos a poder perpetuar toda la vida; no son rocas, son ecos, figuras de resonancia, constantes mutaciones de una textura de voces. Deben atenderse sin una estricta fijación y sin ánimos de ortodoxia, precisamente por ser sonidos, cosas del tiempo. Somos figuras transitorias, vociferadas, sugeridas, o gritadas, pero que resultan de oír y decir. Y ese decir es cambiante y nos permite siempre saber que así como está presente en nuestros pilares un silencio a modo de virus, por ser impuesto por años, asimismo está el ruido extraño de la insurrección, que hoy reclamamos con urgencia, que hoy designamos a nuestra lucha, a esa suprema conquista de nuestra plenitud. Ha concluido nuestro futurismo, si es que lo hubo: nos quedamos acá, fuera del tiempo, apostando a la vida con las voces y sus posibilidades de encarnar o destruir utopías. Lo reza la biografía de F.S.U., «el ruido es nuestro».

Música Urgente

El mestizaje como tal es ya global, casi llegando a la paradoja de lo diversidad en lo unitario, aunque sin alcanzarla debido al inevitable rumbo de la mezcla misma: lo mestizo en tanto cibernético, adual, no-binario, múltiple, polivalente, entre perfiles, gases, y ecos. Son un montón de granos, cúmulos de voces, cada una a su vez conjunto de otras, todas conectadas en diversas escalas. Somos redes de fonones, mallas inconmensurables de resonancias donde habitan pulsos de alguna armonía, o de algún momento para el ruido tenue, hoy ocupado por el ávido espectro del estruendo, capaz incluso de robar más frecuencias que el ruido mismo, como el rosa y el café, que gozan de su propia forma de nostalgia. La vida, sonora, transcurre entonces como un hábitat de figuras inevitablemente lúgubres por su constante caída, pero ciertamente joviales, vivas y sagaces por nacer en espacios donde la gravedad nada tiene por hacer.

Movilizamos nuestros cuerpos siendo virus del tiempo. Trascendemos en la máquina moldeando sonoridad: Desde el silencio hasta el ruido, con cualquier cosa o instrumento, y en la intensidad que requiere la ocasión. Resistimos al escuchar, combatiendo con ondas, hallando en la materia sónica la lucha definitiva: la de nuestras voces juntas en un único impulso, una manada de música urgente, torrente de señales de tiempos variables, pero con causas comunes encontradas en el dolor compartido.

F.S.U.

¿Futuro?

Nuestro futurismo no es por ello el delirio fascista de un ruidismo insensato. Eso ya lo aprendimos de los futuros progresistas de las facciones de la Europa de avanzada y esa noción de futuro atravesada por utopías cerradas que no tienen la Vida como pilar de sus funciones. En otros términos, no estamos buscando un mañana ideal que pretenda acabar con la incertidumbre que nos trae la muerte. Nuestro futurismo nace de la doble sensación de sentirse sin futuro pero con sed de cambio; de sabernos atropellados en nuestro derecho innato de asumir nuestra realidad. No es un grito por un mejor mañana, aunque seguramente lo traiga; tampoco es mero eco, aunque provenga de voces anteriores a la nuestra. Nuestro futurismo es un reclamo presente ante futuros impuestos y pasados que se quieren perpetuar: no es tanto una esperanza ulterior como sí un reclamo al pasado, en presente; no es la imposición de modelos, es la rebelión ante figuras retrógradas y poco inclusivas, ante espacios cerrados que se basan en la muerte y el dolor. Es un reclamo de justicia al tiempo que nos imponen las grandes máquinas en las que nos atrapan. En Medellín se sabe hace mucho y nos lo enseñó el punk: No hay futuro. Pero la alternativa no puede ser el pesimismo, que solo contribuye a que otros nos obliguen a su futuro. Sabernos sin mañana es sabernos hoy, con nuestras voces unidas en la búsqueda de una insurrección que no implique semejante sufrimiento. Por eso solo nos queda el presente, que es más un punto de encuentro que un sepulcro; es más ritmo que logos. Es un presente nómade, una masa en tránsito, un bello jardín, y está ardiendo. Domar el fuego será la cuestión. Pirotecnia y no piromanía, nuestra tarea, porque no se trata de incendiarlo todo sin más, sino más bien domar el fuego para saber que ante todo, hemos de quemarnos internamente y resolver el enigma de la ira como posibilidad de transformación, mas no como alternativa para la acción violenta. Estamos furiosos, ardiendo, verracos, pero eso no nos puede hacer torpes y sanguinarios. Mejor será ubicar esa furia en los espacios sonoros, y hacer de la escucha ese catalizador de fuerzas. Así quizás nos demos cuenta que arder es una oportunidad de regeneración y no la caída de lo vivo.

Libertad

Renunciamos al futuro y acabó nuestro futurismo, ¿qué nos queda? Un grito presente que se traduce en un retorno constante al silencio, una manera de dejar las fuerzas latiendo, a la espera. Arremeter sin mesura es violento, pero no hacer nada también hace daño. Nuestra conclusión no es otra que la de abrazar nuestra furia al sistema mediante la sonoridad dirigida, no desde la rabia insensata. No es agresividad, es fuerza, y no es violencia, es deconstrucción. Se ha ido el futuro pero nos dejó una enseñanza: Somos los sonidos, cuerpos vibratorios, rebeldes formas de la materia, energía suelta, ecos sin causa, formas acusmáticas, espacios electromagnéticos, pulsos, frecuencia. Somos ritmo y melodía, baile y palabra. Somos canto de madre y somos cacerolas de una revolución. Somos cosas sin gravedad, somos rutas de cambio, desnuda levedad, cruda mutación, velada estructura, tiempo múltiple. Somos lo que no se ha dicho, y lo que ya se rumoró. Somos trueno y susurro, somos al cantar en la cigarra y morimos sonando en la granada. Estamos durante el beso y la guerra. Somos vehículo y comida. Somos vida, somos los sonidos.

Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Silencio, Octavio Paz