Realismo de humo

Señales de humo

¿Señales de humo porque nada se pierde con pedir un poco ayuda? ¿O señales de humo porque simplemente queremos comunicarnos con mundos donde quizás sucedan otras cosas? ¿O señales de humo porque con algunas hierbas se sintonizan otras ondas para leer realidades? ¿O señales de humo porque es un mundo de humo, etéreo, deshecho?

Todas las señales son de humo, quizás, porque todas piden algo y todas se esfuman igual como aparecen, como sonidos que agotan sus voces en el viento, o un transeúnte de líneas temporales; o un nómada, un nómada de espacios internos, como un medium que hace rap. Aquí humos y señales comparten ruta, bidireccional si tenemos en cuenta que el receptor también emite, como el emisor recibe. Entonces las señales de humo son el vaivén de una canción, del artista al oyente, del ninguno al ninguno, de N.Hardem a sus escuchas, o de rebote.

El humo aparece como arquetipo de lo efímero pero también como lo que eleva y expande la visión; sostenerse a flote y no fiarse de la estabilidad pero al mismo tiempo confiar en el pulso y la señal que se envía a otros sistemas con mensajes capaces de fundar mundos, o simplemente intentar sostenerlos, ya que son mundos siempre móviles. Y así como los humos son índice de la volatilidad y lo inmaterial de un mundo donde la realidad se ha desmoronado, son también la constancia de que aun existe la señal, aquí lista para hacer mitología. Pero ese mito sin un ritual, poco tendría por decir. Y ese ritual no es mucho lo que significa sin quien lo oficie. Por ello, aunque nuestro interés incluye la mítica, el rito y sus encuentros, aquí nos convoca el oficiante y su más reciente trabajo: Lo que me Eleva EP.

Brujería

N.H, brujo sombrío que se las arregla también para competir entre iluminados alquimistas. Asceta y ebrio, entrenado en las artes de la polisemia y el símbolo, lo que le permite su propia máscara sin transparencia desde la cual adopta tantos personajes como instantes recorre, aunque no por ello ignorando el miedo que le hace olvidar la razón. Así su realidad se debate entre paisajes de virtualidad y posibilidades interpretativas que resultan en una rima engimática, chamánica, hipnótica, aleccionadora, ardiente; llena de colores diferentes que impiden encerrar a N. Hardem en el dualismo. Basta escucharlo una vez para sentir la avalancha rizomática que desprende en sus rimas, donde se explora una brujería que barca noche y día, tormentas solares o turnos nocturnos como algún vampiro.  N tiene las dos caras, como un brujo indaga en la oscilación del mundo, el claroscuro de lo cotidiano: huracanes que se llevan la paz, hogares monótonos o tinta alcoholizada en tinieblas hacen protagónica aparición en sus letras, sin embargo, hay también en ellas una constante oda a la inocencia, a la libertad jovial, al imaginario de la infancia, las golosinas de la realidad.

Ser rapero sin serlo

N. se cuida del exceso de artificios musicales: comenta en sus letras que su iniciación en el linaje del rap, llego con un compilado luego de haber ya conocido el rito hip hop en las calles, revolviendo aerosoles para cantar algo que luego dirá de una forma extrañamente similar con su lengua y garganta, al rimar. Y así conjura su método: ser en las aceras lo mismo que en el micrófono. Con ello se permite un lujo singular: Jugar con el lenguaje, las situaciones cotidianas, las preocupaciones de la sombra, el teatro de lo real, la ensoñación del capitalismo, el sutil rumor del desasosiego, las noches frías, el idilio de las sustancias, el rito del beat, la herencia etérea de ir más allá de la mitad del prisma. La ruta invisible de quien se abstrae en los surcos, va a la séptima luna y descompone la materia sonora para entregar una idea del mundo que no podía ser más realista con su propia ilusión. Y aunque podría decirse que todo el mundo trata de plasmar en su arte lo que vive, o de alguna forma aquello que experimenta ejerce una influencia, bien sea directa o indirectamente, en aquello que se canta, en N Hardem hay algo diferente, ese aire original de los que pasan a la historia entre tantos cadaveres que nunca fueron música. Entre todos los juglares, hay siempre alguno de prodigiosa algarabía que, como N.H, entona en un punto donde cualquier voz parece la vida misma, donde cualquier frase es capaz de establecer una inmediata conexión con tantas otras voces en tantos otros puntos.

Todo artista estará por una u otra vía plasmando su vida, pero más allá de eso, quizás se trata de la vida que plasman y la forma como permiten que esta se desenvuelva incluyendo el arte mismo. En el caso del rap, su espíritu —por no decir ángel o demonio— depende de una aleación exacta del individuo que posee, en el momento del tiempo y el espacio en el que lo hace. Se trata, al parecer, de cómo la música elige al sujeto y no al revés; cómo lo tienta al punto permitirle un repliegue de sí por fuerzas superiores a su propio viaje de ego. Por eso N. era rapero antes verse como tal en el espejo. Y es precisamente ese desprendimiento de la imagen el que alienta su narrativa, como una depuración de su forma, pero no dejarla cruda, sino para colmarla de fiesta mística, filosofía con métrica, magia cibernética, como una suerte de puente mezquino entre la sosobra de un mundo que no tiene dos décadas y la libertad de la juventud de los años mismos, donde la figura de un rapero aparece como la de un parcialmente esquivo, un punto donde todo converge, pero donde todo, por ende, también se distancia hasta lo inagotable: un día a la vez y el infinito en un día.

El hip hop se vive aquí en la actividad misma de la resonancia, y la ficción sónica aparece anidada a una forma particular de crear rap en Colombia en nuestros días. Abundan nuevos raperos, competición, conciertos, nuevos combos, vídeos, formas de considerar la cultura, la vivencia cotidiana, lo abstracto, los sentidos del lenguaje o las coordenadas del mundo. Además es claro que la evolución musical de los últimos tiempos ha estado en una buena parte marcada por la virtualidad y la hiperconexión, donde los raperos, que siempre han sido melómanos, hoy viven una aparente era dorada en la que toda manía musical halla su forma más acelerada, profunda, diversa. No es difícil por ende conocer la historia y las formas y los productores y revistas, etc. Pero N.Hardem no es un rapero de raperos, sino más bien un producto de su entorno, así sea defectuoso, como él dice. Pero es también para raperos porque los raperos tienen que escucharlo, como a todo sensei, en este caso un tipo que dice ser serio sin serlo, a causa creemos, de asumir el rap sabiendo que ya desde antes era la vida de algunos y en su caso aparece más bien como una necesidad extraña para mantenerse en pie, que fue surgiendo desde un bomber que además de muros, buscó micrófonos para ocupar un espacio que otras voces apenas sueñan. Su rap trata es comprometido con su enigma. No le canta a raperos sino a personas, demonios, objetos, maniobras heredadas.

Herencia que eleva

Aunque en previos trabajos ya N.hardem perfilaba una interesante búsqueda personal, es en Lo que me eleva dónde podríamos hablar de una madurez de su concepto y una especie de desarrollo o destilación de su personaje, que aunque sigue enviando señales de humo y merodeando alrededor del cementerio esperando que abra sus puertas, parece que tiene más clara su ruta, al menos en su esfera propia y lo que desde allí se proyecta, hallando por ello una nueva táctica a la hora de articular el pensamiento para así no recurrir tanto a la comparación y la competición afuera para en vez de ello apostarle a sendas más íntimas, donde no por ello habla solo para él; todo lo contrario: baila en las pistas con un lenguaje que no teme a la soledad y por ello le permite al oyente identificación y lo lleva a apropiarse de la obra en otros estratos del sentido.

Jugar sin dudar, hacer valer el propio lugar, sabiendo que al final rey y peón a la caja van. Y entonces da igual la cima porque todas se vuelven cenizas, apareciendo por ello la  cuestión realista: en el intersticio del mundo, que está y no está. Todo mundo empieza y acaba en humo, entre humos, como humo, hacia el humo. A menudo, en los tiempos agrestes de nuestro joven siglo, más que de adobes, parecen de humo todos los muros: mestizaje, las fronteras se diluyen, las formas del uno y del otro aparecen en simbiosis, y el cantor se torna común: cualquiera que lo escuche es el que canta porque de alguna forma él canaliza a los que escuchan su canto.

Rima el oyente

Venir de todas las cosas, no ser de aquí ni de allá pero aún así definir rumbo, la ruta, de la protensión, la intensión. Hardem es gaseoso pero futurista, de humo denso y enigmatico, repleto de figuras lingüísticas de antes o después, de tendencias aceleradas y visiones que se resisten a la solidez. La voz de Hardem lo recuerda, lo revela, lo muestra patente: nuestro milenio incierto, este tiempo irremediable, realismo de humos, existencia perfumista, del día a día, del no saber, del a ratos no encontrar por dónde ir, de lanzar la piedra sin saber lo que va a quebrar.

Pero de no ser así, cómo habríamos de escapar de las rutinas una vez se corrompen; cómo habríamos de soñar la vida cuando aparece tan muerta; cómo sabríamos escuchar la tradición entre la infundada exigencia de novedad constante que nos pide el progreso del gran hermano. A veces la vida parece no salirse de sus glorietas, como dice N. Hardem y como a su vez muestran los loops que arman sus bases, en los cuales por sí mismos ya habitan ideas que contienen universos para narrar sin lineas y cruzar todo punto del espacio. El arkeologo es maestro en ello y no escatima en las bases de Lo que me eleva, llegándole al oyente con un sampling exquisito que sirve no solo de base, sino de hábitat a donde N.H muda sus ideas para cruzar la niñez con el mundo actual, los miedos de otro, la existencia de muchos, la reflexión por la memoria, un cigarrillo, tarros, laberintos, espejos. Hardem logra ser tan profundo consigo mismo, que alcanza una rima con la que muchas personas pueden identificarse. A la hora de su rap se trata de quien habla, pero no solo es el MC, sino también todo oyente, anidados ambos en la lógica ambivalente de la poesía.  Su música se vuelve un espacio intermedio, de encuentros mutuos donde una energía extraña pero apacible se ubica en los sonidos y nutre tanto al artista como a su oyente. Hasta que en un punto no hay ningún N.Hardem y su realismo no es sino el de quien escucha.

Realismo

Realismo, porque va a la realidad; aunque sigue siendo de humo. Realismo porque colapsa lo crudo, aunque se presente en la eterealidad de un mundo donde los días son más inasibles a veces que los ecos. N. Hardem es directo en este sentido: en su rima se encuentran situaciones sociales, condiciones de trabajo, diálogo con los que lo escuchan en su día a día y todo tipo de juegos con la fonética que danza tácita entre toda significación. Su canto es para aquellos que viven, cueste lo que cueste. Su arte a menudo retrata el cansancio, de cualquiera que navegue en esta sociedad distópica donde la virtualidad agota la exigencia de la materia y esta desborda lo intangible: y entonces habla algún ser de la noche, el agotamiento, la sinceridad con los miedos propios, la urgencia de enfrentarse a sí mismo y en última instancia el acto de reunir todos los impulsos: en la escucha, en la ficción sónica que en el caso de Hardem se constituye de la viscosidad de sus rimas; básicamente por todo lo que se le adhiere, que viene a ser todo aquello que se le venga encima al mundo de cualquiera.

N.hardem es por ello rap para muchos momentos, pero hay algo en su naturaleza que lo piden los oídos en secreto, al menos en ciertas tardes, al menos en ciertas calles. Es rap de audífonos, para escucharlo viendo gente, o el tráfico, o estrellas. En la noche o en el día, pero con el cuerpo fuera de casa, desdoblado en sonidos que reclaman una misteriosa cercanía con el oído. Hay en N.hardem una tendencia intimista, de crear un rap que aun sin sentimentalismo, logra tocar el corazón. Es para sentirlo en una silla, mirando una nube que se va, pero también palparlo en el metro, oyendo paisajes, combinando mundos como en los sueños;  sintiéndose quien canta, habitando en su burbuja, como él mismo sugiere, lo que nos lleva a pensar algo: N.hardem es solo una mascara, una ficción, un personaje, tan sincero con su propia oscilación, que puede resonar en otros de una forma que ningún otro rumor logra. Niño prodigio: hace lo que ninguno logra. Hijo pródigo: se pierde como ninguno se pierde. Sueño o pesadilla, realidad o humo, a fin de cuentas, una misma situación: seguir, estar, vivir, soñar, sin razón alguna; de nuevo: cueste lo que cueste.

No se a quién escucho. Quién es quién, si tras la rutina todos nos escondemos. Pero no hay que temer, recuerda N. Su soledad no parece esa en la que no hay nadie, sino aquella donde se llena el ágora, donde es fácil perderse y acabar mal con voces o gastos que no se controlan. El realismo de N.hardem es fresco porque los sentidos que encuentra en las palabras y la manera como juega entre lo local y lo extranjero es interesante dentro del mismo lenguaje, no solo porque entre sus frases en Español se esconden líneas en Inglés, sino porque sus influencias, sus contenidos y la manera como considera la realidad parece estar mostrando que se configura tanto por las heladas noches de la capital colombiana como con su silueta proyectada en alguna esquina de New York. Su rap, aunque lleno de bruma anónima, se muestra también como una apología intracultural que contiene la historia de un mundo que muchos comparten, en gran mayoría desde una perspectiva incógnita, pero aun así, presente en muchas esquinas. N.hardem mismo lo narra: aquellos que duermen entre cartones y sin embargo no fallan en el concierto, o el que trabaja 12 horas en un McDonald’s y sale escuchando las canciones de este sujeto extraño que invade los oídos con una poesía inigualable: de hierro y de humos, de vida y de penumbra, pero siempre de humo.

N.hardem es realista porque es honesto con los colores de su vida y la crudeza de su entorno. Es realista porque reconoce la tontería que subyace en pensar un mundo sin velos, la vida más allá de sus propios juicios. Realista porque retrata una cultura, una generación, porque su voz recoge, renueva y expresa una herencia del hip hop en su sentido más sincero, callejero, negro, declaratorio no por raza, sino más bien por estar en la oscuridad de la ciudad que todos ven, y por querer además volverse invisible y permanecer poco interesado en algo diferente al rito mismo que reacciona ante los esquemas de un sistema tan cansado como activo, como el que nos engulle a diario. Hardem, por su parte, luce más concentrado en hacer de cada rima un altar, exponiendo sus bichos y sus brillos, capaz de reflejar su cultura sin el afán de la definición y más bien abriendo paso a la particularidad de lo que, según él mismo considera, lo hace real, su «manera». De nuevo: Cueste lo que cueste, sobrevivir y no vivir, es esa la ilusión, es esa la condición qué hay que evitar. Por eso la propuesta en este caso es una bien conocida máxima cuasi estoica en varias culturas musicales: «keep it real», mantenerlo real, no en términos de un previo pedestal objetivo donde el propio arte pide auxilio lo real, sino en el sentido de ser real a la manera de cada uno, honesto con la ruta propia. A su vez no es otra cosa que la idea de ser realista con respecto a determinada consideración de lo que sea que uno considere, ese oficio que solo cada quien, con su propia sed, logra atisbar. No es solo mantenerse fiel a x o y pureza: es ser real, sincero con la propia condición, incluso si esta se trata de aceptar lo absurdo y la falta de honestidad en el entorno mismo, la irrealidad. Aquí la idea de mantenerse real en la música establece una forma de honestidad que si bien no es transparente en tanto no pretende ser verdad última, igualmente está presente en la manera como fluye la rima y se riega la cotidianidad en las estructuras temporales, en el caso de Hardem meticulosamente calculadas en capas que permiten relacionar los conceptos y las cosas de una forma que el libro envidiaría. «¿Real? Todo y nada puede ser real. Eso es real para mi. Cualquier cosa, o… Sí, todo y nada puede ser real», decía alguna vez.

Sombras

Probablemente es por ello que declara muerte a las máquinas contestadoras y gusta de las dimensiones fugitivas de un videojuego. Declara muerta a una sociedad volátil, consumista y consumida, corrupta, creada bajo su propia fantasía. Aquí la realidad no es la que nos venden, la que se ve en los televisores o se escucha en los discursos baratos de esos que solo hacen orgías con lo que se roban, como apunta el MC. Al mismo tiempo parece encriptado, velado, oscuro, negro por ambos lados. Es un realismo a su manera, entre surcos, cenizas, latas de aerosol, Super Nintendo o impulsos por soñar las estrellas. Su arte es un hito en la música de estas tierras, es enseñanza para el porvenir porque no se conforma con simplemente valorar la herencia, sino que ya, en su acción, está dejando la línea trazada a las siguientes generaciones. O ni siquiera, le está diciendo en la cara, a cualquier rapero, que además de competición, militancia y viajes mentales, habitamos lo concreto, el mundo, lo real, y en este sentido, el truco viene a ubicarse en una especie de intersticio de ambos, entre la métrica, la rima, la danza fonética sobre la base, el hook o la máscara de la voz que logra fusionar poesía, política, onirismo y música. O ni siquiera, le está diciendo en la cara a todos los músicos que bueno, a fin de cuentas la música no es otra cosa que un espejo honesto, donde aparece alguien, pero también donde siempre algo se oculta. O ni siquiera, tal vez solo es el mensaje simple y la palabra básica desde la que nos alerta y sugiere que la única forma de vivir en este gaseoso milenio, es siendo real aún cuando haya momentos donde se vea más túnel que luz.

Dejar el rostro

«dejé mi rostro hace tiempo para que no le siga la pista el asesino del negro bembon.»

«me comporte de manera errada y ya no me agrada agradar»

«más vida y rap y después de muerto no me sobrevalore»

«me están dando la importancia que no merezco.»

«nadie sabe lo que quiero decir, ni yo mismo lo se, aún no logro descifrarme.»

«soy el que ingoras.»

En Lo que me Eleva y en trabajos previos se dejan ver estas máximas que se hacen aún más intensas conforme el rapero logra su viaje. Cada una es un aforismo inagotable que refleja una búsqueda que parece sugerirse todo el tiempo en el fondo de todo el arte de Hardem: dejar el rostro, no pretenderlo, no hacer arte para el artista. Dejarse rodar, como se rueda lo que rueda, como gira un disco, como baila un metrónomo sin tocar el beat. Darse baños de sol es necesario, porque a ratos se ve más túnel que luz, dice N. Su realismo por ello busca no perder tiempo que puede aprovechar en algo mejor, como orquestar noches entre calles, saber comportarse de manera errada y abandonar el agrado por agradar.

Negro por ambos lados

Jazz embrujado, visionario, entre mundos, con sampleos cargados de información y detalle en el diseño sonoro. El cine negro continúa en Lo que me eleva, pero ahora se habla de otras herencias y artefactos del trashumante H. De este modo, su rap sigue siendo negro sol para imaginación negra, pero su forma es más original, aún más propia y no por ello carente de profundidad, lo cual se refleja sobre todo en su devoción a quienes reconoce en la cima, la cual también se hace herejía y manifestación de una heterodoxia dentro de la misma escuela, donde se aprende a mantener el oído atento a la influencia de alguna deidad en un saxo, en una MPC o en el oído anónimo de alguno más de nosotros. En este sentido, hablar de raíces es complejo pero igualmente claro, porque aunque parecen provenir de muchas fuentes en este sentido y lo afro se manifiesta desde reconocimientos variados, es a fin de cuentas la mutación y lo azaroso lo que también configura la liturgia de Hardem: Mestizaje como plataforma misma de lo que puede no ser mestizo pero es bien recibido, como una identidad también de humo, pero comprometida con la ficción sónica de tal forma que la idea de lo negro se pueda dibujar libremente, en términos de realidad, ideal, símbolo, recurso semántico, reclamo político o simple juego. Añadido a ello se halla un sonido que se muestra latino sin caer en las formulas populares y conservando la tradición no en la obviedad sino en la sutileza en la base. El detalle en la edición es asombroso y el cruce es paradigmático: vinilos, salsa, máquinas y pura visión, conciencia presente del mañana; afrofuturismo más allá de sí, pues en última instancia no se ubica, es borroso, imposible de definir o ubicar. Pero algo, sin embargo, es cierto y nos augura visión: Hardem es un fino epicentro de formas que se debaten entre lo oscuro y su mestizaje con la luz; una paradoja constante que se traduce aquí en beats, en ritmos ambulantes que no se deciden, como si no supiesen si quedarse en la estática espiral del ensueño o en la apabullante rutina de la vigilia. Su conjuro se ancla en la explotación de las condiciones que le permiten ir más allá de una mera intención cultural para servir como insumo de una manifestación profunda de lo que se es, de lo que simplemente sucede, como cualquier cosa que recuerde tanto la primera como la segunda persona.

No sería tanto una pregunta por lo negro o lo mestizo como identidad, ni por el futurismo como una simplista especulación extraña sobre tecnologías nuevas, videojuegos y mundos que nadan en el porvenir. Aquí lo negro, creemos, es realidad y no tanto identidad; es simple búsqueda de lo propio, de claridad aún entre el tumulto de fantasías personales. Y futurismo es presencia de una crítica al momento presente, que se hace sincera para establecer un panorama capaz de mostrar instantáneamente, en el algoritmo del hip hop, otro tiempo. Quizás sea simplemente el resultado de navegar la lucidez borracho, de permitirse habitar aquellas dinámicas aduales, paradójicas a ratos; todas esas estructuras, palabras, paradojas, pesadillas, noches, resacas, quemas y tantos momentos a solas entre tantos otros solos.

Hallar los ritmos con la secta

El hip hop de Lo que me eleva es de calle no por sus temáticas, que son más bien consecuencia y no fuente de lo que podría considerarse calle dentro de su perspectiva o dentro de la cultura hip hop más popular, si es que existe tal cosa. Calle aquí es metrópoli, es noche, es movimiento, es selva de cemento, es capitalismo, es sueño, es graffiti, combos, malandros, amigos, colaboración, grupo. N hardem es muchos, es colaboración, es constante entrenamiento. Es Bogotá, con sus frías noches, sus tenues hechizos y sus paradojas capitales. Es rap de la calle porque nace en una secta de ciudad, en el encuentro cara a cara con la acera y sus propios dramas, entre cartones o no, alcoholizados o no, pero ahí. Es la calle como eterno estado de reflexión y el rapero como ciudadano distinguido bajo tierra, como transeúnte de transeúntes, testigo de las más fascinantes faenas del sistema. La rima, la improvisación, entre el tropel y la vida obrera de una Colombia del siglo XXI hacen de Lo que me eleva una fuente autosuficiente: es mucho contenido, mucha música, mucho rap; mucho pero no suficiente, porque en este EP las rimas no son solo tesoros cultivados con el tiempo, sino augurios de lo que está por venir en esta nueva generación de rap colombiano y especialmente, en el pecho de N.H.

Hipermundo

Tal vez es por ello que sus rimas contienen objetos contemporáneos y clásicos de toda índole, combinados en sus ironías o dispuestos en la disparidad de sus nociones, en una forma que entiende el lenguaje desde lo cotidiano y lo simple, al tiempo que lo arroja a un extraño rizomorfismo, donde las nociones de lo que se dice se conjugan de formas propias, algunas veces esotéricas en su esencia pero en general siempre sugerentes al oyente, quien está aquí invitado a una avalancha constante de imágenes, situaciones y otredades; la extraña configuración de joyas sónicas, voces encontradas, y el tiempo de un sentimiento; dejando que el ritmo juegue con todo: cultura popular, nihilismo, familia, nicotina, planetas, rama, un triciclo de la infancia, crimen, castigo, átomos de cromo, budismo, jazz, cajas de ritmos, barracudas flacas, licor, tradición, oficinas, perros, y humo, más humo.

El universo que acontece en las letras de N.hardem no sería posible en un papel. Su manera de divagar, danzar o detenerse en los fósiles cibernéticos de su cómplice en los beats se vuelven campos de batalla donde la voz pelea contra el tiempo, como debería hacerlo todo aquel consciente de la payasada de los que viven en masas que no piensan y habitan mundos sino circos. N.hardem milita desde las formas de onda, como quien ubica su resistencia entre sonidos, aquí abstracciones, iniciaciones, encuentros, decepciones, tarros de aerosol, la infancia, el sistema. Hay una combinación única en su lenguaje y una aún más rara manera de articular esas sirenas que le interrumpen las noches para hacerlo rimar y no remar en ese mar de flemas de nuestro mundo.

Así hallamos especulación de posibles rutas, que en última instancia serán operaciones sobre una alquimia oculta entre todos las cosas. Las capacidades de la música establecen en este sentido coordenadas para directrices semejantes de una forma bastante singular, más aún si tenemos en cuenta un dato bien sabido: que la música tiende a ser profunda por su integralidad, por sumar el concepto, la voz, el instrumento, la geometría, el silencio, y la diversidad tímbrica. Pero para nuestra época, tales palabras quizás sean muy limitadas o extremo ceñidas a determinada versión de las cosas. La realidad de Lo que me eleva es en última instancia una película de películas, un teatro de objetos, una alquimia libre entre lo inmaterial y lo material: monedas, juegos, vampiros, budas, egos ahorcados, catedrales, Celia Cruz, rusos risueños, el infinito, bostezos, cine y luz. Pero a ello se le suman artefactos netamente sonoros, como coros no son coros sino hooks sueltos, abandonados tras la ráfaga, tormenta o piñata mental; según el tema, según el día, según la cara del sinrostro N y su métrica, la cual sostiene múltiples direcciones de lo que existe: mundos distintos que convergen en una misma sensación conceptual, variables superpuestas y condiciones del sentido que ni siquiera el MC mismo agotará en tanto son procesos que se acoplan en su mayoría desde el oyente y sus memorias, sus intenciones, sus propias historias, para desde allí crear nuevos espacios, como cualquier poeta que merezca el rótulo.

Rito al hip hop

Dice Lírico que ‘el rap es el más fiable telediario’; y decía un amigo hace días que «N.Hardem es un chamán.» Juntemos ambas ideas: ¿un chamán que informa? ¿un periodista entre dimensiones? Ninguna y ambas. N no es nadie, al tiempo es este nodo ineludible, medio y no mero mensaje, portal de expresión de las voces del mundo, como un periódico; pero también espejo de sí, medio para la desujeción y la confrontación interna, como ante un brujo. El rito de N.Hardem se ubica por ello entre el espejo y la noche, entre un mundo colmado de todos, y uno donde nadie se ve y solo se oye el rumor del músico, médium, juglar, sujeto entre oídos, entre unos y otros. Porque su voz se escucha a diario en muchos mundos, porque cada día tiene algo que decir así sea supuestamente la misma canción. Porque hay frases y sentidos en las letras de N.Hardem que solo emergen a las muchas escuchas. Porque son canciones que viven en la memoria para seguir disparando realidades, como si la música se actualizara con quien la rememora, así uno sea supuestamente el mismo cada día. A la vez no, por eso una canción tampoco. Muchos hacen el rito del hip hop; pocos hacen rito al hip hop. N. Hardem logra ambas. Por ello tiene una enseñanza para todos los raperos: hay que depurar el lenguaje y apropiarse de él para definirse real, esto es, en sí mismo y no simplemente como un quien se define únicamente por comparación con otros. Nunca se irá la competición del rap como no se irá del humano, pero así como en el humano y fuera de este hay tantos otros asuntos de los que ocuparse, así el rap también puede hacerlo, porque lo cierto es que a muchos oyentes poco les importa el ego trip vacío y quizás quieran algo de confrontación inteligente, reposada, capaz de otras cosas, edificada como el viaje consigo mismo pero no necesariamente en comparación con otros, sino mas bien en la oportunidad de no ser nadie y más bien dejarle a los otros una rima encriptada, una poética del humo, un arte esquivo donde el rito es deshacerse en el trance para abrir un espacio donde otros puedan participar. Su arte se convierte así en rito personal, adaptable a cada quien. Es un rito hip hop en todo sentido del término: por su militancia, por su contundencia, por ser odisea microcósmica, por su honor constante a la idea del negro donde manifiesta la crudeza de lo que somos más allá de lo que pretendamos, por la simpleza transitoria, por la claridad oscura; pero ante todo, saber que antes de beats, rimas y rito de hip hop, es rito al hip hop..

Rito al hip hop como rito a ese lenguaje nuevo, a ese mundo de mundos, a su tradición, a su historia. Rito a ese espíritu vago pero concreto, elevado pero reactivo en las mentes, capaz de asumir los corazones como tambor y la palabra como forma de vida. No es un rito a un mero género, no es un rito como quien juega a retratar asuntos. El hip hop no retrata; el rapero no representa. Como lo plantea N.hardem, un rapero no necesariamente sabe de los asuntos del rap, porque los nutre al tiempo que ellos lo nutren a él. El rito al hip hop es entonces cada segundo, la vida misma y por ende, ser para el hip hop: buscarlo en la vigilia y en el sueño y expresarlo desde sus arquetipos de ritual hipnagógico. N. Hardem muestra una música fresca donde hacer rap significa en gran medida lidiar con dilemas y cronogramas, y ver que se encuentra entre el humero. Por obvias razones, aquí la pose, la fiesta o la moda, carecen de un valor al menos aceptable. Aquí prima el andén, el tinte negro y lo virtual. N.hardem no retrata su vida en el hip hop; al contrario: el hip hop le muestra la vida. No hay, por ello, retrato de nada y ese algo inefable que eleva es el mismo rito calculado y disponible entre oídos de muchos aunque no presente de la misma forma en la voz de todos. En este sentido el hip hop parece mostrarse como un culto arcano, únicamente conocido por aquellos iniciados que no se limitan a cultivarse en sus meras formas inmediatas sino que se apropian de ellas al punto de pasar de ser básicos exponentes de un género para convertirse en maestros de ceremonia, esto es, oficiantes y no meros asistentes o imitadores del culto. Es cuando la fórmula encuentra su espíritu, cuando los ingredientes se disponen adecuadamente, cuando el rito al hip hop se vuelve ghospel.

Lo que me eleva EP en Spotify

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