¿Quién vive en la torre?

Desde la Torre - fotolibro de Daniel Álvarez

 

Cuando la palabra torre se une a la figura del creador, nos remitimos casi de inmediato a la metáfora del artista que se aísla de la sociedad para construir una obra. Daniel Álvarez, fotógrafo y artista plástico de la Universidad Nacional de Colombia, nos presenta en su fotolibro Desde la Torre su hogar, pero al contrario de aislarnos y separarnos de lo otro, nos dispone a la inversión de esa metáfora para mostrarnos las semejanzas entre el interior de su casa y el mundo exterior.

La torre donde vive Daniel, la 48 AA 08 de la Calle 48, al contrario de cerrarnos la mirada nos la abre. Y eso es precisamente en lo que se convierte su libro: una puerta giratoria que oscila entre el adentro y el afuera. Toma la palabra calor y nos narra en imágenes que esta es el clima que antoja de refrescarnos en balnearios hechizos, es la poca ropa en los cuerpos y la que se apila en los tendederos; es el sol que alumbra y calienta el naranja de los techados que se confunden con los muros. Aquí las fotografías se saturan de naranja y la geometría que distribuye la mirada está signada por los ángulos improvisados de los techos y las paredes asimétricas. Se superponen las fotografías -pero no el paisaje- de las ropas húmedas colgadas por todas partes y los cuerpos soleados.

Para cruzar hacia otro(s) sentido(s) del calor, debemos rebasar una hoja en blanco que separa dos fotos de la misma ventana. Puestas al borde de esta hay tres cervezas, un cenicero vacío y una cuzca que se terminó sola; son los rastros de un encuentro que ya pasó. El calor que acabamos de ver nos saca: la ventana está abierta y vemos en ella una cortina color crema y dos cobijas colgadas acompañándola. La otra versión de la misma ventana, por su parte, contiene los mismos elementos: la cuzca, el cenicero, las cervezas dispuestas de igual manera, pero esta vez la cortina está cerrada y tan solo unos sesgos de las cobijas quedan para nosotros.

Al otro lado está el ¡ay! Nea, qué calor. Daniel nos muestra cómo se traslada el sentido de esta palabra y nos la define con la tensión del aire abarrotado por cables y la requisa policial que se traduce en peligro. Los colores desaparecen para darle lugar al blanco y negro que nos retrae del sentido naranja y a lo lejos vemos a la policía. Jugando a las contradicciones del paisaje, vemos en las imágenes cómo este calor se transforma en el encierro para unos y la velocidad para otros.

Con lo anterior, apenas conocemos lo que rodea a la Torre, porque esta es también 392 ladrillos, 4 ventanas, 450 baldosas y 12 láminas dispuestas en 13 metros cuadrados. Por dentro, ella mantiene elementos de la ambigüedad que nos prestó del mundo exterior. El fotógrafo nos la muestra a través de los objetos y lo que él denomina, trayendo a Levi Strauss, su bricolaje. Dentro de la Torre una lata de milo es la pata de una armario y contrasta tanto con las otras en su factura como lo hace una pared enchapada que linda con otra en obra negra. También nos muestra que una chapa y un bombillo no tienen posiciones que los diferencie por completo si las yuxtapones en el espacio. Los objetos son signos vivos aquí.

Las imágenes nos sacan de nuevo de la Torre. El autor nos cuenta que son las cuatro de la mañana y en el barrio sonó una vuvuzela que, como un llamado de guerra, nos despierta y nos saca. Habrá un partido de fútbol del Nacional contra un equipo de Japón y, mientras las fachadas se cubren con telas verdes y blancas y se colman los ladrillos naranjas con estampas del escudo del Atlético Nacional, los hombres abandonan sus hogares; menos Daniel quien —recordemos, desde su Torre— retrata balcones, ventanas y talleres vacíos que compiten el espacio fotográfico con el verde y blanco que domina el ambiente barrial.

Los escudos del Nacional llegan a la mirada por cualquier parte: por las tejas, entre la ventana dispuesto con discreción en medio de las cortinas; chorrea por el balcón. También se nos muestra cómo las personas abandonan sus sitios de trabajo para celebrar: dejan los interiores y prefieren el afuera. La carpintería de don Mario la vemos a través de sus ventanas sin vidrios; la construcción en obra negra se confunde con retablos de madera que cubren casi que por completo el interior.

Dos mesas de trabajo, dos flexómetros y la parte inferior de una escoba. Si cruzamos la página veremos a don Mario con ellas de nuevo, pero no sabemos si fue antes de la fiesta o cuando ya regresó.

Al final, las fotos del libro de Daniel van oscureciendo como el día pero, como en la vida, nada está en absoluta calma. Esta vez es una gallina en un techo la que nos despierta, pero los lectores/visores no la vemos porque, como ya dije, solo queda la oscuridad quebrada por algunos rastros esquivos de luz. Terminamos con pocas visiones, tal vez para supeditarnos al recuerdo, los trayectos que las imágenes dispuestas nos arrojaron de la dicotomía. Como todos nosotros.