Polyfauna: Los Nombres de la Candelaria

I
Ha vuelto a estallar el ruido de una garganta metálica. En la Candelaria no ha terminado de anochecer y ya amanece de nuevo. Sus calles se llenan de fervor y temblor, y ella va hablando calladamente entre las muchedumbres que vociferan, gimen y divagan alrededor de sus díscolas fantasías. Y así, de difusa y caótica, todas las verdades parecen vivirle muy adentro, y la van tejiendo de cuerpo. Transeúntes anónimos reverberan, sus pasos y sus palabras esculpen el presagio escondido bajo su piel de ladrillos y aceras. Su epicentro se bifurca eclosionado: Junín, La Playa, Bolívar, San Ignacio, La Bastilla, Ayacucho, Maturín; sus museos, sus teatros y sus claustros; la risa de los niños, el desamparo de los mendigos, los turistas perdidos; el afán sórdido de los carros, el humo, los desagües hediondos, la basura desperdigada, y los guayacanes brillando de amarillo.

II
En mil vidrios de tenues reflejos a cada persona se le va asomando en el rostro un sino antiguo y compartido, ese enigma que hace de cada día un florecer de vidas tan ajenas y tan cercanas a lo desconocido… Ha vuelto a estallar el ruido de otra garganta metálica. Alguien grita en las esquinas ofreciendo el periódico del día. Las calles huelen a pan fresco y a trasnochadas almas atormentadas por la peste del insomnio.

III

Van abriendo las flores, los aromas, los cantos de los pájaros y sus plumas de colores. Los árboles se desnudan y riegan hojas secas. Los hombres siembran miradas oblicuas, en su corazón palpita el terror y la alegría. Tantos hijos del absurdo, del delirio: apenas amanece y ya el fresco verdor se embriaga con el llanto de los hambrientos. Ocultos en las grietas, enterrados bajo los desperdicios, respiran los hijos del exilio, y resuenan sus sueños en las catedrales vacías. Muros altos, edificaciones inalcanzables, luego, el sol y las estrellas, y más arriba, el espacio vacío. Tantos dulces, tantas expresiones, tantas inmaculadas sonrisas mezcladas con trazas de atroces guerras. Tanta sangre mezclada por el amor y la infame fuerza, tantos cuerpos derramados en la tormenta de la selva.

IV

En el corazón de Medellín, la vida brota a cada día como un incendio y se filtran las llamas dentro de las memorias de una historia remota de la gran tierra liberada: Cuba, Argentina, Venezuela, Perú, Bolivia, sellos dispares que marcan los caminos una y otra vez transitados por mareas de voces agitadas. Cierro los ojos, escucho entre el raudal inconexo de las palabras. – “Oiga, acérquese sin compromiso, tengo algo para mostrarle. Es la última invención del ingenio chino en invenciones electrónicas. Venga le enseño cómo funcionan, acérquese nomás.”-  Promete un mercader furtivo. – “Sólo se tiene que tomar estas goticas de cilantro, valeriana y hierbabuena, va a ver cómo duerme toda la noche tranquilito como cuando estaba chiquito.” – Asegura la yerbatera de la botica. – “¡Ey, parcerito! Regáleme una moneda, una colaboracioncita, yo me tomo un tintico, y que mi Dios se lo pague siempre.” – Balbucea un mendigo. – “Mija, ¿se enteró de lo que pasó anoche? Es que definitivamente esta juventud no tiene escrúpulos ni rumbo. Los perros ladraron toda la madrugada y hasta los muertos se quejaron de la bulla.”-  Le dice una comadre a la otra. – “¡Quisiera parar, pero no sé por dónde empezar a sujetarme!” – Aúlla una voz en medio del delirio. Las gargantas metálicas avanzan y penetran mis oídos con su ruido.

V

No sé si estoy aturdido o sólo distraído… Entonces despierto, despierto del delirio que provoca forzar los flancos de la realidad con excesos atrevidos de imaginación. Escucho las campanas disonantes de la iglesia y del tranvía, y veo a lo lejos sentado a Gabriel, que tiene la edad de los siglos, bajo la sombra de una inmensa Ceiba al lado del paraninfo. Sosegado, canoso, pensativo. Está jugando al ajedrez y tratando de engendrar un artilugio abstracto y geométrico, que explique el devenir caudaloso del caos citadino, de la furia intempestiva del corazón de la ciudad. Aguardo a que pause su eterna partida comenzada. Le pido el favor de que me deje ver bajo su tablero, y así ver las cosas desde los rincones metafísicos de las nubes. Y entonces me veo y te veo, caminando absortos por enigmas sin salida, en un juego precipitado de absurdas alegorías, de completa carne tibia, bañados por un mar de miradas que son tan tuyas como mías, y que tanto ayer como hoy, son igual de viejas que las marcas de piedra, madera y tierra con que se escribe el nombre de la Candelaria en la materia viva.