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Pasos Insurrectos (II): Cuidar el Corazón

Sentir el dolor

No hay que pelear con la idea: sentimos dolor, más aún si llora alguna de nuestras madres: La patria cósmica de la nada, que sufre por ser malinterpretada; El espacio infinito del vientre de la Tierra, dadora de esta vida que hoy reclamamos; y Colombia, mi atormentada progenitora, por la que hoy más me duele este corazón que estoy aprendiendo a cuidar. Porque estamos sufriendo. Y lo que sucede nos afecta, nos da vueltas, nos roba el sueño, nos desconcentra, afecta el ánimo y la inspiración; todo de repente cambia y nos hallamos ahí, entre los restos de nuestro corazón anterior, ya desterrado, y los suaves ritmos del latir de uno nuevo, aunque leve, improvisado desde la energía colectiva. Un corazón temporal, como todos, pero firme en una idea: la compasión. Hoy más que nunca, ese órgano tan subvalorado como sobreutilizado, quiere hablar de la sangre porque ya no la bombea sino que la padece: lo que hemos sido es dolor, y no hay que negarlo; pero lo que hoy somos es cura, y eso tampoco lo vamos a rechazar.

Sabemos que nos duele porque aún las heridas no le ganan a las cicatrices. Duele porque están vivas las heridas de tanta atrocidad que aún nos rodea. Porque no son solo los actuales gobernantes y la élite que nos está afectando en tantos frentes de nuestra sociedad: es dolor amplio, hondo, sempiterno en su delirio de ser, pero nimio ante el amor por lo que fluye. Nos hallamos crudamente ante el sufrimiento porque lo llevamos en las venas, porque en nuestro ADN hay poetas y asesinos, dictadores y sabios, nacimos de indias violadas, de pretendidos Hidalgos, de un clero radical, de un espacio en conflicto, de una lucha por el territorio y el cosmos. Somos un pueblo que ha conocido el dolor de todas las formas, ha padecido la hambruna y el grito de independiencia. Colombia particularmente ha vivido una guerra interna absurda, y Medellín, donde aún parece haber algo de mi alma, nos ha recorrido una genética de figuras profundamente creativas, pero especialmente atroces, agentes singulares de la materia que han distorsionado todo: somos hijos del odio, de la ira, de la sangre, de la destrucción desmedida, del macho cabrío. Sociedad perdida, Colombia oscura, país sin gloria, feudo del feudo, bufón de otro. Somos escoria, espacio muerto, norias; lxs mestizxs igual: somos nadie, cualquier cosa, reyes y maestros, música y fusil: Somos lxs obrerxs de las bananeras, somos las vidas sepultadas bajo escombros en Orion. Y somos lxs ejecutores. Somos asesinxs y cantores, somos el pueblo. Somos cada masacre, y sus estrategas. Somos violadores, vendedores de confites, mascotas de otros, mundos de mundos. Somos bacterias, somos animales, somos cosas muertas. Somos madres, somos cosas incontables, y ninguna también, porque somos nada, porque somos en tanto nos vamos, vivimos muriendo, nacemos ante la muerte y ante ella vivimos como un sonido que se sostiene ante el silencio que le sirvió de vientre, de espacio y será también su tumba.

Duele que nos matemos, que nos dañemos, que no nos encontremos. Duele que sintamos y duele no sentir, duele sentirse raro, duele no saber que hacer. Sintamos el dolor, porque duele la injusticia, la corrupción, la sangre tonta, la ignorancia, la mentira, la estafa. Duele que jueguen con nuestra vida, con nuestras oportunidades, y el primer paso, es aceptarnos así, como unas cuantas risas en la impermanencia de los días. El dolor es inminente a nuestra condición de ser ecos en tránsito, y hemos de asumirlo así, como un ruido que canta, o un canto que rompe: por ser lo que se es cuando somos en plural, por ser uno y varios, y ambas cosas. El cambio es por el uno y el otro, por unx mismx, por cualquiera, por el pasado, por el futuro, la soledad o la familia. Lo hacemos porque estamos curándonos, porque es mucho sufrir. Duele vernos así, dañándonos entre nosotrxs. Que no sea nadie indiferente al sufrimiento, que es de todxs.

Respirar

El dolor ahoga, el llanto sofoca y la oleada de imágenes, noticias y situaciones en tiempos de crisis y reacción, puede ser un torrente abrumador para todxs por estos días. Es importante encontrar formas de respirar dentro de nuestras esferas cibernéticas, saber hasta qué punto es sano enterarnos, pensar, procesar. Nuestra máquina necesita un cultivo constante de la calma, del silencio, de la respiración, de la depuración del dato. Si puede meditar, hágalo. Si no, conecte con algo que le invite a respirar, a reír, a estar tranquilo. No se trata de distraerse, sino de respirar: la diferencia radica en que la distracción es interferencia con respecto a la realidad, esto es: pretende ignorarla, escapar; mientras que la respiración es integración de las cosas que suceden en la misma, es decir: asumir la realidad aportando control mental. Quien busca distraerse, evade determinadas esferas para habitar otras. Quien respira, por su parte, está siempre en el mismo mundo, pero sabe que es necesaria la pausa para la continuación, y el silencio para oír al que canta. Necesitamos encontrar la respiración siempre y no entenderla como una forma de evasión de lo que sucede: lo contrario, respirar nos hace más conscientes del aquí y el ahora, nos permite procesar mejor lo que vemos, oímos, concentrarnos, combatir lo que nos destruye y nos impide, precisamente, respirar.

Los pulmones son formas del corazón. Es necesario mantenernos en un contacto permanente con la respiración. Contarla, recordarla, sentirla, darle momentos en nuestra rutina, así sean segundos, así sean minutos: cualquier espacio de respiración consciente es nuestro refugio ante toda imagen, idea, forma, situación que quiera robar nuestra paz. Respirar es nuestra forma de atender a la vida y mantener nuestra mente-cuerpo entrenados para sopesar las atmósferas de nuestros días, y si vamos a la historia, la de milenios, dado que respirar es no solo un acto básico, sino también una vía, elemental directa de conectar con la vida. Hay que hacer de nuestra respiración una prioridad si lo que queremos es aprender a controlar la información que procesamos. No existe prelación para el acto simple de tomar aire y expulsarlo, antes de cualquier cosa que pretendamos hacer con esa entidad que respira, ese cuerpo que late. Tomar y expulsar aire, de forma atenta, tanto como sea necesario, y sin pretender algo más que respirar. Tomar aire, realmente tomarlo, llevarlo consigo. Respirar es el primer paso de un cambio digno. Carguemos aire en nuestros bolsillos, llevemos infinita calma guardada en la maleta, sembremos tranquilidad en nuestros movimientos. La voz depurada y el pensamiento destilado es clave en toda estrategia, y el silencio es la más excelsa de las tácticas. Respirar es comprender.

No sembrar odio

Toda forma de odio duele y causa dolor, quien odia, solo invierte su tiempo y energía en alimentar la fuerza que nos ha llevado a lo atroz. Quien pierde el sentimiento por la vida de lxs demás, será, entre otras cosas debido a la acumulación de odio en su interior, de ambición, de miedo, de egolatría. Se ha encargado, adobe tras adobe, de edificar ese muro extraño de la desigualdad, la gran frontera, el punto distante donde la cibernética no es evidente y contrario a ello, prima la separación, la individualidad pretendida de cosas que son en sí, grupos. La infamia se nutre del miedo, aprovecha el rencor y se desliza fácilmente entre quienes se adhieren a una furia que solo arremete contra los demás a favor de una declaración desde y hacia un individuo o su grupo selecto de acreedores de la tierra que nunca les ha pertenecido aunque tengan papeles que así lo digan. La tierra es de ella misma y la ecología no es mero impulso ambientalista: es una condición noosférica, integral, realista a la final porque es consciente de que no es posible pensar las cosas sino es conectándolas entre sí, por ende siendo incompatible con toda lógica individualista, creada a por hedonismo, por posesión, por mero antojo, sin importar lo que causa entre todxs. Da igual la razón: el odio trabaja para sí mismo, y la furia que quiera alimentar ese odio, es esperable se arme con antimotines. Nuestra rabia no cae tan bajo: nuestras primeras líneas son por la dignidad y no por la condena, y nuestra lucha es por la vida y no para seguir costeando asesinos. Por ende, nuestra furia es más elegante, nuestro fuego no es tan barato como el de las formas del terrorismo de estado. Cargamos la rabia de quienes no aceptan el odio como dictador. No le apostamos a la destrucción de aquello que necesitamos y sabemos quemar todo lo que nos está ya aniquilando. Es necesario mutar y las crisis no son meros llamados al grito incendiario. También es sentarse, en la fogata, sin odiar a nadie, y cantarle a la resistencia, cuya máxima forma no podría ser sino nuestro amor, dado que es el odio la forma elemental de nuestro dolor.

Reclamar la vida

En tiempos como los que vivimos, necesitamos de las voces de otrxs cuando la propia es coartada. A menudo nos veremos en situaciones donde el reclamo es por la vida común, no solo la propia. Es lo más sensato. Pensar, imaginar, crear, proponer, caminar, alertar, decidir, movilizar, resonar. Es conjunto y singular al mismo tiempo. Por ello es necesario empatizar, aunque también necesario cuestionarnos, saber reconocer hasta donde invadirnos, hasta donde apartarnos. La navaja del escéptico y la guitarra del enamorado son tan necesarias como las discusiones del congreso donde se están evidenciando las oscuras intenciones de las redes de quienes se dignan de comandar eso que llaman patria, pero en realidad se cuela como un sistema operativo previamente alterado para beneficio de unos cuantos. Estamos reclamando la vida y lo hacemos desde la creación de utopías más capaces que aquellos limitados diseños de los actuales gobernantes de la mal llamada América. La diversidad es nuestra batuta y la búsqueda de un mundo donde quepamos todxs, siempre será nuestra más alta misión: un sistema amplio y digno, un sitio donde podamos ubicar lo que los tiempos mismos han cultivado, eso que ahora somos, eso que ayer lloramos, eso que mañana nos quitaron. Somos la silueta rebelde de una vida reclamada, el espacio abierto a la fuerza de lo distinto, una transgresión del espaciotiempo a punta de ideas que hoy marchan en la calle, o viajan en algoritmos de una app de video, o poemas que se han fugado para hoy querer ser ley, búsquedas que se convierten en reclamos de un sitio para quienes han encontrado. Estamos en paro porque reconocemos dimensiones de lo que somos, que hoy quieren estar y no pueden por unos cuantos que persisten en cambiarle el nombre a su delirio feudal. Y no solo eso: somos cosas en paro porque estamos cansadas de no estar, estamos cansadas de ser expulsadas, estamos reclamando vivir.

Conservar la calma

Conservar toda la calma que logremos. Y no confundirla con apatía. La calma es la de quien aprende de la ira y actúa consciente de no avivar la llama. Es una simple invitación a permanecer tan serenxs como podamos, porque aunque el ideal de insurrección que nos une está presente, no será nada en manos de sujetos desesperados que solo actúan dominadxs por las emociones, que son en gran parte los pilares de las máquinas de dolor que hoy padecemos.  Serenidad no es sumisión, silencio no es apatía, la calma no es docilidad. Hablamos aquí de una calma conservada, cultivada, que se saca en la frente desde por la mañana, que se mantiene viva mientras se recita la arenga, que está presente en cualquier conversación, que come junto a nosotros. La calma es nuestro aliada, es la mano que respira, el pensamiento decantado, la vida desprendida de los ruidos extraños de la propaganda. Calmarse no es pasividad, no es limitarse a no accionar. Calmarse es respirar ante las formas, mantener con otros la alegría, estar en un compartir que ante todo se sepa cultural, esto es, que nace ideas inter-conectadas en la nada, bajo la sutil premisa de un mundo distinto.

La calma es amiga y ventaja de quien se emancipa, por ser precisamente de calma de lo que carece aquella persona que no duda en robar, matar y engañar, pisotear a otrxs. Los gobiernos atroces suelen ser desesperados, tan dependientes de su fuerza bruta que no suelen entender aquello que nace de formas subrepticias a su obsesiva aceleración. Son gobiernos que piensan en el banquete y sus delicias pero ignoran que todo depende del mantel, o de las patas de la mesa, o de los pilares del edificio que mantiene el techo sobre el cual realizan su festín. Parecieran creer que solo existe su hambre, y que las cosas que se comen les llegan de la nada, o de esclavxs, que por alguna razón se supone que le debemos tributar, aún cuando no nos dan ni las sobras: se lo comen todo y aunque dejan los platos casi limpios, nos obligan a lavarlos. Pero nos haremos más silentes, y lentxs, y en el control de nuestros impulsos vamos hallando nuestra libertad, sin tan siquiera tocarlos, sin dañarlos, conservando el tesoro de una calma aprendida por siglos, sin miedo, sin odio, en la firmeza de una protesta que ante todo reclama tranquilidad en el corazón. Lo que queremos es aprender el truco de quitar el mantel sin que se caigan las cosas de la mesa. Ellos seguirán comiendo, mientras nos llevaremos esa tela para cubrir a Colombia, que tiene hambre, frío; le está empezando a subir fiebre. Y primera la mamá…