Pasos (II) ─ Flotar

Flotar

Alguien habrá de ser lo suficientemente osado como para en las posibilidades de lo que a la vez está y no está. Alguien habrá de ser capaz de sostener la realidad tan siquiera para identificarla, anhelarle algún sueño, resistirse a despertar, o quizás hacerlo, y como ninguno, con la esperanza de abrir los ojos alguna vez ante el letargo, o cerrarlos ante este por completo. Y mientras tanto, que la vigilia no vigile nada y se le pueda delegar a su onírica sombra la tarea de juzgar el mundo real. Todo esto únicamente con la finalidad de establecer el mestizaje no desde la sumatoria sino desde la hipnagogia, como si el hecho de combinarlo todo, hiciera que nada fuera, a fin de cuentas, algo. Y entonces se torna necesaria una nueva acción: una figuración realista de esta ontología que trata de sostenerse entre el sueño y la vigilia, como quien busca ser algo entre cosas que siempre se combinan.

Ante semejante panorama y con tamaña misión –la de ser algún tipo de objeto entre la mutante maraña de los mismos, tan cambiantes, fecundando entre sí sus propios mundos– no queda de otra que atreverse a una sola labor: flotar, como quien además de suspenderse en la malla de cosas, puede sostenerse al conservar un poco de la gravedad restante, pues la levedad se ha llevado casi todo, incluyendo la masa de cosas producidas por el hombre, que a fin de cuentas encierran tanta basura que no es posible sostenerlas, Big Data, para usar la jerga informática; Big Kippel si nos vamos a K. Dick. Es un océano de vibraciones, un Samsara sónico, un espacio donde el ruido es tal que la única salida es el silencio de la levedad, el hecho de soltarse a flotar, sin adherirse a tanto rescoldo del rescoldo.

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Quien flota no aparece ni como punto ni como interrogante, no se preocupa por definir ni cuestionar, no es espacio para imágenes fijas pero tampoco se preocupa por la transitoriedad de las formas que aparecen. No es, sin embargo, despreocupación sin más de algún tipo de responsabilidad o rol mundano; es más bien un arte, porque requiere saber respirar y al mismo tiempo saber soltarse del medio que por naturaleza lo acoge. Flota entonces quien se desprende de aquello que le impide sentirse ya en flujo. O a lo mejor se flota con tan solo sentirse ahí, movido por un algo que a veces ni se reconoce, pero se sabe por la inercia o la consecuencia directa de su motricidad.

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Uno a veces siente que la vida se le escapa, como si estuviese suspendido en la posibilidad de ser y desvanecerse, y no propiamente ante el vacío de quien se libera de la memoria, sino ante el abismal silencio de quien no la mantiene viva. Y entonces, cuando uno no recuerda, no sabe quien es, y se olvida de todo. Y eso tiene sus consecuencias, digamos que dos elementales: una es perderse, que tendrá sus impulsos negativos y positivos entre sus vericuetos. La otra es flotar, que se traduce en este caso como el acto de mantenerse activo entre el veremos, una posibilidad entre tantas, pero asumida, un algo concreto en un casi-presente constante. Casi porque la incertidumbre de la tierra ambigua, así lo susurra. Casi porque es imposible declarar la presencia en un mundo donde se esfuman tan rápido. Casi porque aún cuando insiste estar ahí absolutamente, siempre se transforma en otra cosa.

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El antropoceno comparte un patrón con la actitud de Medellín: ambos son delicadamente astutos en conservar lo que les expone la realidad, para preferir en vez de ello ir velados, ambiguos, paradójicos, no propiamente como una serpiente que se muerde la cola, sino más bien un perro que se la persigue, pues aunque haya genialidad en el asunto, es ante todo una dinámica nacida de letargo entendido en entretenimiento, que hace que la percepción se acomode a un lenguaje fugaz, intranquilo y a menudo imposible de considerar por mucho tiempo. Es normal en el antropoceno sentir paradojas en cada objeto que existe. Será normal en Medellín respirar la ambigüedad del hombre, perdido en el hombre, pero tan ávido en salirse de sí.

Por eso el futurismo en una ciudad barata, por esto del flote, esta sensación de sostenerse aún entre cosas, de mantenerse en el intersticio de aquello que tiende hacia un lado u otro, pues la gravedad, aunque presente, también flota por momentos, y de repente todo lo que estaba en el suelo, aparece en el techo, y el corazón se escucha en sus silencios, y la noche alumbra, y los entes se revelan encausados por otros, pegados en cadenas de formas difusas y polaridades que aún cuando se alternan, siguen ahí; todas flotando, como una espuma en ningún lugar, como un cambio que es todos.

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Flotar es algo así como la audacia de una corazonada que dice que por alguna razón, las cosas, incluyendo la vida y los momentos, no pesan tanto como parecen, incluyendo las balas, que persisten en acabar la inocencia y estimular lo que se sabe siempre muerto. Astuto por ello el que flota, entre tantos disparos, astuto el que sigue soñando cansado, porque en una ciudad cuya imagen se la turnan la amnesia y la afasia, permitirse al menos algo de gravedad, es admirable, porque significa que aún cuando el acto de volar nos quiere lejos de nuestro suelo, el flote nos mantiene acá, idos pero firmes, yéndonos pero atendiendo a lo que sucede alrededor. Flotar es la única manera de estar aquí y partir, al mismo tiempo. Es necesario incluso, en tanto en un lugar tan agreste, no es posible permanecer por mucho tiempo. A su vez no es recomendable la eterna elevación, porque incluso el que quiere ir muy arriba, estará en algún momento, abajo. Tratar entonces de ser quien oscila entre el juego de levitación y gravitación donde nos deshacemos y concretamos sin más; ser quien se sabe ubicar en el punto donde todo se mueve y se va, pero algo permanece quieto; ser un silencio para el ruido, no contra este. Ser un flotante, uno de esos que se calla hablando, vive muriendo, se sabe lejos y cerca, se sabe aquí y fuera. Existe y no existe, se reconoce tan presente, que recuerda, y se sabe tan antiguo, que imagina un futuro. El flotante lo más cercano al ciudadano, en una ciudad donde es mucho decirle fuerza a la gravedad.

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