La banda del tapir

Primera escucha

No hay nada más preciado para un oído que el hecho de que la primera impresión de un artista, sea en vivo. Aunque hoy el estudio permite infinitas opciones, en vivo sigue existiendo esa magia del momento, no sólo porque la música se hace en tiempo real o porque se busque una determinada correspondencia a lo grabado –en este caso inexistente– dado que hasta antes de escuchar en vivo a Danta, no había sido lanzado Páramos, su álbum debut en Música Corriente, en los oídos. El encuentro es lo esperado por parte de músicos para quienes no es nuevo el escenario y la ejecución musical en la fiebre del tiempo real. Sin embargo, hay algo diferente en este caso, porque los compositores mismos se ven en posiciones en las que antes no estaban en sus otros proyectos, como Alejandro Bernal, que explora la guitarra nadando en diferentes pedales y efectos, de una forma que no hacía en proyectos anteriores como Mr. Bleat, además de acá tener el mérito de hacer escuchar su voz, aun entre los ecos, aun entre los silencios. Igualmente lo hace José Santamaría, una de las más finas voces de la música electrónica local, que aquí en Danta conserva el bajo que sostenía en Panorama, pero esta vez lo combina con formas furtivas de su voz, máquinas electrónicas como en su proyecto [neuma]. En vivo los compaña además Sara Zuluaga en la batería.

Páramos

El experimento de Danta es bastante polifacético pero sabe ser cauto en la ambición que plantea su concepto: se mantiene en los timbres y estructuras una coherencia impecable entre canciones al apostar por un tejido común que lo hace álbum, pero de alguna forma respeta al mismo tiempo el flujo que cada canción propone en su singularidad. Así logran establecer con sus sonidos un cerco que les permite recurrir al concepto sin depender de este, estableciendo una idea del páramo que fácilmente se podría relacionar con los ecos y procesos característicos de ciertos recursos musicales utilizados, pero esto es algo que parecen obviar sus creadores, por ende no es donde radicará su genio. Así puestas las cosas, basta decir de entrada que Páramos es un álbum no para descifrar, sino para navegar, como un mapa sensorial, un escenario para bailar con la mente.

En Danta se muestra de alguna forma el culmen de un proceso que se sale del dúo en cuestión para mostrarse como símbolo de un encuentro de diferentes momentos, sonidos, ideas. Es un proyecto de tiempo, de cultivo, riego, dedicación. No se sienten canciones del paso, aunque se vislumbra por doquier la capacidad de lo improvisado. Lo logrado en Páramos se vuelve por ello un ejemplo de cómo sí es posible hacer aparecer nuevos sonidos en una ciudad saturada a ratos de lo mismo en términos de experimentación musical y de extensión del imaginario sónico desde paletas nuevas de ritmo, timbre, manufactura. Es grato encontrarse con una exploración semejante, en la que las guitarras parecen desvanecerse en múltiples capas de sonoridad como si pudieran de alguna forma armar nubes de exóticos armónicos, etéreos ecos y todo tipo de disonancias y filtros, para lograr multiplicidad espectral, tonos polifacéticos, más que meramente polifónicos; estructuras que aparecen como mundos hechos de sintetizadores, baterías y un bajo asombroso que toma por momentos un protagonismo que provoca no el oído sino el pecho, como si volviese a traer a la tierra ese cuerpo que la guitarra desvanece en lo etéreo.

Experimentar

Páramos exhibe muestras de ardua experimentación, a ratos abierta y silvestre, pero a su vez deja ver la madurez de dos artesanos del sonido para quienes no será nuevo ni el traste ni el LFO. Esto se siente de alguna manera en sus melodías, en sus ritmos, en la estructura que eligen y desenvuelven en vivo. Es fascinante como deambulan en formas del pop pero saben romperlas con texturas propias del ambient o voces y tejidos armónicos comúnmente asociados con el shoegaze, el synthpop, el krautrock y derivados. Sería sin embargo ingenuo, injusto e ineficiente tratar a Danta como una banda más dentro de un género previamente dado, igualmente a cómo no podríamos limitarnos a dejarla en mera novedad de una ciudad escasa de este tipo de ruidos.

No se trata de novedad en todo sentido porque se siente el recorrido previo de ambos artistas, pero tampoco es del todo algo que ya se encuentre por ahí fácilmente. Lo que se halla en Páramos es un universo original que si bien se podría relacionar con diversas tendencias de la exploración musical contemporánea, representa un descubrimiento en sí mismo, entre la inocencia de lo fortuito y la belleza de lo añejo; es fresco pero curado, contundente pero sin excesivas pretensiones. No pretende porque suena a música que se hace por frescura de la escucha, por libertad de crear, por simplemente hacer algo que ya pulsaba de antes. Es lo primero que hace Danta pero no lo primero que hacen sus miembros, por tanto Páramos condensa una interesante experimentación local, una muestra de la capacidad sonora a la que se puede llegar una vez se forja, año tras año, canción tras canción, una voz tan propia.

Como un tapir

Juegos de fase, estructuras que se disponen desde miles de ecos. Artesanía en la reverberación, delicada ingeniería en el tratamiento de las profundidades de cada instrumento. Cada canción es una exquisita migración de formas sónicas: de lo electrónico a lo acústico, desde las voces diluidas de fantasmas que se toman la voz de Bernal hasta las condiciones extraterrestres de varios sintes, loops y estruendos que se desvanecen rápidamente entre atmósferas de ecos que arman sutilmente todo un disco. O quizás muy terrestre, pero lejos de lo común, como si sus canciones diseñaran puntos de fuga donde habitar lo cotidiano; desde el páramo, entre la niebla, entre las ramas, como el tapir.

Nube de varios

Música para volar, para sentirse abierto a ver como se confunden los poros y con las nubes. Respiración, ritmo de éter, ecos de ecos, capas de voces, letras llenas de onirismo, de fuerzas potentes pero volátiles, figuras que se trazan sobre diferentes épocas o estilos para disponerlos entre guitarras, sintetizadores, baterías, efectos sonoros y mucha, pero mucha reverberación. Danta imagina entre el pop y la experimentación un microcosmos ecléctico, meticulosamente editado, mezclado no solo con el calor de las máquinas de la fría montaña donde se ubica el estudio donde fue grabado, sino el de la pasión con la que parece hecha cada canción. Se nota que no es un mero encuentro, que no es un capricho de juntarse a hacer algo de poca importancia, sino algo que fluya desde el sentimiento musical más libre y a la vez más visceral. Se nota que es el esfuerzo de buscar entre varios aquel sonido que no se logra individual. Danta es colaboración pura, es un encuentro profundo entre géneros, entre memorias, entre vidas, entre momentos, entre rutas del tiempo o del sonido, da igual.

Residuo cósmico

Sus barridos, sus distorsiones, sus drones. Esos sonidos que no dejan lugar para otros, los ecos de los ecos, el mundo del mundo, el sueño del sueño. Estructuras que van y vienen, como masas de una sustancia extraña, resonante, situada en un ambiguo entramado de sentimientos que logran capturar lo singular de la melancolía sin olvidar la neutralidad de lo electrónico, desde donde pueden viajar al ambient más tenue, oscuro o cinemático, o surcar diferentes escalas en cuerdas que pasan por pedales, plugins y racks como en una cadena de mutaciones para la no poco importante tarea de mezclar mundos entre pista y pista.

Atlas

Olvidar los silencios, purgar eventos, liberar memorias, explorarse. Conocerse en los sonidos, auscultar la propia perturbación. Pero sin preocuparse, escuchar el viaje, que no es en vano: Perfume, envolventes gaseosas, texturas sin fijación pero ubicuas, todo sumado a una asombrosa consciencia por el timbre y la morfología del sonido en cada trazo, no solo en términos de estructura sino en la manera como se articulan diferentes fuentes sonoras en una narrativa única, que plantea una línea clara, sencilla y pegajosa, pero se atreve a deliciosos juegos en el tiempo.

Atlas es sin duda un ejemplo de modesta erudición musical: desde las máquinas hasta las cuerdas, pasando por voces, criaturas extrañas y eventos acusmáticos inesperados. Es toda una ópera cibernética, oda a las formas experimentales de la tonalidad, del coro, del bucle. La forma como entran y salen las voces, la forma como se diluyen entre los ecos. Son a ratos susurros de lo sublime, extractos de sosiego entre la bruma, como la libertad de aquellos que se permiten escuchar entre el frío, entre la necesidad de una música que nace desde la profundidad del sentimiento, sin ignorar la interferencia pero dejando que prime la armonía. Danta enamora, atrapa, mueve; se siente en muchas capas, desde lo terrenal hasta lo celeste, como en Volcanes, por ejemplo.

Lete

Reunión de formas, como una tormenta de sonidos rebotando en sonidos; una danza austera, una mezcla extrema de ausencia vocal. La magia de Lete es inigualable, es el éxtasis del tiempo, la sumatoria de señales, tributo a diversos esquemas musicales. Sus guitarras, sus repeticiones, el impecable dinamismo de su batería. Todas las estaciones que presenta, todo su recorrido y cada personaje que hace uso del tren. Cada riff, cada acorde, cada nota, elegida o fruto de la serendipia, como un hi-hat inesperado, un eco que se corta sin pensar, o un bajo que extrañamente domina sobre los drones que se corroen en pura saturación. Hay tras la producción de temas como Lete una artesanía sónica únicamente posible por quienes llevan depurándose musicalmente por años, en una disciplina que, entre sus idas y vueltas, ha consolidado uno de los proyectos nuevos más prometedores de la ciudad.

Flotar

Páramos es un conglomerado de ilusiones que pueden habitar lo real para darle una opción de sueño, baile o simple sentimiento en el oído, donde a fin de cuentas no acontecen canciones y donde en este caso la semántica parece sacrificar la fonética en pro de una posibilidad diferente de la letra y el sentido, de la expresión de lo suave y la reacción de aquello que pide extender el barrido de frecuencias o el rango en el cual se permite la música armar su destino. Sería en vano intentar decir algo más. Hay que seguir flotando escuchando.

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