Insomnes

de tantos que tanto andan

 

Entre lodos eran dos entes.

Entre esos dos que estaban ahí al borde de sí mismos

y de la calle, junto al otro árbol, cerca al parque de los deseos.

Era aquel un amor que nacía en medio, simbolizado por la moto y el adminículo.

Había ceniza pero también polvo; la luz de la calle brillaba en el aluminio, el fuego.

La conversación era visible en la cercanía,

como entrelazados por algo más que ese presente,

como si de cada uno la mirada se aferrara anónima al otro,

en dilución, a la par que la noche, que entraba en las pupilas.

Se derretían en sus trajes y en los cartones,

en sus olores pesados,

gobernando el viaje con la astucia del cuerpo,

que atrapa y libera palabras, y las siguen y se salvan,

también cuando la risa a cada instante,

se burló de lo que fueron.