Hipnotismo sónico (II) – Doce

En el club del futuro, habrá siempre algún momento para recibir a los más refinados mesías cibernéticos. En el club del futuro, las curvas serán órbitas y los DJs planetas. En el club del futuro la ciencia del beat será una arquitectura de plataformas de aterrizaje de seres imposibles. Rrose es el ejemplo perfecto de la cosmogonía hipersónica que exigirá este club en su cumbre. De atrevida ficción sónica, y de un nivel de control de la hipnosis únicamente entendible por aquellos que estarán en algún siglo del mañana ante el manto de esta ilusión sónica que presenta Rrose y sugiere desde su magia, su producción, su declaración. El arte que presenta no es de bloques sino de capas, disponible a sensibilidades posteriores al humano, donde las rutas de la vida se tejen con todo aquello que sobrepasa la realidad humana, pero que de alguna manera atraviesa cada poro de la piel del antropos a la hora del hipnotismo, suspendiendo la existencia en una escucha que es aquí odisea, también infierno, también amor.

El rave será, en el futuro Mansion, un espacio cuyas consecuencias sólo se revelarán conforme se materialicen las variables mismas de la vida inmaterial que alberga un club sin tiempo. Y entonces en un mismo lugar habrá varios, y entonces la mécanica será tan mestiza que cada beat podrá ser oda al cuerpo y al mismo tiempo espacio para la epifanía y la revelación. Y entonces el club podrá ser templo o campo de guerra. Y entonces en ese tiempo adelantado se creará un centro de operaciones estratégicas para convocar señales de lo más variopintas, todas presentes en una Medellín donde parecen haberse ya disuelto gran parte de las dicotomías que hoy nos impiden a todos bailar. Este pequeño recinto lindará con el club y se ubicará en un modesto espacio que las hará de tienda donde se podrán adquirir discos, cafés y pasteles. Se llamará ‘Doce’ y será el nodo por excelencia de una nueva música electrónica en la ciudad. En ese pequeño recinto con algunos vinilos, camisetas y alfajores; donde operarán máquinas de café a la par de tornas y una computadora, donde DJs de la talla de Merino y Julianna, no solo mezclarán música sino también capuchinos y sodas. Serán ellos en gran medida los encargados de impulsar un paisaje sonoro que servirá de colchón sobre el cual descansarán importantes conversaciones, celebraciones, fábulas. Se juntarán pocos y muchos, de aquí, de otros lados.

El sudor de Mansion y su conocimiento abstracto en la dimensión del rave contrastará a la perfección con esa tienda que además de recibir objetos de otro tiempo en forma de vinilo o libro, en realidad será más bien pretexto para el intercambio colectivo, una pequeña cocina dentro una nave espacial en la que se reúne la familia a crear futuro. Doce comenzará por la materia y mutará a la red y la operación itinerante, pero entendiendo que no es posible abandonar la materialidad en tanto es en ella también donde se teje la red y es de hecho la materia su razón de ser, reflejada en el vinilo como elemento cibersónico, como objeto de culto, como una suerte de sacralidad sónica que se le otorga a ciertos artefactos del mundo. Con el tiempo, cuando Mansion y sus modelos apadrinados sean un referente para los días de alguna de las tantas utopías que embrujan nuestros días, será aún más evidente la necesidad de seguir abriendo rutas bajo la tierra de esa Medellín sin futuro pero con tiempo para bailar.

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