Hipnotismo sónico (I) – Desobediencia civil

Se dice que en el futuro de Medellín habrá un club que se llamará Mansion y tendrá una tarea principal: sintonizar señales de otros universos a través de la exploración del techno en sus facetas más abiertas. Será el lugar de encuentro de diversos lenguajes que nos permitirán acceder más adelante a mundos bajo el suelo de Medellín que no solo nos se limitarán a ser refugio ante tiempos agrestes y más bien se beneficiarán de su condición utópica para soñar tan lejos como alcance la escucha. En ese templo mestizo se abrirán las grietas que necesita la milicia local para entender las reales dimensiones de su rebeldía, al mismo tiempo que se va revelando la caricatura de los días. Ese cubo de sonido ubicado entre un hostal, una tienda de prendas matrimoniales y una tienda de discos, será pequeño en espacio material, pero en su capacidad inter-dimensional será un punto de concentración de la energía sónica más compleja, cósmica, revolucionaria, transgresora y liberadora que jamás visitara este valle. Estarán allí muchos géneros, seres de muchos planetas y oídos tan diversos como las caras que visitaran el antro. Sonarán allí tantas fuerzas, que cuando el club se acabe, será imposible dejarlo de escuchar.

En estos rituales que se harán en el futuro habrá un lugar especial para la Hipnosis, con cuatro eventos dedicados a la exploración de los fascinantes territorios de música extraterrestre. La primera norma será desobedecer otras normas: alejarse de los esquemas de la superficie y la máquina del mundo para dejarse impregnar por esa gravedad inversa que aparece en formas musicales de la intensidad de un Perc, quien logra acomodar monolitos y complejas estructuras sónicas que luego amasará para que también el cuerpo cambie de forma en la pista. En encuentros tan elevados como los que habrá en Mansion, las normas serán más bien preguntas y lo que se supone que es la civilización, no es aquí el andamiaje normativo que propone la Gran Máquina, con leyes supuestamente erigidas para el bienestar colectivo pero en tantos casos solo presentes para mantener el modelo de represión con el que han subyugado el alma del mestizo desde su génesis. Aquí las normas se mueven y hasta las leyes de la naturaleza tienen un momento para perderse en la sonoridad. La desobediencia pasará en ese tiempo a ser un asunto de la temperatura de la sangre por el baile y no una cuestión de la sangre fría que se derrama en un asesinato.

Lo que sucede en esa Medellín futura es más bien desobediencia desde el sonido, no entendida como un rito al hedonismo sin más, sino una militancia con el momento estético en cuanto tal, revelando un arte del ciudadano será entonces la insurgencia que permite el baile, la liberación que representa en su dinámica. Y la danza será asimismo oportunidad para la trascendencia en el ritual cibernético y no simple opio para el despiste de la percepción. Aunque será un lugar de escapismo, lo será ante todo de insurgencia y rebelión, en la materia hecha con el cuerpo ante el baile, en la inmaterialidad sostenida por la viscosidad de la hipnosis. Por eso el oído en el trance y por eso las piernas cansadas, por seguir el vertiginoso péndulo de un DJ, como ese pulso que Magdalena no solo deja ante los reproductores de música digital que mezcla en vivo, sino también en propuestas como Desobediencia Civil, con las que ha generado un movimiento en torno a esa búsqueda de liberación por medio del techno volcánico, haciendo de cada evento un portal armado de las formas inhóspitas de una tradición más alien que humana como lo es la escuela del techno, que explota en la fugaz pero telúrica poesía que encierra esta forma musical en algoritmo central. Es una inesperada simbiosis fruto de quebrar las normas de lo real, donde se halla resguardado el rol vivificador de la ficción sónica: ser plataforma de mundos.

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