Hacia una Cultura Etérea (I)

Imaginarios, rostros y tejidos: esbozo hacia una Cultura Etérea.

 

“…Sólo puedes desear cosas mientras te acuerdes de tu mundo. Los que están aquí han agotado todos sus recuerdos. Quien no tiene ya pasado tampoco tiene porvenir. Por eso no envejecen. ¡Míralos! ¿Podrías creer que muchos de ellos llevan aquí mil años e incluso más? Pero se quedan como son. Para ellos no puede cambiar nada, porque ellos mismos no pueden ya cambiar.”

La Historia Interminable, M. Ende.

 


Liminar

Parte de mis inquietudes en los últimos tiempos, han radicado en explorar las dinámicas y las presencias de las identidades que caracterizan y encarnan la materia prima de nuestro tejido cultural, más allá de sus atributos morales tradicionales —la exaltación de lo bello como virtud deseable y el ocultamiento de lo perverso como trastorno superable, puesto que en la configuración de nuestras sociedades ambas categorías se disuelven en un acontecer de eventos híbridos, paradójicos y mestizos—. Al habitar las cotidianidades del territorio de una ciudad como Medellín, en donde las arbitrariedades de sus procesos sociales se configuran en la intemperie de conflictos ideológicos, guerras armadas, polaridades humanas insanables, y a su vez, en expresiones de vida profundamente espirituales, pulsiones vitales y cosmovisiones complejas —producto de procesos sincréticos inimaginables—, es natural sentirse atrapados en un Limbo Devorante.

Habitar dichos espacios volubles y mutantes, es estar circunscritos a lo que podríamos llamar, para comenzar, un mundo de juegos interminables del lenguaje, de absurdas narraciones transformadas en verosimilitud crónica que custodia la historia, y, en consecuencia, en la inevitable dispersión de sus representaciones: un mundo envuelto en un cataclismo de incertidumbres que atropellan por igual a toda clase de comunidades y comprensiones. A la luz de nuestros ojos, resalta diariamente una paradoja enigmática: la soledad en el atiborramiento.

¿Qué ocurre en nuestra conciencia cuando elevamos a categorías ontológicas la caoticidad de nuestro entorno? Se refleja, en la naturaleza de nuestras cotidianidades humanas, una simultaneidad vertiginosa entre virtudes y perversiones, una comunión incensurable entre atributos bondadosos y maliciosos que anida en el fondo de nuestra estructura psico-somática, y que en los últimos tiempos se ha proyectado en una escala social como una fragmentación de nuestras praxis  habituales que mal llevadas –como si de hambrientos ciegos sumergidos en la neblina espesa de la incertidumbre se tratase— han desembocado en una historia de violentas agonías, creativas técnicas  de sufrimiento y propagaciones sistemáticas de aniquilamientos que, hasta la fecha de hoy, no tienen cabida ni referente histórico en cuanto a sus dimensiones destructivas —recordemos  el uso novedoso de armas de destrucción masiva: bombas atómicas, drones militarizados, ataques químicos radioactivos, minas antipersona, armas de fuego, granadas, expuestas al mundo entero durante el Siglo XX y que ahora, con el cambio de milenio, parecen evolucionar en las frenéticas guerras civiles; sólo basta ver hoy la destrucción actual de siria y palestina para sentir terror que muerde hasta el tuétano, y otras tantas  conflagraciones emprendidas a escala global por parte de las potencias económicas mundiales , así como el caso desolador  de nuestra histórica guerra Colombiana—.

A pesar de que los mitos de la ilustración y las precoces utopías del Capital Moderno se han ido derrumbado paulatinamente, pienso en que más allá de la inmediatez de las circunstancias socioeconómicas, debido a las problemáticas superficiales —es decir, que están sobre la superficie práctica de las sociedades y que se miden en términos de educación profesional,  empleabilidad productiva, desarrollo industrial, índices de desarrollo humano, producto interno bruto y otras cuantas categorías sociológicas y econométricas no menos relevantes para la comprensión y el desarrollo de nuestras sociedades—, el continente de América puede verse como un receptáculo, tal vez como una analogía, de lo que ocurre al interior del psiquismo de la humanidad.

El hecho de que en nuestro continente haya ocurrido un cataclismo de cosmovisiones, en donde fueron dispuestas multiplicidad de culturas sin una evolución histórica adaptativa, sino más bien,  explosiva y disruptiva, convierte la fundación de sus sociedades en una eclosión telúrica,  que no puede —como el resto de culturas hasta el momento lo habían hecho—, delimitar la aparición del mundo a través de sus mitos ancestrales y memorias históricas, y hablar, por ende, de las realidades humanas como si le fuesen conocidas en herencias provenientes del inmemorable antaño, por la sencilla razón de que no existen, o mejor aún, permanecen ocultas todavía. Al comienzo de Cien Años de Soledad, Gabo revela que “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo.”  Los juicios objetivos los desconoce el Nuevo Mundo, le son ajenos y nada tienen que ver con su valor existencial: en el fondo, su realidad concreta se ocupa en ir descubriendo, no unas tierras a Europa desconocidas, sino presencias humanas que, al Humano, hasta entonces, estaban desconocidas.

Con respecto a esta situación en donde territorios del continente fue ocupada por las lenguas latinas, africanas e índigenas,  en donde se encontraron de golpe tantas multiplicidades cósmicas de la comprensión y de la historia del mundo humano, German Arciniégas nos sugiere que:

“En la América Latina se reúnen las magias de tres mundos: La que llevó España [y Portugal], la que cultivaban los indios, la que aportaron los negros. Y eso no es sino un comenzar. Luego, vienen los chinos que en Panamá, en Cuba y en el Perú aportaron algo de opio, y mucha lotería de sueños y charadas. Los italianos llevan a Buenos Aires magia de Sicilia y Nápoles, etcétera. Todos esos elementos echan raíces por donde sube la savia de un remotísimo pasado, de todos los continentes. El misterio, los laberintos, la poesía, las complejidades, los atrevimientos, se nutren de estos jugos.  Hay cosas de la América Latina que sólo se explican por lo inexplicable. Durante siglos, racionalmente no es posible dar respuesta a los problemas de cada día: la medicina, por ejemplo. Luego, a la razón se le han impuesto límites artificiales, ha sido recortada, comprimida, amenazada. Y como siempre, cuando no hay razón que valga, y se quiere echar hacia adelante, cuando hay un impulso que hace saltar el alma al sentirse acorralada, por adivinación, por heroísmo o por audacia se dan esos vuelos que pueden determinar los grandes avances de la historia.”   


 En Rasgos Carnales, Vivencias Irrefutables

Salvaguardándome de emprender inquisiciones históricas sobre la veracidad que alegan las crónicas antecedentes a la época de la colonia, me dispongo a pensar-me y representar-me desde la inevitable crudeza del presente, como un Americano Nativo, engendrado en estas tierras, que, como cualquier otro nativo de su continente, padece de una amnesia histórica de ancestros, que guarda abismos en vez de mitos y que camina en un mundo de remotas soledades sin memoria.  Es entonces cuando resueno en los sublimados sonidos de Cerati, cantándome en la intimidad:

«Avenida Alcorta, cicatriz/ Hoy volví cansado de hablar de mí/ Providencia puede ser azar/ Donde estemos juntos será nuestro hogar/ No sé, no sé donde estás/ Y me vuelvo extraño… He encerrado el cielo para ti/ No tengo tierra para mí.»

Para adentrarme a las profundidades de mi realidad inmediata, no hace falta ejercicios arqueológicos de búsqueda intensa ni misticismos exagerados de quintaesencias: un bombardeo de presencias estalla ante mi rostro, me llena el espíritu de imágenes y me agobia la lucidez del cuerpo.  Me doy cuenta, ante todo, que nuestra tarea comprensiva, espiritual e intelectual es creativa: si bien tenemos todas las preguntas por resolver, tenemos todas las humanas presencias apenas por expresar. La vieja Europa trató de heredarnos relatos de historias fundantes, apenas creíbles  para nuestras condiciones reales, que ellos, en sus fantasías y sus delirios producidos en una tierra de magia intempestiva, quisieron atribuirnos, junto a sus razones y los secretos de su alquimia. Los pueblos amenazados y exiliados recitaron sobre la tierra conjuros chamánicos que producían locura y laberintos sin salida. Las tribus africanas, la nostalgia de tierras abiertas al alma animal y sus llanuras.

Es necesario entonces, para comenzar, poner en entredicho los prejuicios y juicios dogmáticos, irrefutables, sobre nuestras comunidades, de tal manera que logremos desnudar su manifestación, antes que tratarla de apresar en fórmulas ajenas a su propia realidad. Respecto a esto, Deleuze y Guattari apuntan contundentes:

“Procedamos sucintamente: consideremos un ámbito de experimentación tomado como mundo real, ya no con respecto a un yo, sino a un sencillo “Hay”… Hay, en un momento dado, un mundo tranquilo y sosegado. Aparece de repente un rostro asustado que contempla algo fuera del ámbito delimitado. El Otro no se presente aquí como sujeto ni como objeto, sino, cosa sensiblemente distinta, como un mundo posible, como posibilidad de un mundo aterrador. Ese mundo posible no es real, o no lo es aún, pero no por ello deja de existir: es algo expresado que sólo existe en su expresión, el rostro o un equivalente del rostro. El Otro es para empezar esta existencia de un mundo posible. Y este mundo posible también tiene realidad propia en sí mismo, en tanto que posible: basta con que el que se expresa hable y diga “tengo miedo” para otorgar una realidad a lo posible como tal (aun cuando sus palabras fueran mentira). El “yo” como indicación lingüística no tiene otro sentido (…) El Otro es un mundo posible, tal como existe en un rostro que lo expresa, y se efectúa en un lenguaje que le confiere realidad. En este sentido, constituye un concepto de tres componentes inseparables: mundo posible, rostro existente, lenguaje real o palabra.”

Adentrándonos a las profundidades de nuestra realidad, debemos estar dispuestos y a la vez preparados,  para vernos convocados frente a fenómenos de conciencia humana asombrosos o tenebrosos,  y que sin mayor estudio, se expresan raudos e inexorables, como lo son las relaciones y las batallas por el poder, el entramado de mundos geográficos de abundantes parajes exóticos, de los modos del pensamiento, de sus lógicas, de sus expresiones  y de sus mundos semánticos, habitados en humanos sujetos al desenfreno del choque cultural entre universos de cosmovisiones.


Desde la representación que de América se tiene, siempre estará presente la interminable pregunta por la aparición de nuevas realidades o fenómenos en su interior, lo que lleva a un extraño anonadamiento y una necesidad de reconocer que el sujeto está inmerso en sombras que le son muy cercanas. Su historia comienza a latir con fuerza y crear sus propios paradigmas, el contexto esboza reacciones contrarias a las acostumbradas por la mente de occidente, no hay una plataforma de tradiciones y todo está apenas por decirse. Y es que los prejuicios que el viejo mundo acomoda sobre esa nueva Tierra de fértiles ensoñaciones, le resultan insuficientes a Ella misma, incompleta y en muchos casos incompatible.

La experiencia, por lo tanto, va a ser un factor determinante a la hora de construir un discurso con el cual se pueda sentir identificada cierta realidad en América, puesto que parte de una vivencia al interior de ella y no sobre las decisiones ajenas o juicios externos que creen tener el control de Ella. Por lo tanto, el papel del nativo americano no es descubrir a su América, más bien, inventarla, crearla no desde un mito de conquista, sino como una relación y una búsqueda constante de lo que se manifiesta en su interior, en el interior de su hogar, donde convulsionan las diferencias violentas entre  historias del pensamiento heredado, las contradicciones que ello representa, y por supuesto —como si de un jaguar furioso se tratase—, la manifestación de sus fenómenos reacios a ser apresados en lenguajes extranjeros; es claro que para el hispano, esta labor no es sencilla, puesto que sus condiciones están sometidas a un prejuicio lingüístico, a una condición de eternos descubrimientos y por tanto, eternamente enfrentando con lo novedoso, con aquello que no puede tacharse de verdadero o falso, sino que aquello que aparece sin más, como si de una inevitable crudeza en la naturaleza se tratase, que agrieta toda de la realidad que el pensamiento humano cosecha…

Y queda de nuevo esa Soledad descubierta, esa soledad en que divagamos porque aún no hemos descubierto la entrada a ese nuestro hogar, a su universo de cotidianos misterios, de mágicas y cruentas vidas, de existencias simultáneas entre iniquidades y maravillas… Divagamos en esas soledad, y mientras tanto, nos olvidamos los rostros, olvidamos cómo a nuestro propio mundo invocamos. Gabo, melancólico y anhelante, lo recuerda:

“Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Es este, amigos, el nudo de nuestra soledad. Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo [Europa], extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. ”

Sin embargo, es inevitable asistir a nuestro encuentro, es inevitable salir a las calles, caminar en la maraña de nuestras ciudades, sentir los pasos humanos contra el pavimento, y padecer esa inevitable aparición de  la realidad oblicua y  conflagrante acechándonos, acercándonos y envolviéndonos en circunstancias  trágicas o deleitables, hasta llevarnos siempre al encuentro… al encuentro con la presencia directa de lo que palpita en el corazón de nuestras intimidades, al encuentro de algún rostro que expresa con su carne esos enigmas del espíritu de nuestra especie. Podemos decir en voz alta lo que en las palabras de Octavio Paz, con profunda y reposada sinceridad se refleja:

“Los estado de extrañeza y reconocimiento, de repulsión  y fascinación, de separación y reunión con lo Otro, son también estado de soledad y comunión con nosotros mismos. Aquel que de veras está a solas consigo, aquel que se basta en su propia soledad, no está solo. La verdadera soledad consiste en estar separado de su ser, en ser dos. Todos estamos solos, porque todos somos dos. El extraño, el otro, es nuestro doble. Una y otra vez intentamos asirlo. Una y otra vez se nos escapa. No tiene rostro, ni nombre, pero está allí siempre, agazapado. Cada noche, por unas cuantas horas, vuelve a fundirse con nosotros. Cada mañana se separa. ¿Somos su hueco, la huella de su ausencia? ¿Es una imagen? Pero no es el espejo, sino el tiempo, el que lo multiplica. Y es inútil huir, aturdirse, enredarse en la maraña de las ocupaciones, los quehaceres, los placeres. El otro está siempre ausente. Ausente y presente. Hay un hueco, un hoyo a nuestros pies. El hombre anda desaforado, angustiado, buscando a ese otro que es él mismo. Y nada puede volverlo en sí, excepto el salto mortal: el amor, la imagen, la Aparición.”  

 


Referencias bibliográficas y Pictóricas:

—Germán Arciniegas.  El continente de los siete Colores
—Deleuze y Guattari.  ¿Qué es filosofía
—Gabriel García Márquez. Discurso Recepción Nobel
—Octavio Paz. El Arco y la Lira
—Pinturas: Rufino Tamayo, Oswaldo Guayasamín, Débora Arango y Wifredo Lam.

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