En la casa que aún compartían

El hombre en la silla está en silencio. No piensa. No sabe que puede meditar. En su cuerpo una presión constante, mil agujas invisibles por toda su piel, un peso mayor a la angustia. Observa un lugar específico en el cielo y no se pregunta por qué. Quizá ni siquiera sepa que a ese punto dirige su mirada. Por la acera de enfrente el tránsito de personas es constante. Debería haber escogido un lugar mejor para sentarse pero la inercia solo lo llevó hasta ese banco. La noche ya está entrando y el hombre sigue allí sentado, sin mover la mano, que se agarra con fuerza a su barbilla. Algunas personas que tomaron el mismo camino de regreso lo miraron con intriga. Incluso una señora se preocupó tanto que, compadecida, le ofreció un café y el hombre ni se inmutó. La señora arrepentida por su misericordia, siguió su camino maldiciendo de los hombres y pensando en su esposo.

La calle ya está vacía. Las personas dejaron pasar alrededor de las diez. Él sigue sin moverse, mientras el cuerpo de su madre comienza a pudrirse en la cocina de la casa que aún compartían.