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Emancipación sónica (III) – Freedom 2018

Previa

Como si no hubiese sido suficiente con más de 72 horas de techno, en el mismo espacio se organizó una inauguración oficial del Freedom 2018, convocando a la francesa Anetha para ser la anfitriona de una pequeña pero sustanciosa reunión, llena de gruesos sintetizadores, ácidos bucles y una máquina frenética. Techno únicamente apto para aquellos entendidos, con espacio para el baile más abierto y la escucha llena de momentos con más ciencia ficción que realidad. Antes de Anetha, sin embargo, ya había una grieta: Julianna, que tiene algo que no tiene nadie en la comarca. Su nave es bien cuidada, su tripulación no podría ser mejor y su persona es tan cálida como los rebotes de graves que suelen activarse en su exquisita alquimia. Su set no se limita a la selección de pistas adecuadas para la secuencia sino que se atreve a combinar espacios sin género, configurando una arquitectura sónica especial, donde se cruzan formas heredadas de alguna esquina alemana, con un patrón sagrado del afrofuturismo adoptado en la cibernética Detroit, o alguna producción local. Se torna común al electro, al techno y formas intermedias que se promulgan en otras galaxias, a haciendo uso preciso de breaks y amalgamas extrañas entre los muchos patrones rítmicos que se podrían hallar en estos géneros. Su textura plasma cierta estética EBM pero trascendie sus patrones hacia un sonido más grueso, volcánico, con ritmos más escasos y bucles que solo ella sabe domar. Las selecciones de Julianna suelen ser un encuentro arrollador y telúrico con frecuencias de impresionante repercusión material al tiempo que se muestran capaces la dilatación de la melodía y el arpegio, buscando siempre sostener una señal de otro plano, haciendo presente el futuro en el oído.

Decomisar el tiempo

Son aproximadamente 30 botellas de agua que carga en cada hombro, sin contar las adicionales de energizante que lleva en el costado izquierdo. Va seguramente a alguno de los diferentes puntos de venta que están ubicados en todo el lugar, y probablemente en pocos minutos deba hacer el mismo viaje, a ver si así no se deja de abastecer a esa marea de sedientos que no cesan de bailar y necesitan reponer sus filamentos ante la avalancha sónica que se está gestando en este espacio de la ciudad que por un día del año se convierte en una exótica máquina de mundos. Es temprano en la tarde y aquí el tiempo parece quedarse con los cigarrillos, encendedores, drogas y elementos extraños que se decomisan en la entrada. Así como habrá quienes logran pasar sus artefactos psiconáuticos, algunos dejan entrar el tiempo y, aún adentro, calculan: allí un DJ, allí otro; miden su ruta, ubican su mente y recorren la línea de tiempo como avanzando por los anillos de algún planeta lejano. Pero los hay también más incautos y desprendidos del lineup, simplemente firmes como antenas que se dejan llevar por las frecuencias, algunas veces importando poco el nombre del ejecutante y más bien su cine, su ficción sónica, su espacio singular. Por eso no recogemos el festival ni en su generalidad ni en su linealidad, pues nos decomisaron el tiempo en la entrada y no pudimos sino improvisar una recolección de ecos. Por eso más que una crónica, aquí encontramos un juego de palabras, un rompecabezas, un conjunto de flashbacks, de lo que consideramos más relevante en nuestra experiencia y que a su vez nos da lugar para comprender la inmensidad de lo que representa este ritual para una ciudad como Medellín.

Intensidad

Ya sin tener encima ese veneno de nuestra época que atribuimos al tiempo, solo queda la búsqueda del baile sin más. Dos días son aquí el reto, la invitación, el juego, la fiesta, el encuentro, la cátedra. Hay de todo porque hay gente que busca todo. Los hay entre quién sabe cual de las capas de su personalidad hurgando en quién sabe qué percepciones y recuerdos, sosteniéndose quién sabe de cual de todas las impresiones que le ha causado el mundo, pero sabiendo con certeza que quiere expulsarlas, liberarlas todas en la entrega absoluta al movimiento, la escucha, la psiconáutica y/o el frenesí de un sistema de sonido altamente revolucionado. También se ven muchas personas quietas, bailando mentalmente quizás, o simplemente estando y dejando que en la acusmática se sostenga un mundo nuevo, hecho aquí en su mayoría de impresiones auditivas de otros planetas, ilusiones sinestésicas que solo son posibles en este tipo de armazones sónicos, y juegos con la propia condición de perceptor que aparecen al experimentar varias maneras de escuchar, recorrer, habitar y pensar un festival como este. Por momentos, solo dejarse llevar por el ritmo y dibujar el aire con algún gesto corporal. En otros, abrazar el vacío de una melodía o las formas inhóspitas de un beat que rebota sin nadie. Y en todo patrón del ritmo, escuchar sin tiempo, para escalar hacia esa emancipación que promete la liturgia.

Conocimiento

El freedom no es un espacio propiamente creado para la fiesta, por más que se vea, viva y sienta así. Lo es, es un espacio de fiesta, pero ni el ritual se limita a festejar, ni la idea de fiesta es aquí concebida únicamente dentro del hedonismo pueril que se quiere en muchos casos reflejar con respecto al evento y que probablemente habrá quienes, en todo su derecho, lo practiquen. Por eso algunos van simplemente a eso: festejar, bailar, moverse, alterarse, cualquier cosa que surja del rito como implosión psicofísica. Pero hay también un númeroso grupo de oyentes, que aunque en muchos casos igualmente bailan y/o se alteran, están ahí quietos, como tomando nota: están en clase, bien sea por que son DJs, productores, promotores, ravers conocedores, melómanos de redes, etc. La familia encuentra y sin duda su compartir genera algo cuya magnitud de onda solo se conocerá a largo plazo. Más allá de la típica distinción entre los cultos y conocedores, y que van a la mera fiesta y no se culturizan, hay que tener claro que un entorno como el Freedom es un espacio heterogéneo y es esa una de las evidencias de que más que mera fiesta, se trata de un espacio de convergencia en torno a algo más profundo que el derroche de existencia. Aquí están todos con todos, sin élites, sin preferencias, sin jerarquías. Aquí el recinto está curado de una forma que no se limite simplemente a poner a los unos al lado de los otros, sino que además expanda las posibilidades de lo que se puede lograr una vez la música se apropia de toda la masa y sin importar quien sea que escuche, se lo lleva todo: estratos, raza, géneros, edades, caras, nociones. Todo desaparece para dar paso a un mundo sónico de pura libertad, fluidez. Mundo volátil y etéreo, donde hay un conocimiento nuevo esperando: ese que nace de sentirse invisible, inmaterial, intensamente unido al resto y aún así tan vivo en la singularidad.

Doble identidad

La música electrónica tiene una curiosa capacidad para estimular las múltiples ramas de lo que llama uno personalidad. Este sujeto, por ejemplo, el primer día sonaba instrumentos ancestrales con platillos y máquinas digitales, creando un techno indescifrable, tan maleable que deshacía la curva en una serie de matices abstractos sólo entendibles por el oído que se concentra en la cueva que se va armando con los bajos. Un techno inimaginable en otros tiempos de la tierra de donde viene este polifacético selector y productor de los más finos cortes de ritmo exigente, conocedor de la pausa y la construcción hipnótica de la melodía en su live set como Gotshell, pero a su vez intrépido en el BPM y las formas más fuertes de la máquina del techno cuando se juega a seleccionar pistas bajo el nombre de Alessan Main.

Fotos por Rossana Uribe y  Pedro Arbelaez

Shifted

Las dos alas de la nave bombean un techno que, desde el centro, se escucha subterráneo, encapsulado por los muros de cada uno de los tres recintos. La zona central, sin embargo, acoge una serie de espacios con rutas un tanto inusuales. Ante la torre de parlantes se suman los silbidos a un drone que aumenta como presagiando un bombo que nunca entra. Shifted se arma una dosis de ambient solo posible en el medio de todo el ritual, en una atmósfera absurdamente inmersiva, donde el sonido no corroe la materia para acabarla sino que la depura para hacerla mas fina. Su set es un momento supramaterial, costura etérea que busca las nubes entre la tierra del subsuelo. Tras casi 40 minutos sin beat, entra un bombo, filtrado, armando un espacio singular para el dub techno y el ambient movido, pero no llega realmente a agitarse. No tiene grandes pretensiones, carece de curva alzada y mas bien se sostiene en la repetición sutil, a ratos extraña, de patrones indeterminados. Sigue siendo solo ambient, música de fondo, escenario intermedio, oscilación que nunca se suelta por no estar en un principio atada a nudo alguno.

Oír con el cuerpo

Un espacio de semejante intensidad sónica se vuelve un intersticio perfecto para pensar la unidad de lo inmaterial y lo sólido. El sonido entonces aparece para la especulación de la escucha tanto como para el movimiento de los átomos, y entonces la música, y entonces la expansión de la vida, y entonces el caos. Se siente ahí ese sonido elemental, no solo presente para los oídos sino para el cuerpo entero, como una estrategia para trasgredir la materia con la sola disculpa de sacudirla, sometiéndola a un encuentro con su propia levedad, por debajo del mundo, en un espacio infrafísico. Hay una forma de escuchar que pareciera exclusiva del bucle y la curva del techno que conjura el Freedom, en esa textura de horas en la que se navega mediante el cuerpo, encajando en el ritmo, mostrando que el tiempo de la música es un espacio ampliamente habitable.

U.R is here

Es infalible la artillería y la puntería, aun entre los miembros de la banda que no se ponen la capucha. Lo interesante del techno críptico de los chicanos y latinos del combo bajotierra de Detroit es que es tan acusmático que basta con escuchar para reconocerlo. En muchos casos no hay que ver quien está tocando para saber que se trata de una voz del linaje. Entonces mientras en la arena GMID retumba la órbita de Shlomo, en la nave MDE BYD se da una faena de semicorcheas que se baten en la factoría que monta Santiago Salazar. Su set es un complejo de paredes y rutas secretas, con sus propios enigmas, sus propios conjuros, colmado de pasadizos que puede uno recorrer si permanece atento al beat. Su forma de mezclar tiene la clase, la precisión y el espacio de un soldado de semejante rango. Además, sus mecanismos funcionan con fuerzas matemáticas propias. Cada beat es puerta, cada corte es propulsión, pólvora etérea, sonoridad en ritmos cortados pero de alguna forma viscosos, capaces de hipnotizar la mente sin dejar que los pies se olviden de esquivar las fuerzas que lo quieren a uno fuera del suelo.

Unos otros juntos

Es extrañamente agradable ese momento del ritual en el que todos son aliens, en el que cada persona es cualquiera simplemente bailando con cualquiera. Es realmente bello, ese momento sin etiquetas, sin rutinas, sin semana, sin nada diferente a una música que a ratos se confunde con esa extraña tendencia del cuerpo ante los sonidos. No es bailar como quien se lanza a los ruidos para perseguirlos con trazos del cuerpo en el aire. Es más bien el baile como una forma de volverse el sonido y alcanzar esa otredad que solo la música permite y que se vive en los poros de miles que se juntaron aquí a escuchar.

Una nave israelí

Cortes de energía, chasquidos de voltaje, impulsos futuristas, modulación a tope: sintetizadores trasgreden los limites del tiempo como ningún otro instrumento en cada una de las selecciones, algunas totalmente inesperadas, otras sin sensación de cambio en la hipnosis. En el techo se ven fractales y al frente, comandando la nave, Maayan Nidam, cuya técnica de mezcla es bastante rara, sutil, con un concepto que pareciera más de rutas e historias más que de curvas y caídas. No busca el show efectista, no exagera la ecualización, no pretende combinaciones estrafalarias, conserva la delicadeza en su forma de conectar cada una de las canciones pero no se preocupa por lo rústico de su artesanía. En vez de canciones parece más bien mezclar emociones, cuidando la percusión se cuida como se cuida el momento para entrar un loop melódico o algún bajo desprevenido en semejante fantasía acústica.

Triple temblor

Tres sismos de una escala imposible de calcular, se presentaron en el cierre del primer día. Klaudia Gawlas creaba una puerta interdimensional entre formas de un techno industrial y rústico con modulaciones de bajos que podrían hallarse fácilmente en el trance o en combates de algún estilo de techno más frenético, de ese que no da espacio para detenerse, de ese que atrapa oídos y piernas por igual. Pero al mismo tiempo, mientras semejante temblor se escuchaba en la arena GMID, en la nave superior François X montaba un monumento que poco a poco se fue revelando como una ciudad de otro tiempo. Y en Aramaxima, en el centro de toda la infraestructura del Freedom, estaba ese sujeto sin rostro, esa venda flotante, esa sombra de nadie, W.I.R.E, entregando techno acusmático infalible, armado en vivo al aglomerar un loop tras otro, creando una cadena de sonidos que nunca antes se había escuchado ni en el festival, ni en la ciudad, ni en la voz de un local, que aunque no muestre su identidad, se la ha ganado a punta de una ficción sónica impecable.

Hipnotizar la hipnosis

Amelie Lens reta el sistema de sonido del festival presentando una forma de mezclar que no es solo curva sino espiral, como un elevador que en su vaivén y en el ciclo constante de su movimiento, explora diferentes estímulos para una experiencia sónica exigente tanto por la DJ como por el público, que le pide, la aclama, la eleva a medida que ella también conduce la masa a otro plano. Mientras tanto, en el otro lado de la nave, Sigha da cátedra con un techno subterráneo, únicamente posible para quien prefiere el timbre grueso y la textura hipnótica, a la melodía ligera de un sintetizador simple en armónicos. Aquí hay solo máquinas desnudas, texturas sucias, en una órbita que se define solo en estratos elevados de la resonancia del filtro, saturando las frecuencias hasta mas no poder. Sigha elige las piezas adecuadas para un encuentro profundo con las zonas abstractas de un techno mental bien recibido en estos lares. Una música que supera los timbres de los sintetizadores más tímidos y se atreve a una alquimia más críptica, una atmósfera que logra atravesar lo sideral para explorar un sonido crudo y mineral, pero con materiales de otro sistema. No es música de máquinas sino una muestra de las mismas, de esos organismos de hipnosis que se conjuran en unos reproductores de música digital y se amplifican hasta ingresar en dimensiones de la conciencia solo exploradas por aquel que se permite la escucha sin más. El resto lo hace el sonido.

Mito del techno

Los mundos del techno más radical son por lo general ciudades futuras, bajo la tierra, configuradas en la insurgencia de esas figuras oprimidas, que de una forma u otra se oyen sedientas de libertad, soñando un momento en el cual someter la materia a una grieta que permita una lucha sin sangre; una que se haga más bien con el cuerpo entregado al sonido, la mente en el puro ritmo y la adrenalina de no saberse ni vivo ni muerto sino mero oyente; una figura oprimida pero resonante; atrapada, pero a fin de cuentas equipada con un mecanismo –el baile–, infalible a la hora de liberar todo aquello que no la deja vivir.

Con la Agencia Rusa de Exploración Espacial

Es hasta chistoso que haya tantos que crean que las únicas formas de surcar el espacio sideral sea mediante lanzamientos de cohetes fuera del globo, la conquista de determinado cuerpo celeste, la visión de un telescopio, un cálculo de datos o una nave, ya que, como cuentan los abuelos de estas tierras, el sonido siempre ha sido la nave espacial por excelencia. La escucha alcanza mundos, dimensiones y formas que nada más logra, en tanto se alza como forma de movimiento y danza, como espacio de pensamiento e imaginación, como momento de liberación y apertura. Escuchar es navegar el multiverso y hay DJs como Dasha Rush que lo tienen bastante claro. Y al parecer la cultura techno en la ciudad es tal que le reconocen a esta comandante rusa un lugar especial. Entonces tras una progresiva avalancha de escuchas danzantes que subieron a MDE BYD, Rush deja descender unas voces que transmiten los mensajes de su sistema. Mientras tanto Exos sostiene un leviatán de un tamaño tal que siente uno pavor de ser devorado y no lograr escuchar más el eco de esa forma tan sumamente fina de articular el algoritmo de las cajas de ritmos. El set de ambos es asombroso, aunque hay que decirlo, el de Dasha Rush es posiblemente la cumbre de todo el Freedom. Su set fue una de las muestras más asombrosas de techno mental, absurdamente bailable, ampliamente especulativo, secretamente científico y profundamente espiritual. Rush es una ciborg inigualable y haber podido habitar su kernel fue una rotunda transmutación a algo inefable pero certero en quien escuchó. Ella, efectivamente, traía un mensaje, imposible aquí de transcribir, pero fácil de captar para quienes presenciaron su acto.

Shifted shifted

Ayer era solo ambient, hoy es una enorme cadena de producción. Matraca, pasos de un robot de robots, increíble reunión de impulsos sónicos, de microsonidos aglomerados en golpes imparables que hacen de este artista un selector especial. Si en el primer día sacaba a la gente de la tierra para llevarla al espacio, en el segundo, Shifted continúa la misión conduciendo la nave, sin retorno, a su propia galaxia.

Familia

La máquina de The Advent destila bucles precisos y deja espacio para breaks de esos que alegran la vida con solo aparecer por un corto rato. Magdalena mientras tanto cierra Aramaxima con una dosis de esa clásica pero siempre abierta forma que tiene de mezclar, donde pareciera explorar el baile al mismo nivel que cualquiera de los asistentes, como si todos estuviesen tocando el set. Y bueno, es que realmente así sucede: son todos los que terminamos disponiendo de la energía. Desde los que la silla de rudas no les impide el baile, hasta aquellos que estarán tan lejos de sí en el viaje, pero tan cerca de esa sonoridad en tiempo real. Todos estamos a fin de cuentas flotando en la masa de todos, en la familia que se crea en el momento y que en su mayoría de enlaces y parentescos no se disuelve en un fin de semana, puesto que continúa en otros ritos, se sostiene en otros bailes. Además, como prosigue también el peso de los días, el desvío en la carretera o el peligro de este mundo a ratos tan agreste, entonces se mantiene el rito de liberación y se presenta como lo que realmente es: un acto político radical.

Reminiscencia

Hay una manera de darse cuenta de cuales son los actos en vivo que más sorprenden: identificando su duración en esa zona infraleve donde queda sostenido lo vivido, no presentándose como hecho presente pero resistiéndose en igual medida a ser mera memoria. Pasa lo mismo cuando un evento puede considerarse memorable. Es algo más que un mero recuerdo, es como si el eco todavía se sintiese aún tras semanas de apagar el parlante, como si el cuerpo no se hallara desprendido de esas formas sónicas avanzadas, exploradas solo por unos cuantos magos del tiempo, que por fortuna se toparon con las escuchas del valle subterráneo y las liberaron para que continúe el culto, el cultivo y la cultura. La emancipación entonces es evidente tras el ritual: todos andan diferente, caminan diferente y se oyen diferente. Los que vinieron no solo regaron el terreno sino que sembraron nuevos mundos. Queda en todos la oportunidad de otra cosecha, posible únicamente si se mantiene el apoyo y se sigue gestando comunidad. Seguir trabajando para establecer en algún punto una plataforma suficientemente capaz como para detonar en sonido toda la ciudad. Por ahora basta quedarse escuchando en el recuerdo para que el baile siga su curso y en el futuro no deseemos la libertad como la novedad de quien vive amarrado, sino como el estado común y cotidiano de quien sabe soltarse de todo aquello que imposibilita la existencia.

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