El viejo nuevo rap de la montaña

Etérea Medellín

Como irán de rápido los tiempos en la ciudad fugaz, que quienes antes hablaban de la duración del mundo, hoy pasan por poco más que locos sedientos de una materia inevitablemente destinada a la transformación, persiguiendo un metal blando que a la final vale más para el que no lo desea. Cada persona es aquí un oyente perdido, buscándose un nicho entre la maraña de las categorías creadas en las trincheras de la razón, donde nace también el delirio de ser alguien, tener cosas y triunfar dentro de una determinada ilusión; como el héroe de la obra de teatro, el bufón mayor de la esquina o algún rey. Y entonces ahí también la sensación queriendo surcar los límites del hedonismo, y entonces los bolsillos cada día más amplios para cada día más toneladas –o anhelos– de papel. Y entonces los fletes, las motos, las esquinas, la oscuridad o los túneles. Pero también el onirismo y el éxtasis, y el plano psicotrópico, y la libertad del ritmo y la métrica de la materia sónica. Y ahí mismo, también insistente el retrato, la filosofía, la metáfora, la poesía. Inevitablemente todo mezclado, inevitablemente hip-hop.

Vieja novedad

Parece que sucede en todo el mundo: esa cuestión de ignorar el tiempo y disponerlo más bien a los servicios de quienes no creen en eso de lo fresco y lo nuevo y en su remplazo apuestan por el cultivo y la síntesis. Como todo en la máquina de imágenes y sonidos, la novedad es un artificio y solo resulta ser la conclusión de lo que ya pasó. Es un pasado disfrazado de futuro. Entonces lo de mañana es lo de hoy, pero también lo de ayer. Y si las cosas son de todos los días, la novedad es vieja y la búsqueda de los tiempos, de repente no parece tan emocionante. Pero de igual forma, el relámpago del presente augura otra visión: la teatralidad de los momentos, que hace su entrada a modo de mutación en la que se abandona la preocupación por hallar un punto entre la fragmentación de un tiempo homogéneo y más bien se recibe con oda pero sin gala, esa heterogeneidad implícita en todo lo que suena para hacer el mundo. La estrafalaria innovación no es entonces el reto sino más bien la cristalización de los giros, el fruto ya sembrado. Es lo ya hecho, lo recolectado entre años, pistas, aceras, líquidos, hierbas, ideas, sentidos, formas, espacios. Aunque se publica hace unos meses, realmente estamos ante un trabajo viejo. Es una síntesis, un encuentro con lo que ya estaba. La Gra$a es quizás las tantas ciudades que se crearon y habitaron por esos personajes en su momento y con ello la identidad de los mismos en la mutación de sus patrones y arquetipos. Algunos se mantendrán así, otros no, pues ahora ese rap de la montaña no es nuevo y se ha tocado su límite. La Gra$a no solo incluye líneas de hace años, fue grabado mucho antes de salir al aire, sino que además, hoy varios de los integrantes lo consideran pasado, bien porque lo dicen, bien porque lo demuestran, al adherirse a otras formas musicales, modas o intereses. El asunto es que hasta aquí, pasando por los discos solistas de cada uno e incluyendo trabajos colaborativos como Rap y Hierbas o Herejías, se resume no solo una etapa del rap local sino lo que podríamos considerar epicentro de un mestizofuturismo propio del rap, la génesis de una estética nativa, la barra que se pone más alta incluso para los mismos responsables. Su ficción adopta el espacio como calle, el mundo como cerro, las voces como asesinos. Reluce el imaginario de una Medellín mística y militante, donde al igual que el techno, el hip-hop aparece con el impulso radical en el tiempo, que no es el de hacer algo mañana, sino de mostrar el pasado mismo como novedad, de jugar al futuro en un pasado presente.

Rap de la Montaña

«Nuevo rap de la montaña», así bautizó el sacerdote Cope – seguramente a raíz del título del trabajo de Mañas– a un grupo de raperos de Medellín cuyo trabajo se sintetiza hoy en La Gra$a, una suerte de aquelarre indefinido de voces que por un tiempo se dedicaron a construir, ladrillo tras ladrillo, una singular plataforma para la exploración del hip-hop, sin por ello decir decir que en la generalidad de la ciudad, esto no suceda con otros combos, raperos, historias. La particularidad de MBZ y sus alrededores, como L7L y V.D que tienen un par de colabos en este trabajo, nos atrae entre el resto quizás por su concepción conjunta, por el clan, por la grasa no de cada plato, sino de toda la paila. Logran cocinar platos de lo más diversos, pero todos se devoran en la misma mesa. Es aún más evidente hoy su diferencia, mientras unos tuercen la cabrilla para explorar formas como las del trap, algunos se hacen aún más crípticos en el boom bap. Pero esto es posterior a La Gra$a, porque en este disco se condensa con creces ese rap de la montaña del que todos serán dignos de haber contribuido, esa suerte de grito colectivo, mestizofutirista y psiconáutico, crudo y realista, pero también profundamente filosófico, reflejo de tantos y de tanto. Cada voz es una gama de colores que ante las otras podría no combinar fácilmente, pero lo logran, respetando de alguna manera las temáticas de cada uno, la firma personal, su código. Al tiempo siendo fieles al kernel, adoptando un algoritmo hip-hop que es común en todo MBZ, o al menos en el anterior a la llegada del trap. Estos colores que difíciles de mezclar generan contrastes suficientes para que el combo se permita pensar su propio universo, siendo radicales con el hip hop en el rito mismo. La protagonista es Medellín, en sus tantas caras, oficios, saberes. Si se habla de putas, se habla de putas; si se indaga el existencialismo, se plasma igualmente en rimas. Parece que les da igual y por eso cada personaje se atreve a su manera a modelar su propio laberinto, ruta, ermita o pedestal. Entre las canciones, poco a poco se van mostrando una serie de capas del rito, bajo una estética que no se había visto antes en la ciudad, dejando clara la ficción sónica sobre la cual operan, la impronta de toda una etapa; su hito, su grieta, su marca como referencia de la proliferación de rap en la indeleble primavera de esa ciudad que pretende hacerse un campo en el siglo XXI.

Letanía cibersónica I: Mañas del mañas

La nueva biblia, irse, volver, irse, sentirse ido y volver, no ver a otros, verlos, o ver sus restos, tradiciones, fantasmas, la salsa de escuela, la rima lenta, el tono esquivo, dualidad, adualidad, desujeción, cultura popular, bandidos en taxis, su hija, los miedos, Envigado, Medellín, ningún lugar, el autoflajelo, panoramas borrosos, mundo jóven, futuro salvaje, casas sin techo, vida volátil, tentaciones en cada poro, asare, poderes, horas a la deriva, paraísos delirantes, negros, sueños, chismosas, clandestinidad, oscuridad, bailes, dramas, magia con el tiempo, carretas heredadas, Medellín paraíso, rap fantasma, delirio rítmico, hipnagogia cruda, rima crítica, realismo capitalista, proyección, ambición, sensación, malicia, toque, maña.

Casas sin techo pero con bafles

Si el hip-hop es género musical, debería ser también género literario. En sí mismo no es solo una categoría. En Valijas de oro, por ejemplo, es patente el retrato de Medellín a varias voces, donde aparece una ciudad que no sería posible imaginar en un texto silente y de tinta, pero que por la alquimia del verbo que presenta, merece al menos ser legítima como dimensión de una literatura críptica, embebida en el humo de una secta de sampling y encuentros esotéricos con la variedad semántica, la rima entre líneas, la métrica fonética, la arquitectura acusmática y el ritmo de la competición. Hay espacios entre los beats para el realismo mágico, por el sampling que sirve de cartografía del tiempo, y entre humos y recuerdos creando una fábula hipnagógica que apunta, entre la niebla, a una ciudad mezquina y marañosa, esclava de su propio onirismo, destacada por su propio trance y panacea para la especulación. Medellín fantasma, entre comillas, y paréntesis; Medellín supuesta, desaparecida hace años, tejida entre el mito progresista de una comarca innovadora el de una lotería de números donde con gatillos o papeles se turnan el balón, y de paso el pueblo, los roles, la virgen, la mafia, los tantos trabajos ocultos, las tantas acciones entre las calles, las rutas, las esquinas, los visajes, el ojo, la caspa, la chispa, el mundo. La ficción sónica de esta canción es impecable, con samples de perros o pelis. Samples justos para la historia; tradición, superstición, transgresión. Otro mundo, otra mecánica, la mutación activa de lo indefinido. El modelo mestizo. La rima como rezo, la consciencia del tiempo etéreo de una ciudad cuya primavera dejo de ser eterna y se volvió poco más que un recuerdo de un sueño.

La banda de moebiuz

En Medellín hablar de la banda de Moebiuz es para muchos hablar de una banda de raperos. Pero ellos no son una banda realmente. Mucho menos hoy, cuando lo que parecía ser un clan digno de respeto por la tradición que parecían configurar con las formas propias de hacer boom bap, se ramifica en formas en algunos casos opuestas tanto en la estética de los beats, como en los intereses personales que van afectando la lírica. Lo interesante es que dentro de la misma banda se empiezan a estirar los extremos, sin romper los lazos propiamente, pero si haciéndose más radicales, por un lado en el boom bap más oscuro y críptico y por otro en la rima más extrovertida y ávida de formas contemporáneas como la experimentación electrónica del trap, que aún no se alcanza a escuchar en este disco, pero se perfila en otros sencillos posteriores a la vieja novedad que es La Gra$a. La banda de Moebiuz como tal es una cinta que habla de una idílica superficie matemática particular en su manera de tratar con el flujo infinito. En Medellín un estudio/combo/idea/hiperobjeto llamado Moebiuz a.k.a. MBZ, cuyo concepto y miembros han mutado de muchas formas con los años, establece no una banda sino más bien un algoritmo, una forma de hacer rap localmente, más allá de la referencia y la mera crónica, ahondando en profundas capas de la existencia, dilemas metafísicos e intensas exploraciones estéticas con el idioma, donde la planicie de entes es evidente: lo más burdo se mezcla con lo más erudito y las historias son por ende tan inagotables como las de un universo dentro de otro.

Cada brujo con su humo

Con La Gra$a se completa lo que podríamos considerar la primera fase de un conjuro que destacará en la historia musical de Medellín. Un rap nunca antes escuchado en un clan semejante, cargando a cuestas una ciudad difusa, comulgando un impulso reaccionario, psicótico, pegajoso, inteligente, enérgico o dinámico que configura un mestizofutirista intermitente, indeciso, elevado en los cielos indómitos de su fantasía y al mismo tiempo agobiado por oro, carne o realismo. Algunas rimas un tanto vagabundas, algunas veces métricas que no favorecen la atmósfera de toda la secuencia, o hooks que parecen un tanto forzados, pero son tal vez el espacio que siempre le quedará a un proyecto como el de cada uno de los que participan en esta historia. Más allá de eso, e incluso más allá de los personajes en sí, en la intención acusmática, La Gra$a es una ficción sónica impecable, donde se conjura una Medellín que se resiste a sí misma y a la vez parece adicta a su propio pasado, como a sus clichés, aquí mezclados con la abstracción metafísica o la referencia audiovisual. Y entonces se ven las flores, las balas o los gadgets gigantes que caracterizan mito paisa, que dan origen a su doxa, a ese residuo que entre la presencia el ocultamiento, que en último término llamamos cultura popular. Pero también se da una brujería donde mezcla lo ya escrito y se extiende a otras capas de la imaginación, el lenguaje y el sentido. El idioma se vuelve entonces un humo extraño, que aunque se rota entre los cinco, le da vida propia a cada uno.

Letanía cibersónica II: Raw  significa «crudo»

Mujeres y machos, capos, drogas, moteles, escondites en la montaña, papeles volteados, narcoestética, lenguajes, fletes, flows, rima movida, funk, cocinas, fonética tropical, incitación, rap como estrategia, arquitectura hip-hop, máquina materialista, carros, despojo metafísico, búsqueda de la carne, competición con oro, localidad entendida en la producción, la raza presente en un dibujo MIDI, pop en Spanglish, identidad en la búsquedad de identidad, chimbas, chilling, tombos, sexo, narcoestética, garganta aspera, dealers, tambores, afanarse por los billetes que se muestran en la pantalla, las otras drogas, las otras mujeres, los otros machos, los capos no capos.

Polisemia

Si el lenguaje crea mundos, entonces el rap local es un agujero negro en la vasta profundidad de las conexiones posibles entre las palabras: Moebiuz practica alquimia extraña entre sentidos, el latir, la vergüenza, el poder, las situaciones, los verbos, las rimas, la calle, la ficción, el ajedrez, la falsa fama, el mundo, la realidad. Cualquier asunto, cualquier pensamiento, cualquier objeto que atraviesa el lenguaje, puede en su rap mutar en transiciones abstractas o excesivamente definidas, sueltas al tiempo que íntimas, siempre perdidas en mutaciones ocultas, donde las frases se recomponen en diferentes estratos de significación al punto de hacer al oyente reconsiderar no sólo sus palabras, sino los mundos que en estas se baten, y cómo la música, la métrica, la disciplina se resuelven en esos panoramas como una magia que se apropia de lo homófono para atravesar lo polisémico y lograr varias historias en lo que pareciera una sola grabación

Clmb

El rap que se comienza a gestar en el siglo XXI en Colombia promete ser vasto, heterogéneo y autóctono, no solo porque se sampleen discos memorables de la historia de la música suramericana o porque se haga constante referencia a asuntos relativos a nuestro andamiaje sociopolítico o las formas de nuestra cultura, sino también, y ante todo, por cómo se mezcla y reacciona todo eso en un mundo como el de hoy, hecho de humo y redes, hiperinformado, donde el mestizo es cualquiera que exista en la gran Disneylandia, algún punto dentro de la máquina. Lo interesante aquí no es entonces tanto la originalidad de los patrones sino cómo se mezclan, cómo se tratan mutuamente. Ni siquiera es la preocupación por un sujeto, sino por las redes que aparecen, en el caso del rap, en rimas, bombos, cajas, sampleos, loops, tintas, señas, sueños. Aunque todo eso está presente, no es realmente novedad en la música colombiana contemporánea, puesto gran parte de ella, directa o indirectamente se sostiene en estos mismos tópicos. Quizás se trata más bien de nuestra novela política y no de la política a secas; porque en nuestra mágica realidad la política aparece como esa ficción que sigue apareciendo en periódicos pero que las nuevas generaciones digieren en otros medios y cantidades como una ilusión algunas veces pasada de chistosa. Por eso entonces el rap se puede permitir otros medios, otros formatos, otras censuras. Por ser arte entre la sincopa y la metáfora, donde no se trata siempre de caer en el beat sino de saberlo navegar para disponer de la intensión y el sentido en una única expresión de lo íntimo de las cosas.

Letanía cibersónica III: Métricas frías

La mente sin descanso, ciudad de muertos, ruedas, marañas, rutas, raps desarmados, conspiración, la calle, Poblados, Envigados, irreverencia, hedonismo, alguimia psicotrópica, trovas en la frontera del sentido, rima suelta, anhelo de estrellas, figuras pegajosas, irreverencia, adolescencia, piscodelia, métrica inteligente, metríca fría, conocimiento de esquinas, detalle con el juego fonético, retratos de fosas, mirada sin miedo, diversión para el dinero, rap caricaturista, de energía colectiva, clandestinidad, contrastes, santería, más contrastes, presencia de la ausencia, ausencia de la presencia, Medellín espectral, henkidama, energía, películas vivas, religión audiovisual, fama imaginaria, persecución, la mente en descanso.

Herencia

En el juego con el símbolo se va entonces dando una forma particular de apropiación del lenguaje que supera el mero recurso popular, dejándolo sin embargo atado a una suerte de realismo mágico, en tanto comprende la poética implícita de lo real pero se reconoce fuera de toda tradición, cuidándose de ser mera herencia lingüística. Se halla también en el sampling, en las estructuras, en hooks, coros, en esa suerte de rap a ratos periodístico, cronista, colmado de retazos de cada una de estas voces que se arman poses y figuras la Medellin volatil, esclava de nadie y de todo, que ve borroso y es incapaz de definirse. Medellín hiperreal pero decadente, con la fresca visión de unos tiempos y el peso de otros. Una Medellín sin solidez pero impotente a la hora de ser posible sin alguna sustancia, obsesión, necesidad, dependencia: aquí particularmente la música, el dinero, las historias, los capos, los bandidos, las teorías, la informacion, un filosofo, un actor, algun personaje. Todos juntos, todos enlazados de alguna forma en la construccion de una serie de escenarios especiales donde el lenguaje, la mente y la expresión colapsan en un algoritmo, un esquema, algo así como un mapa desde donde rastrear las funciones de cada uno de los presentes en la grasa que queda al final de tanta cocina.

Futurizar

Como nueva ola ya no es nueva, entonces falta la nueva ola de ella misma, y por ende también aceptar ser vieja. También salirse del tiempo, pero eso no lo logran todos. De hecho ya se empiezan a escuchar las ramas del mismo tronco: otros coros, más melodía, más fiesta, más apertura a otros samples, quizas sintes. Aparecerán nuevas formas que asciendan hacia la experimentacion, donde probablemente se vislumbre una forma de apropiacion de ritmos latinos y formas propias de otros géneros. Pero entonces quienes se resistan a lo nuevo, innovarán inevitablemente para esta máquina que sigue buscando la última estrella para explotar. La clave está más bien en su capacidad de profundizar, en lo que surge una vez se decide la meditación en el propio lugar, en la tradición, en la base rigida y cuadrada, en la militancia más radical de esta suerte de religión musical en la que, para el adepto real, solo importa el rap. Por eso en Medellín hablamos de futurismo sónico, por la capacidad de no solo imaginar, sino además habitar la utopía, aún con tantas soledades, aún entre máscaras, importando ante todo el anclaje musical. Donde sea que aparezca una manifestación cibernética semejante, se desdibuja y muta la silueta del territorio de esa ciudad que quedó frágil y temerosa tras la avalancha de nieve y sangre. La anterior generación tendrá quizás el mérito de tirar la bomba y abrir el arte entre las balas, pero por eso mismo es una generación agotada, limitada por su responsabilidad. Y si bien no es que el siglo XXI traiga algo radicalmente diferente —el crimen sigue, y de hecho organizado o camuflado en institución—, es claro que hay un panorama que permite la especulación y el mito, ambos aquí mecanismos para reaccionar a esa otra contienda que se tiende entre olores, imágenes, ideas, formas de mundo y mecanismos extraños que se usan unos para controlar a otros en la Gran Máquina.

Letanía cibersónica IV: Dos Zetas

Maldiciones, bendiciones, metáforas, rizomas, dudas del mesías, realismo mágico, ironía metafísica, crítica de la jerarquía, reflexión de lo dictómico, vida interna de la ecuación, paradojas en el vacío, nihilismo circense, escucha heterogénea, proyección de lo múltiple, retrato del caos o la alucinación, referencias populares, espacios distópicos, creyentes que pecan, sicarios, relicarios, chorro, aspiración familiar, condena, vivir muerto, ser en lo desconocido, hacer del estudio sea dojo, ángeles caídos, curvas de calles o mujeres, almas, dioses, demonios, ardor, moño, familia, irreverencia, oros soñados, proezas fugaces, el triunfo de la metáfora, plazas, papas, historias, cuentero, putas, panacea dialógica, polisemia rítmica, diccionario personal, de la Z a la Z.

Rimas son rockets

Es curioso es que se la pasen por ahí peleando por cual es el mejor cuando la competición no parece buscar jerarquías sino más bien singularidades: entonces no es cuestión de ser el mejor, sino de ser categoría propia. Es una pregunta por la originalidad que surge de reconocer la anomalía singular, la mutación que no llega a ser identidad pero que al menos se mantiene honesta a determinada audiovisión de las cosas, se mantiene fiel a su propia realidad, no definiéndose necesariamente desde otros. En este sentido la pregunta por la competición vendría siendo una constante lucha que exige una voz obligadamente ejercitada en el rap con un rigor específico que la forja irrepetible y rara. Competición en este sentido implica estética en el rapeo y no solo letra, rima y baile. Competir es entonces la triste comparación que se limita a hablar del otro como incapaz, imposible o menor. Con el tiempo cada uno irá encontrando otros sonidos, a su vez distanciándose de los otros, pero a fin de cuentas para enriquecer la competición, que no es otra que con uno mismo. El complejo de superioridad en este sentido tiene que ir proporcional a la profundidad del rapeo. Si se desequilibra la balanza, solo se oye estupidez. Pero cuando se equilibra, el hedonismo y la egolatría aparecen tan enmascarados como cualquier impulso de renacimiento espiritual. En el rap la militancia se da a partir de las rimas mismas, pero estas solo serán cohetes siempre y cuando exista una suerte de mística que le implique al rapero deshacerse y comprender que a la par que muestra su máscara, la puede también dejar en incógnita.

Letanía V: Granujas

Lo cauto, lo simple, la existencia, laberintos de la cultura popular, juegos rizomáticos, beat impecable, rap pulcro pero mugroso, rima ordenada, paisa anti-paisa, autoreferencia, disciplina, bufonería, concepto, militancia en la puerta de algún cielo, reconocimiento de cagadas, algoritmo encriptado, reducción al absurdo, comedia inhóspita en la puerta de algún infierno, espacio para ser otro, reconocimiento de las máscaras, montaña en la montaña, boom bap críptico, distanciamiento del resto por la personalidad semántica, egolatría contra la pared, abandono y encuentro, elogio a la disolución, trova etérea, yerbatero de nadie, voces nuevas de viejos vicios, oscuridad, rima punzante, Medellín espejismo, sonoridad bucólica, ironía sin centro, boxeo, post-cualquier cosa, tonalidad afilada, Urabá, insurgencia, libros leídos y abandonados, menos preocupación por como verse y más en como sonar, criticar lo aparente, vivir de la vida y no de las vendas, joderse en la fama, atravesar el mundo deforme y sin mapa, sostenerse en la sequía, ateísmo, distracciones, sabiduría, vómito presente, grito del ya, de ser el ya, sin futuro, como una granuja que agarra el micrófono.

Oráculos

Esa primera etapa del nuevo rap de la montaña no era entonces sino el augurio de una un espacio, de una plataforma de lanzamiento. Lo que sigue en adelante es pura construcción en torno a lenguajes relacionados con el hip-hop y derivados con otras formas, como el trap o el reggaeton. A los más puristas, quizás solo los fieles al boom bap sigan llevando la batuta del futurismo local. Formas que persisten en una suerte de tradición, buscan la cepa, parecen cada día más oscuras, más crípticas. Para otros, es necesario algo de heterodoxia en formas contemporáneas como el trap, voces procesadas en auto-tune y búsquedas de popularidad. Sería de hecho interesante comenzar a escuchar lo que tienen por decirse unos a otros y continuar la ficción colectiva. Es de hecho la forma real de generar esa dimensión sónica en el hip-hop, desde una competición que es en la mayoría de casos la razón de ser, el impulso que lleva a la militancia vocal. Para algunos parace competirse por alajas, para otros por familia, para otros por mero orgullo. Hay quienes compiten para hacerse mejores, hay otros que lo asumen como reto consigo mismos. Da igual: a la final es la misma guerra y la escucha es el ring, el campo, el ágora y el tribunal. En semejantes expresiones cibersónicas, es evidente que en lo invisible, intangible y oscuro de la sonoridad, se presentan no solo discusiones internas, sino que también, dada la visión exterior, se discute sobre la materia y el futuro del mundo. En el sonido se expande la realidad y, aprovechando la forma de poesía que representa, aparece en el hip-hop como un teatro predominantemente acusmático, invisible, de puro sonido, aún cuando haya poses, imágenes, disfraces e iluminación. Esa ya es grasa de otra paila. Aquí nos quedamos más bien con la sonoridad que nos queda tras apuntar al universo de MBZ, que entre traquetos y deidades, se arma un loop infinito. Tal vez por eso el hip-hop, más que cualquier otro género, logra consumar las vías para acceder al panorama general de lo que sucede hoy por hoy en la vida, por eso de nunca agotarse.

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