El Umbral

Umbral

En un mundo como el que hoy vivimos, tan lleno de mundos que tantos otros viven, la dinámica de lo que existe parece cada vez más difusa, inaprensible, imposible de estructurar en la soledad del individuo que se olvida adherido a las imagenes y procesos de otros. Sin embargo, la cuestión sigue siendo la misma que desde tiempos primitivos nos pulsa: la mutación, o mejor, la transmutación dentro de eso que llamamos vitalidad. Pero no es solo moverse sin más, tener actos reflejo y simplemente adoptar mecanismos de supervivencia. ¿Qué hay de la mutación en su forma más visceral, más desgarradora? ¿Qué hay de la carne? Pero podríamos también preguntar: ¿Qué hay de lo inmaterial? ¿A donde van los sueños y las emociones que trascienden la materia y solo habitan la clara luz? Todas estas preguntas parecen responderse en la mutación, que es donde se anidan semejantes procesos. Pero esa ya no es una mutación que pueda entenderse en una separación de lo corpóreo y lo incorpóreo, es más una cuestión del intersticio, del umbral, del puente, la metamorfosis. Sin embargo, no es menester tratar esas cuestiones como si su batuta fuera exclusividad de la palabra y su poesía. Semejante proceso de conjurar tanto el sueño como la vigilia, es tarea por excelencia de la música, que siempre ha tenido el cosmos en los oídos y por ende es lenguaje apropiado para expresar tanto la imagen primitiva como la sublime luz que marca la vuelta a casa. Se necesita de la música, la de la poesía y la del instrumento, y la de la poesía del instrumento, aquí un sintetizador de otro siglo, una guitarra tradicional, efectos de épocas futuras y conjuros, conjuros por doquier en una voz no solo adherida a una mujer sino replegada como voz de voces, fuente de mundos, de naturalezas. A la conducción de los sonidos yace un ser que a ratos parece hecho de fotones y a ratos se camufla entre las bestias. Se hace llamar Feralucia y se la pasa dejando canciones como pinturas en el espacio que en su primer entrega deja un trabajo llamado El Umbral, con el cual nos topamos y nos permitimos aquí explorar, no como producto musical, sino más bien como esa ficción de la escucha que sirve de testimonio repetible, siendo aquí el álbum un entramado abstracto, sónico y conceptual que aparece como espacio donde el oyente logra mucho más que entretener su cóclea: viene a dejar su piel.

Soñar islas

Soñar islas con olas que parecen navegar rutas inhóspitas; esos rastros a ratos tan cosas a ratos tan fantasmas. Esos movimientos en incógnita que se atreven a la sensación de perderlo todo porque saben que la carencia no es sino el triunfo cósmico: como si al dejarse ir, se volviera uno el universo mismo y pudiera soñar con islas que no naveguen rutas inhóspitas, que no dejen rastros sino que hablen del mundo como la brisa habla del baile del viento. Soñar islas fuera del sentido, donde las mareas de la emoción no alteren la capacidad de sentir la vida, donde uno pueda bailar, para otro, para sí mismo o para el baile sin más. Tal vez para bailarle a los sueños recordados, a los miedos olvidados, a las canciones sólidas o a las lágrimas que ríen. Cantarle a la oscuridad, a la fantasía, a lo incierto, como conjurando islas de nadie, desconocidas, donde no llegan ni siquiera las soledades. Y seguir, seguir: Soñar islas de ningún mar. Y soñar islas del pensamiento, y soñar islas como burbujas del propio mundo, donde se refugian ángeles que se disfrazan de demonios que se disfrazan de ángeles que a menudo aquí, en esta voz de voces, parecen también animales, criaturas tan carnívoras como celestiales, fieras lúcidas.

Fiera lúcida

El experimento es asombroso: conceptualmente El Umbral se teje como una fábula resonante capaz de ser arcana, mística y encriptada, al tiempo abierta, al tiempo capacitada para atraer a un oyente más conocedor. Las letras no solo son poesía finamente hilada sino que entre las palabras se extienden voces, bucles, repeticiones, ecos que logran una atmósfera única donde Feralucia se bifurca para vivirse en la fragmentación que representa la vida, simultáneamente logrando hallar territorios fuera del abismo, donde se sostiene con ritmos y voces que, sin perder su originalidad, oscilan entre figuras pop clásicas, trip-hop íntimo o la experimentación vocal y electrónica de la presente década.

Onirismo

¿Qué hay de aquellos entes que aparecen en los sueños y luego vienen por nosotros? ¿Acaso no nos merecemos ser buenos para que sean buenos cono nosotros? Pero nos embrujamos, nos distorsionamos nuestro mundo propio. A Kiss in a Red Sky es de las composiciones más siniestras del álbum. Sus ecos, sus sintes, su guitarra punzante y el impresionante coro: un loop a boca cerrada que se ubica en el centro y es recorrido por voces fantasmagóricas en ecos y armónicos extraños donde Feralucia exhibe bellamente uno de sus tantos registros.

Moth in a hunter’s mouth

¡Ay de esos momentos en los que «somos duros con todos a nuestro alrededor y nos encontramos a nosotros mismos andando en círculos». ¿Quién es uno para culpar? ¿Quién es uno para embrujar al otro y dejarse embrujar por el otro? ¿Quién es uno para dudar del espejo? ¿Quién es uno para tejer laberintos? ¿Quién es uno para no atravesar el umbral?

Nadie está cantando

Por más que se intente, parece imposible la labor de saber quien canta. Los instrumentos parecen llevarse la voz a ratos, o la voz parece un instrumento más. El truco de Feralucia es acomodar su voz a los sonidos, como una música que se crea en ecuanimidad con todos los instrumentos. Nos dan igual aquí sus influencias, que el oyente más cultivado podrá notar. Lo interesante es cómo su voz logra encarnar varios timbres y tendencias en una forma fascinante de tonalidades graves o altas, entre los juegos fonéticos que «nada dicen» y aquellas estructuras de lo que se dice en realidad. Su voz configura otros mundos donde cada cuerda se atreve al susurro pero también al juego con la textura.

Fuego

Danzar en el fuego que se levanta, como un ritual para purgarse, desde el vientre, quemándose tan hondo como hasta donde llegó el dolor. Conversar con personajes del sueño, con formas arquetípicas de lo que, se rumora, es uno, y de lo que, se rumora, son aquellos que lo han amado a uno. Desgarrarse tan profundo como se desea, tan hondo como se apega uno a las formas de otros, de tantos, de ninguno. Ser esto, y aquello, y lo otro, y escalar la montaña, y rugir como nadie lo ha hecho, y lanzarse al fuego. Y dejar que se queme la casa, que el fuego se levante más, que se crezca, que trascienda la imagen. Y otra vez, superficial poesía, esta vez la de mentir dentro del vientre para ignorar que, ignorarse a sí mismo y atarse al ególatra impulso de sumergirse en el propio dolor, es solo una forma de lanzar más leña al fuego donde uno inevitablemente se tiene que quemar. Nadie atraviesa el umbral sin antes calcinarse por completo.

Voces y espejos

Alquimia básica que aquí se refuerza con sonidos de una canción embrujada, lenta, capciosa, donde se deja ver una voz en Español atrapada en una en Inglés, como si hubiera otra dentro de otra, dentro de otra. Tal vez en el futuro escuchemos más a la que canta en Español, pero sería interesante siempre el diálogo, pues contrario a lo que podría pensar un oyente poco delicado con una propuesta de este talante, aquí el idioma no es una mera pretensión imperialista o una dicotomía interna de no saber en qué cantar. A juzgar por el concepto del álbum y el profundo misticismo que guarda consigo, el Inglés es aquí un disfraz adrede, una forma de valerse de otra lengua para hacer una catarsis que no es posible en la materna: El disco es en Español. La voz en inglés es de una mujer que se murió, llamémosla Lucía. Su recuerdo ha dirigido muchas de las canciones, porque contiene una gran cantidad de sensaciones vertiginosas, desgarradoras, fatídicas. Feralucia expone sus miedos más hondos, sus dolores más radicales, de una forma encriptada e inversa, especialmente llamativa cuando canta en Español, cosa que solo hace dos veces. El resto del tiempo no sabemos quien es la que canta. No sabemos quien es la que dice qué. No sabemos porque se disfraza, para seducir en otros códigos. La elección del Inglés parece aquí una forma exquisita de revelar las potencias que una lengua diferente de la materna tiene a la hora de armar el mundo propio y configurar una suerte de lenguaje que permita a otros vivir el mundo de uno. El umbral es del oyente.

Oscilación

Atarse a lugares lejanos, dejarse ir hasta nunca más sentir el centro. Quebrarse por completo. Solo son transiciones, momentos pasajeros, necesarios, porque edifican los tiempos como si fueran hechizos de la noche, rutas de la luna. Feralucia sueña con paisajes que solo sus formas más oníricas podrían comprender en totalidad. Su manera de extrapolar su psiquismo en una orda de movimientos andróginos crea una fascinante combinación de formas musicales que podrían localizarse en el pop de otras décadas y el chamanismo de otros milenios. Hay en El Umbral tierra, sangre y sueño, hay claros y oscuros, masculino y femenino, la oscilación cósmica en una amalgama de sonidos que se nota cultivada por años más allá de los géneros y cercano a la apertura que se desprende de la mutación a la hibridez.

Suddenly…

Y de repente, eso que dolía al arder, alumbra el camino.

Y de repente, renunciar no es renunciar sino entender lo esencial.

Y de repente, se hace justicia con la dicotomía del yo.

Y de repente, aparece uno de nuevo, ante otro umbral.

Y de repente, encontramos nuestro camino a casa.

Sonámbula

Ir al cuerpo, sentirlo, tocarlo, asumirlo, comprenderlo, aceptarlo. Y no solo el cuerpo humano, aunque se incluye. Todo el cuerpo de la tierra y lo animal, el devenir mismo de la célula o las formas más sutiles de vida. El cuerpo de todo atravesando el umbral de todo con todo: liberación orgánica, cruda, en la piel, la cual siente las cenizas de una composición donde una mujer canta para que no solo viva su voz, sino para quedar viva en el mundo, al menos en su voz.

Spring Tide

Hay que tentarse a sí mismo, enfrentar el reflejo sin ocultar la duda con respecto a lo que sea que se vea en el espejo. Si algo se dice, algo se hace, y si no, consecuencias hay. Feralucia a ratos es tan personal e íntima que parece cantarle a un momento de su vida donde se permitió tanto dolor que no pudo soportarlo y necesitó hacerlo canción. Al tiempo, ese mismo dolor aparece por doquier en su música como la oportunidad de un fiel confidente, que a pesar de mediar espejismos, es un lugar donde es siempre grato el amanecer. Esta suerte de combinación entre lo siniestro y la ironía será fundamental en Feralucia, como si gustara de tomarse en serio la existencia sin dejar de bailar con ella o simplemente coquetear mediante artilugios sónicos divertidos, seductores y cargados de estructuras bellamente pensadas, ejecutadas y oídas.

Soñar

«Dime, querida mujer,

¿me dirás donde está la puerta?

Dime, querida mujer,

¿lo recordaré?»

Melodía para la muerte

Es fascinante el tratamiento que Feralucia da a sus texturas y capas sonoras, donde algunas canciones logran articular sonidos protagónicos que constituyen una estructura musical central al mismo tiempo rodeada de fantasmas, sonidos medianamente sugeridos, detalles vocales, murmullos, espacios, efectos, criaturas microsónicas o voces en otras octavas que se confunden con sintetizadores. Esta cualidad de generar siempre cierto aura en suspensión le permite a Feralucia explorar la música como una especie de arte en el bardo. Por eso le canta a la muerte, puede hacerle una fiesta para cantarle detrás, burlarse de ella y dejarla entrar, no en una actitud suicida sino todo lo contrario: porque sabe que quiere, en el fondo, salir de su cueva y vivir. Feralucia no tiene miedo de hacerle un pop a la muerte, como no tiene miedo de seducir con sonidos tenues y oblicuos. Su imagen es paradójica, esconde y muestra pero a fin de cuentas prefiere la ambigüedad que le permite construir rutas a sus particulares ritmos, embrujos, mantras. Sí, eso, mantras: sellos profundos y repetitivos, como al final de Orange Pines, donde rutas sónicas previas van envolviendo al oyente hasta decirle que el corazón está esperando, cansado de quebrarse, viviendo una mentira que ya no va más y ahora solo quiere sepultura; ser olvidado por siempre. Una última voluntad: encender una vela en su nombre. Una última promesa: no dejarse cegar otra vez.

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