Breviario de escolios

Ediciones Atalanta es sin duda una autoridad del mundo editorial actual, sobre todo si se trata de considerar el pensamiento que vale la pena rescatar entre tanta palabrería que ha recorrido la historia humana. Su catálogo es una impecable curaduría del pensamiento y la poesía, una oda a la memoria simbólica y ante todo, un espacio para la construcción de mundos nuevos que no por pensar el mañana se olviden de su raíz. Atalanta es por ello una ruta no hacia el pasado sin más, sino hacia los futuros posibles que solo se revelan una vez hacemos memoria como quien habita el tiempo y se siente en ese mundo, que pese a sí mismo, se ha permitido el lujo de promulgar la vida. Atalanta es una invitación a no meramente recordar las ideas, sino utilizarlas como puente a los hábitats del tiempo, donde la imaginación y la memoria, lejos de ser accesorios fatuos de la materia, son una estrategia para escapar de su hegemonía.

Esta vez la editorial se ha aparecido con una perfecta muestra esa necesidad de ir a la memoria para expandir la imaginación en una alquimia que no muchos se darán el lujo de ostentar en su pluma, esa magia de la letra bien tejida, depurada y precisa con su tiempo. A la hora del pensamiento, que será cualquier suma de minutos posible, hasta los tiempos mismos son rebatibles. Por ende la letra consciente de los quiebres y las fracturas de la trama, serán claves para ingresar a un mundo a veces tan oscuro, otras veces de luces únicamente capaces de concluir en la ceguera de quien atiende al mundo. Será por eso necesario balancear el pensamiento y reconocer en artefactos pródigos de ideas como los libros, esperando beber de ellos esa anacrónica sensación del pensamiento que nos invita no tanto a sostener los demonios pasados en las acciones presentes, como sí a construir nuevas rutas donde sea permitido insistir en la imaginación, la especulación y el espejo racional. Es precisamente semejante interpelación la que nos trae el críptico, asombroso y necesario Breviario de escolios que publica Atalanta. Una selección de los aforismos que, a la manera de acercamientos a un texto implícito, promulgó en vida el filósofo bogotano Nicolás Gómez Dávila.

Así como lo habrán leído intensamente los alemanes que lo hicieron autor de culto en los círculos del momento, del mismo modo debería en nuestro panorama colombiano y latinoaméricano, al menos ser considerado este excelso maestro de la letra. Quizás también porque su habilidad para mirar más allá del contexto cerrado de las variables locales y ahondar en temas globales, universales, de índole humana, le permiten también servir de recurso para actuales discusiones políticas y culturales. Nos urgen, como mundo, varios de los impulsos que este pensador logró condensar. La constancia reflexiva, la militancia bibliotecaria estarían en la lista, pero también la crítica a la modernidad, su crudeza con el panorama local, su extensa imaginación y la búsqueda de lucidez entre el enmarañamiento sutil de una idea compleja y la erudición tras el argumento sintético que permite depurarla.

Su ortodoxia también será necesaria, por qué no. Los límites de las grandes mentes algunas veces son más interesantes que sus pensamientos más conocidos. Su cerco de pensamiento merece un estudio más riguroso y publicar un breviario era sin duda una tarea necesaria hace ya varios años, con mayor razón hoy, cuando esa modernidad muestra desaforadamente sus espectros, aún más en este mundo cibernético en que la tecnología se ha expandido a puntos donde quizás Gómez Dávila resulta controvertido o estimulante. Necesitamos además, su ejemplo de escritura, su cuidado estético en la palabra y su fascinante minimalismo en el pensamiento. Porque requerimos con urgencia escolios a cada uno de nuestros textos, a ver si quizás alguna vez de esta ignorancia que a ratos parece solo confeccionar balas para evitar las soluciones pensadas, pugnas retóricas para mantener la zozobra del pensar, y profundos vacíos existenciales que se traducen en la materia como pobreza, falsedad y corrupción.

La estrategia de este pensador ante semejante panorama, siempre fue una: exigirle al pensar. Es por ello y no por otra cosa que debe ser considerado entre los pensadores más importantes de la historia de Colombia. Una mente impactante por su capacidad algorítmica, su síntesis, su ímpetu en la concreción de las ideas. Además su crítica nos cae como anillo al dedo a la hora de desmitificar esa idea de en Colombia no se habla sino de futbolistas millonarios, farándula sin sentido, animales de carroña que se han devorado el país o de revolucionarios alienados, exiliados por adelantarse al momento y no estar de acuerdo con las ideas de la época. Gómez Dávila fue astuto en su posición y evito caer en cualquiera de estas dimensiones para adentrarse en su propia élite intelectual, donde no se discutía si no su pensar, y donde no había nadie más que él en la diatriba. Con el paso del tiempo, su ágora interna se construyó a la manera de recorridos indirectos que generaron finalmente un bucle en su pensamiento, el cual es considerado como su obra y en la cual podemos decir, con total tranquilidad, habita el mejor aforista que ha nacido en nuestro país y uno de los más significativos del Español, como bien apunta el editor.

Quizás por estar tan distraídos en la hipnosis de la materia que dicho momento trajo a cuestas, no nos percatamos en mayoría de un encuentro semejante con la lógica. Seguramente también será porque es difícil masificar un pensamiento que, conforme se establece, depura toda esa reacción banal a los residuos del materialismo y la novedad imperante que tanto promulga la modernidad. Gómez Davila, que tuvo sin duda una privilegiada posición en la Colombia de su momento, no fue por ello un pensador enaltecido, y más bien deploraba la publicación desmedida y la fama, se abstenía de círculos intelectuales, y aunque no olvidó su vida social y su influencia cultural, mantuvo siempre la mira hacia sí mismo.

Él mismo, como tantos otros genios subrepticios, se quizo ubicar en un espacio donde fuese posible su pensamiento oblicuo, consciente de no poder alcanzar nunca un mundo diferente al que le ofrece la atención al presente. Por eso, aunque su obra pretende volcarse constantemente hacia su propio texto inicial, en realidad su pensamiento parece nunca llegar a esa figura implícita que rodea con sus máximas.  ;ás bien suspende al lector en un estado de latencia que gradualmente lo depura, le cultiva algo en sus esquemas racionales, pero sin olvidarse de dejar un buen lugar de paso, para que el lector se detenga en la reconsideración de la idea y la crítica, o tal vez habite el silencio que encierran tantas palabras del filósofo.

Podrá sentirse interpelado todo lector que termina recorriendo los escolios de un texto de otro y termina, sin saber como, dirigiéndose hacia un texto quizás, propio, quizás el mismo, pero ante el cual finalmente solo podremos optar por la modesta pero trascendental posición de escoliar, con el fin, por qué no, de lograr esa lucidez que es para Gómez Dávila el zenit de la condición existencial. Por eso su camino es una constante depuración a punta de autocrítica, en el reto de la síntesis que representa el aforismo y con ello la magnitud del sentido que es posible condensar en figuras aparentemente compactas, frases aparentemente cortas, pero a fin de cuentas de una profundidad tal que vano sería intentar medir. Gómez Dávila en ese sentido es todo un alquimista del concepto, fiel a esa propuesta escultórica que Nietzsche tenía del pensar y la escritura: a martillazos, que son a fin de cuentas escolios al texto que es cada uno, aproximaciones intensas al propio ser, miradas indirectas que terminan por revelar lo crudo y explícito. Ideas que aparentan solo rodear el corazón del pensamiento, pero en realidad son responsables invisibles de su latir.

«Anhelo que estas notas, pruebas tangibles de mi desistimiento, de mi dimisión, salven de mi naufragio mi última razón de vivir.

Imposible me es vivir sin lucidez, imposible renunciar a la plena conciencia de mi vida.»  – N.G.D

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