Bitácora Auditum (I): Estar a la escucha

Aunque no hay semana sin escucha, esta semana se ha dispuesto para la exploración de las posibilidades de lo escuchado, en diferentes eventos, procesos, acciones, diálogos, encuentros. Comenzamos por ello nuestra exploración de eso que el auditum nos propone como indagación conceptual, epistemológica y metódica, esto es, sus posibilidades y sus preguntas, sus maneras y sus prácticas.  Con el apoyo de Michel Chion, quien nos escribió hace unos días un grato mensaje de aliento con la iniciativa de Auditum, nos adentramos a considerar su concepto partiendo de una polaridad básica en la querella de escuchas. Más que dividirlas en tipos, modos, vías o métodos, las partimos en dos acciones centrales en la oscilación misma del oído, tanto en su definición tradicional como en su sentido alegórico.

Escuchar = Atender

Escuchar no es oír, dado que es también deliberadamente anular la intención de oír, bien para abrirse a otras señales, bien para disponerse a una apertura inefable con la manifestación del auditum. Precisamente el reto que emerge a la hora de preguntarse por la idea el auditum y sus implicaciones como pregunta por lo escuchado tanto en lo audible por el oído como lo audible por el sentido, sin necesariamente tener manifestación acústica y por ende siendo este último independiente del oído en cuanto tal. Esto es, en el auditum aparece lo escuchado en tanto audible pero también en su dimensión intangible, inaudible, alegórica, metafórica, no por ende menos real, al menos a la hora del contrato de escuchas que supone el auditum de entrada.

Escuchar = Desatender

Algunas veces es necesario dejar de escuchar, como a los mentirosos, como a los que matan, como a los que corrompen el entramado de lo acorde con la vida. Pero hay que escuchar sus mentiras en sus bocas, y sus balas al explotar, y hacer eco de sus movidas subrepticias. Quizás así, exponiendo sus ecos, todos nos enteremos, todos alcancemos a oír la máquina mezquina.

Ímpetu de silencio

Parece que inaugura hoy pero ya ha sido en los últimos días una experiencia grata para ese impulso de la escucha en la ciudad. Auditum no es un evento que se aproxime a la escucha en su sentido tradicional, acústico, musical o en cualquier aproximación categórica. Realmente cuando se habla de auditum, se habla de un encuentro de un sin fin de posibilidades del sonido –imaginarias, poéticas, acusmáticas, intangibles, psíquicas, sociales, religiosas, políticas– muchas de ellas a su vez dimensiones del auditum en cuanto tal.

Dos micro-residencias sónica en Medellín

El proceso de colaborar con artistas de otros países requiere una cuidadosa mirada en la intención de un festival, en el caso de auditum enfocado en la consideración abierta de la sonoridad, llámese musical, social, política, metafísica o cultural. El interés no es otro que explorar lo escuchado y sus posibilidades, sus causas, sus consecuencias o sus procesos en el entramado de lo real. De esta manera creemos, es posible intervenir la ciudad como circuito en el cual alterar determinados dispositivos y elementos, logrando con ello rutas alternas a las utopías reinantes, o al menos las que se quieren imponer como reinado. Sin duda, tras los recientes estruendos de la patria boba, escuchar es radical, y aún más será traer perspectivas externas que puedan internarse, de tal manera que lo interno también pueda conocerse desde la exterioridad. De esta forma una residencia artística se plantea como un intercambio bidireccional donde la sensibilidad se expande tanto en aquellos que visitan como en los que acogen al foráneo.

Medellín de agua

Radical por ser raíz, por buscar la profundidad misma de lo escuchado, como si el auditum fuera no solo un objeto, un concepto o una excusa para indagar abiertamente en lo que bien podría llamarse sonido, sino que fuera ante todo una dimensión, navegable, con sus propias leyes y estratos, con sus condiciones y sus manifestaciones concretas en la realidad. Para ello toca ir a lo profundo, adentrarse en lo que está antes de nosotros y que de hecho, nos conforma, como el agua, que suena por fuera y por dentro, que se funde en su propio sonido y nos regala la voz elemental de las cosas.

«Un hidrófono es una extensión del agua con el propio cuerpo», enseña el artista residente Leonel Vásquez junto a una cascada en la carretera a Santa Elena, un día de esos en los que la extraña Medellín no parece tan rara y más bien se abre a ser maternalmente escuchada. Vásquez es bien conocido por su trabajo con una escucha que se detiene en torno a las posibilidades de nuestra conexión con aquello radical, es decir, que sirve de raíz para determinadas formas de vida. El agua representa en este caso la voz antigua de la montaña. Su laboratorio de escucha subacuática en la quebrada Santa Elena, «Sublime y repulsiva», indaga dónde nace, qué cuenta, cuánto sostiene su escucha, qué se dimensiona en el silencio de una quebrada, qué lleva las historias de tantos, y a su vez la recorren los ecos de los silencios de tantas cosas que ya no son.

Silencio para la resiliencia

Esa memoria que se sostiene en las figuraciones de Medellín, esas voces perdidas, esos futuros que nadie ha conocido, esas utopías enmudecidas por gritos de poder, nos habitan y conforman «la multidimensionalidad de Medellín» de la que nos habla la canadiense France Jobin, quien en su corta residencia ha querido indagar en las posibilidades de la resiliencia y el impacto de la misma a la hora de escuchar. Son muchos los ecos que flotan en los recuerdos, en las cosas que se tocan, se tratan, se ven, se piensan. Estamos acostumbrados a una ciudad mezquina y a veces pareciera que no escuchamos ni siquiera nuestra propia voz. Es lo que nos enseña de inmediato Jobin: a detenernos y salir de esa consideración de nuestra situación como normal, como aceptable. Nuestra resilencia debe tener la suficiente inteligencia como para no perderse en la inocencia. No podemos establecer fronteras entre las posibilidades de nuestra resonancia, por ende es mejor explorar los intercambios entre las diferentes capas de lo escuchado, como si el auditum al implicar un encuentro de escuchas, fuera el espacio perfecto para hablar. Tiene sentido que el silencio sea el requisito para que lo que sea dicho, tenga lugar.

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