Bitácora Auditum 2019 (III/III) – Para el oído

Auditum 2019 estuvo invadido de múltiples vías de sonoridad. Desde instrumentos ancestrales vibrando sin amplificación alguna, sonificación de datos atmosféricos y electromagnéticos, máquinas y dispositivos electrónicos comandamos por humanxs, hasta experiencias inmersivas sónicas nacidas de paisajes sonoros, performances audiovisuales piloteadas por medio de un videojuego y voces proyectadas a través de instrumentos luthéricos.

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La apropiación y resignificación del espacio público del Valle de Aburrá hicieron parte de las búsquedas esenciales de estas acciones sonoras, explorando otras vías de habitar el territorio y hacernos conscientes de sus ecos, silencios y oyentes, a través de múltiples propuestas y prácticas como ejercicios de escucha profunda, experiencias sónicas meditativas y formatos en vivo alternativos.

En la primera de ellas el artista residente francés Stepháne Marin guió la caminata sonora ‘Escuchar las fronteras’, llevando a lxs participantes a vivir una experiencia ritual de agudización de la escucha, recorriendo lenta y silenciosamente la zona entre el Jardín Botánico de Medellín y el Barrio Moravia en búsqueda de los intersticios –umbrales, estructuras, hoyos, superficies– que se consideran oportunidades de escucha. A lo largo del recorrido, Stephane hizo uso de estrategias de alteración de la audición, de una técnica «mimofónica» silenciosa y, en una simbiosis con la tecnología, de herramientas de grabación binaural que accionó en los oídos de cada participante a través de una red de audífonos.

El ciborg es no solo evidente sino necesario para poder asir el auditum, dado que la apertura a saberse mestizo también con la raza máquina, es la única posibilidad de comprender el panorama real de las escuchas a las que podemos acceder. Lo hizo DMOE en la segunda activación en Sala Música, al convertir el tornamesa en una máquina que simultáneamente explora la memoria y la corporeidad, la música con todos sus espectros, sin importar género, voz, ni frontera aparente entre los ritmos; al igual que Daniel Gómez, una de las mentes del pionero Outer Space Sounds, quien con el live ‘Futuros Posibles’ nos transportó a una ‘utopía techno donde las máquinas y los humanos cooperan en la creación musical’ con aluviones de sonidos de otras galaxias y su sinte/nave espacial MOSTRO. En esta sesión también presenciamos la hibridación de prácticas sonoras de la mano del proyecto ‘Paisaje sonoro de las laderas y lejanías de Medellín’ del residente local Sebastián Benjumea, con el que entrelazó elementos de grabación de campo, música concreta y producción con medios electrónicos y síntesis de sonido.

Las potencias del cuerpo y sus movimientos hicieron también presencia en el espacio público, por un lado a través de los sonidos ancestrales de Miguel Ángel Bedoya y su hipnótico y meditativo acto de cuencos tibetanos que resonó en la Manga libre de Platohedro, junto al performance multi-instrumental de Made in Nau con didgeridoo, el chello y los cantos armónicos; y por otro lado, con el ‘Ensamble perifónico a Capela’ que resonó en la Plaza de Botero, en donde se entrecruzaron los pregones y coros de lxs vendedorxs ambulantes con los cantos y ecos del grupo de participantes guiado por la poderosa voz de Yudy Esmeralda Ramírez.

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Elevarse en los días como un oyente que sabe del peso del mundo, pero aún así se desprende para extraer lo que transcurre en la levedad. Ser escuchas es manifestar un impulso de desprendimiento del centro, un sutil encuentro con el espacio libre entre las cosas, con la vida que emerge justo en el punto donde se cruza el borde con la elevación.

Fue su multifónica y subacuática voz la que resonó también entre las paredes del teatro de Comfama en Aranjuéz, donde nos elevamos por primera vez guiadxs por los ecos y reverberaciones de un Canto Largo, performance de música vocal extendida, y lutheria experimental en el que Esmeralda que se prolongó a través de los instrumentos vaho, dispositivos analógicos construidos por Leonel Vásquez. Ubicados de manera tentacular, como una extensión de las cuerdas vocales, los vaho expandieron y prolongaron esa voz multiplicada y resonante; voz ululante, respirada, en giros envolventes que inundaron la sala como reflejos sonoros y subacuáticos en el espacio acústico en el que flotábamos lxs oyentes.

«Resistir al la finitud del cuerpo, escucharse desde afuera, perderse entre sus reflejos y el espacio contenedor, encontrarse con su propio fantasma o en la reencarnación de su cuerpo-voz.»

También la voz distorsionada y transformada, ésta vez de Magdalena, se escabulló entre el ruido y las señales modulares de Los Migrantes, una experiencia audiovisual inmersiva basada en la ruta migratoria de una bandada de pájaros que recorren límites antrópicos y geográficos, creada colectivamente entre el colectivo de Bogotá, Atractor Estudio y la productora local Magdalena. Ecología virtual, metafísica y cibernética aplicada en la experiencia estética, para la creación de un paisaje imaginario que explora los rangos sensibles de las aves para representar un viaje cuyas implicaciones son, entre otras cosas, conectar territorios a través de semillas y tejer bosques mediante el intercambio entre ecosistemas. Esta impecable colaboración es la fiel muestra de una comprensión sinestésica que no se limita a la mera relación del sonido y la imagen, integrando también una consideración constante de elementos ficcionales, especulativos, virtuales o científicos. Su consideración de la tecnología trasciende la posición de aquel que busca un uso de la herramienta, para entregarse a una tendencia simbionte con el robot.

Nuevamente, los encuentros ciborg fueron protagonistas en la elevación 3 en Moravia, en la que varixs artistas proyectaron sus engranajes con dispositivos electrónicos y máquinas análogas y mecánicas, como fue el caso del performance ‘Ecologías invisibles: poéticas territoriales’ en el que a través de péndulos y piedras dirigidos en tiempo real por la mexicana Gabriela Munguía, de artefactos accionados por el viento y de datos atmosféricos y electromagnéticos sonificados, se movilizaron ráfagas de ruido y señales. El ensamble humanx-máquina se manifestó también entre Sereno –Magio y Rudolf– y su set de aparatos electrónicos con el que le dieron vida al live polirítmico y melódico ‘Campos de viento’.

El Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, en medio de esta comunidad resiliente y territorio símbolo de construcción colectiva y metamorfosis, fue el escenario ideal para la disolución de fronteras de géneros o escenas, acogiendo propuestas sónicas experimentales de artistas que suelen habitar el club, como el envolvente dj set de downtempo de Zëmog, y el live ‘Esquizofonía’, creado entre la productora y dj Magdalena, y el artista Alejandro Villegas, quienes a partir de cables, sampleo y síntesis granular de sonidos capturados en la periferia de Medellín, cargaron el ambiente de señales turbulentas y texturas en movimiento.

El Domo del Planetario de Medellín fue, como es costumbre cada año, el escenario para una intensa velada de escucha que comenzó con el concierto fonográfico de Stepháne Marin Fronteras de la Escucha, conduciéndonos en un serpenteante viaje de paisaje sonoro que comenzó en medio de la selva Amazónica en Leticia, pasó por la niebla y la montaña de Santa Elena y finalizó en las caóticas calles de la ciudad; y tras esa experiencia terrenal, no quedó nada más que levitar con el onírico e introspectivo recital del músico argentino Federico Durand, improvisando un collage en tiempo real en el que bucles melódicos, samples repetitivos y texturas orgánicas se alinearon con las estrellas para tejer una atmósfera de ensueño.

«Trabajo con loops, con melodías que se repiten todo el tiempo, pero en esa repetición aparecen pequeños espacios de libertad, casi como si fuera una celda donde uno elige vivir. Y en esa celda aparecen pequeños detalles, la imaginación y los sueños»

Federico Durand

Sucedió similar en la última elevación, en la que Federico Durand, David Escallón y Lü combinaron en la máquina microsonidos, ondas sinusoidales y grabaciones de campo para construirle música al paisaje de Santa Elena. Y ahí, entre el ardor de las máquinas viejas del valle de Aburrá y el fragor de las que recién van llegando a San Nicolás, nos elevamos por última vez, para sentir eso que ahora es claro: Nos hemos ido del centro, hemos olvidado la frontera, perdimos incluso las divisiones del tiempo. Nos queda ahora seguir no hacia arriba, ni hacia abajo, sino en esa quietud del que se deja mover por la escucha.

Escuchar, entonces, nos eleva no porque nos invite hacia lo alto, sino porque nos permite olvidarnos de todo aquello que nos parece aferrar al centro de las cosas, al núcleo de las cuestiones, al contenido que no sería nada sin el vacío y el silencio.