Bitácora Auditum 2019 (II/III) – Valle Sharawadji

Foto por Ross

«¿Dónde está el centro? ¿Pueden señalar el centro?» – Laura Weisner, Colectivo Radio Bestial

periferias y elevaciones

La centralización de algún proceso, independiente de sus funciones, crea inevitablemente el delirio de pensar en aquello que rodea ese centro, lo vicario, circundante, la alteridad que suscita la frontera. Si la periferia es una cuestión relativa a determinadas formas de la experiencia, entonces lo es también el sentido mismo, y las figuras que se crean entre los posibles rumbos de lo que son las cosas y dónde están aparente o realmente ubicadas. La realidad tiene múltiples caras y si bien es necesaria la definición centralizada para delimitar la forma de las cosas que nombran esos rostros, de la misma manera es requisito de la vida desprenderse del centro y cualquier faceta que la concrete, para dejarla experimentar el borde especulativo, la frontera donde no hay futuro porque se vive en cualquiera de los tantos que flotan una vez nos elevamos de ese centro.

Rodear la ciudad desde sus ecos y elevarse sobre ella en la escucha, son ambas estrategias para considerar el valle como unidad, la urbe como organismo, el espacio como ente y el sonido como fuerza que se cuela entre las múltiples capas de lo que somos. A su vez, el sonido en sí mismo no parece manifestar centro alguno y por ende no tiene alrededores, ni entiende la separación entre lo alto y lo bajo. Escuchar entonces nos eleva no porque nos invite hacia lo alto, sino porque nos permite olvidarnos de todo aquello que nos parece aferrar al centro de las cosas, al núcleo de las cuestiones; al contenido que no sería nada sin el vacío, silencio, que abre las formas de lo que percibimos. Los bordes parecen difuminarse al cerrar los ojos y permitirle al oído dictar el límite que define las siluetas de la realidad. Las fronteras suelen parecer extensos espacios que dicen concluir una cosa y comenzar otra, pero realmente son ilusiones que al escucharse no aparecen por ninguna parte, y contrario a la conclusión y el comienzo, parecen solo disponer del tránsito como dinámica única de existencia.

«Esas definiciones de qué es lo rural, qué es el mundo natural, cuál es la ciudad, me parece que son construcciones, y la escucha se vuelve un elemento y una herramienta para entenderlo a una escala geológica» – Gabriela Munguía

residencias

No necesariamente hay que elevarse como el errante que se va a la montaña para desconocer el mundo que lo engendró. También está el rol del visitante, del nómade, de la figura en tránsito, que habita espacios y los traslada en tanto camina con ellos y su estela pareciera también un hábitat. Hay seres humanos que parecen cosas libres incluso del ser, incluso de lo humano. Figuras resultantes de la decorrelación, del abandono del antropocentrismo, y en gran medida, de una militancia subrepticia por permitirle a cada cosa su lugar, su poética. En cierta medida es un trabajo de cada quien poder romper una frontera al tiempo que se comprende su definición, y se vuelve una actividad permanente con el reconocimiento y con la transgresión de esos bordes con los que se topa la sensibilidad de quien oye, o sea quien es.

Los oyentes nómades, Gabriela Munguía y Stéphane Marin, que llegaron de otras latitudes a habitar el festival como residentes, fueron invitados a explorar el territorio desde sus prácticas artísticas y sonoras, y detonar así cuestionamientos que desdibujan los imaginarios de lo que es el centro, la altura y los bordes. Y aunque habitante del valle, el tercer residente Johan Sebastián Benjumea se permitió a su vez un acercamiento a la ciudad como si se tratara de una tierra desconocida, explorando los ambientes sonoros de sus límites y elevaciones a partir de grabaciones de campo de los cerros tutelares y áreas protegidas de Medellín.

El pensamiento ecológico de Gabriela Munguía nos enseñó esa indagación en lo no-humano que no pretende anular la sensibilidad del que se dice antropos, sino más bien permitirle soltura, dinamismo, un encuentro diferente que no busque pertenencia. La obra de Munguía es una activa invitación a explorar las maravillas de los planos invisibles mediante su propia manera de considerar lo que existe, mediante su propia inter-dependencia. Su lógica pareciera basada en la indisciplina con respecto a la figura de lo inter-disciplinar, como si considerara siempre la posibilidad de la escucha como proceso abierto y no exclusivo del oído, y establecido con tecnologías no necesariamente antropomórficas bajo las cuales exista la posibilidad de ser espectro oyente entre figuras inmateriales de lo que vibra, sin necesidad de oír en términos humanos o de establecer jerarquías sobre lo escuchado. Gabriela expresa la intención del auditum como una suerte de viaje entre escalas de la maraña de entes, y accede a su manera a la dimensión geológica y de magnitudes hiperobjetivas, pero lo hace a través de formas un tanto más básicas, como la de la roca: que parece simple pero es un mundo. De la misma forma eso que llamamos mundo, parece no ser sino una red de cosas entre cosas.

El humano cree separarse para adueñarse de los otros entes, pero también puede ser mero puente que teje experiencias entre los entes de su mundo. En el caso de Munguía los entes son formas abiertas de lo que se expresa en la malla ecológica: campos electromagnéticos, emociones, circuitos, intervención del territorio, re-conexión elemental. Una suerte de animismo cibernético que maneja una mística depurada pero efectiva bajo estrategias tecnológicas que buscan activar mundos de una materia invisible pero tangible, evidente en el acto de la transducción que parece transversal a la obra de la artista: unas cucharas recogen el aire y lo transfieren a un circuito donde un oscilador emite audio a partir del movimiento del viento. Gabriela nos enseñó el arte de escuchar las conexiones invisibles y desconocidas del cosmos.

«¿Cómo ejercer ciertas políticas o procesos democráticos para trasladar nuestro ejercicio de la escucha, del hacer y del pensar, a uno crítico? Creo que es un momento del siglo XXI para pensar otro paradigma de lo que somos, de lo que queremos.» – Gabriela Munguía

El proceso de Stéphane Marin, otro residente del festival, fue particularmente especial: partió de Toulouse a Paris, de ahí a Bogotá. Luego fue a Leticia, anduvo en el Amazonas entre Colombia y Perú, para finalmente aparecer en Medellín. Su trabajo comenzó en la selva, y al parecer no se fue nunca de ella, en tanto su audiovisión también consideró Medellín como un lugar tan salvaje y diverso como aquel de la Amazonía. De profesión es filósofo, pero reemplazó la tinta por el ruido y utiliza la grabadora como si fuera un diario de notas. Su idea del paisaje sonoro imprime una suerte de realismo aculógico basado en la idea de cuestionar permanentemente la condición ontológica de lo sonoro, esto es, una pregunta transversal en su obra que invita a buscarle espacio propio al sonido, a su vez entendiendo las realidades de lo escuchado fuera del entorno acústico. Así se puede ser fiel a la pretensión del auditum, de ser objeto de varias escuchas, pero tampoco olvidar las singularidades, mutaciones y rutas predominantes a la hora de asir lo que suena. Marin nos mostró una postura que considera los encuentros de los posibles modos de escucha en términos de una variación perpetua de lo escuchado. No parecen interesarle tanto los objetos escuchados como la experiencia de escucharlos, por eso lo de realista: porque acepta una escucha desde cualquier lado, incluyendo el de la dicotomía.

El efecto sharawadji es la percepción de un fenómeno sonoro descrito como una sensación de plenitud, creada por la contemplación de un paisaje sonoro complejo cuya belleza es inesperada e inexplicable

Por su parte el local Sebastián Benjumea llevó a cabo su proyecto Paisaje sonoro de las laderas y lejanías de Medellín durante 4 semanas de residencia en el Exploratorio, a través de un trabajo de escucha activa y captura sonora de los cerros tutelares, areas protegidas, reservas y senderos ecológicos de la ciudad, para luego llevar las grabaciones de campo y paisajes sonoros seleccionados a una etapa de posproducción, con procesos de síntesis digital y métodos de composición propios de la música concreta y el diseño sonoro, resultando en una hibridación de técnicas y herramientas en torno al paisaje sonoro del territorio.

conversatorio: escuchas periféricas

«Escuchar es un acto político. Y creo que hay que trabajar en el modo de escuchar y en el modo de sentir para romper el modelo ideológico antropocéntrico y ahí estoy, ese es mi lugar» – Leonel Vásquez

El festival comenzó con un diálogo entre algunxs de los invitados y el curador Miguel Isaza, en el que se suscitó el intercambio y entrelazamiento de diversos conceptos y prácticas desde las búsquedas y obra de cada unx: el artista sonoro colombiano Leonel Vásquez nos invitó a repensar la escucha como un acto político, refiriéndose a la necesidad de romper el modelo ideológico antropocéntrico de nuestra percepción y comprensión de la naturaleza; sumándose a las reflexiones ecológicas, Gabriela Munguía planteaba las prácticas sonoras y de escucha como ejercicios críticos, tanto para la exploración de realidades invisibles –de escalas geológicas– en los territorios que habitamos, como para la deconstrucción de imaginarios culturales hegemónicos, colonizados y absolutistas. Por su parte Federico Durand evocaba, a través de anécdotas de su infancia, el papel del silencio en las búsquedas espirituales, así como el de la imaginación y los sueños en sus procesos creativos; por otro lado, Laura Wiesner y Sandra Martínez, del Colectivo Radio Bestial de la ciudad de Bogotá, compartieron ideas de la patafísica como el absurdo, el juego y el azar que han influenciado sus prácticas artísticas. La apertura del festival logró cuestionar imaginarios y ficciones sobre las periferias y el centro, invitando a pensarse la escucha desde una perspectiva menos antropocéntrica, donde los emisores implicados pueden ser invisibles y los receptores pueden ser más que los oídos.

«En la vida contemporánea hay pocos espacios para estar en silencio y para estar atentos a esa verdadera evolución, a ese verdadero cambio de tipo espiritual.» – Federico Durand

intercambios

La idea de los intercambios en la Semana de la Escucha 2019 se desenvolvió bajo la motivación de trascender la idea de taller –unidireccional y vertical–, para acercarse a las posibilidades de la transmisión de saberes, prácticas y herramientas a través de dinámicas colectivas de descentralización del conocimiento. Así sucedió con el proyecto de Gabriela Munguía, Ecologías Invisibles: resonancias y partículas del viento, un laboratorio de electrónica y acupuntura aplicada al territorio en el que los participantes construyeron un anemómetro sonoro-lumínico que les permitió sonorizar, visualizar y amplificar fenómenos ambientales y meteorológicos, y reflexionar a su vez en torno a los posibles diálogos entre lo humano y lo no-humano. Por otro lado, el laboratorio La radio y el juego de Colectivo Radio Bestial propuso también una activación sonora del territorio –el Barrio Pedregal en la zona noroccidental de la ciudad–, a través de experimentaciones radiofónicas guiadas por juegos, derivas, experimentación con la voz y recorridos de escucha y grabación de campo, con el fin de construir una narrativa sonora del barrio basada en sus historias, personajes y espacios. La voz estuvo también presente en el laboratorio Perifoneos a Capela, de la artista Yudy Esmeralda Ramírez, en el que se generaron encuentros activos en torno a las resonancias corporales, los gestos sonoros y las potencias de la voz en el espacio público. La idea de periferias y elevaciones se manifestó profundamente con el taller para niñxs Invasiones de ruido, realizado por el artista local Esteban Betancur en Esfuerzos de Paz, un barrio construido a punta de pala y convites en una de las tantas laderas del Valle –en la zona centro oriente de la ciudad–; un espacio habitado por poblaciones afro, indígenas y desplazadas, que desde su llegada al territorio le han apostado a generar espacios de encuentro, educación, resistencia y cultura, como lo fue este intercambio en el que un grupo de pequeñxs construyeron, a través de tecnologías abiertas de bajo costo, un dispositivo capaz de generar ruido en varias frecuencias, buscando invadir la rutina de la comunidad con nuevas sonoridades y estímulos.

El acercamiento al territorio, desde las residencias e intercambios del festival, abrió la posibilidad de comprender e intervenir sobre los tejidos geográficos, sociales y políticos de la ciudad, y preguntarse por las múltiples formas, capas y rutas de escucha del territorio. Reflexionar a su vez en torno a los imaginarios de elevación y de periferia, permitió acceder a perspectivas, voces y ecos escondidos entre las marañas de la geografía y las comunidades del valle. La colectividad se convirtió en una identidad temporal, bajo la cual nos permitimos la idea de la escucha como un acto a la deriva, a veces incluso muy fuera del oído, como sostenido en una sutil elevación de todas las cosas: el auditum como espacio de mutación.

La lluvia, los caudales de los ríos, el viento, la erosión, el rocío, la luz y el calor son expresiones de procesos de transformación que pueden ser entendidos como una resiliencia efímera y cíclica. Así, es posible afirmar que el mundo se alimenta de flujos; de infinitas formas de articular una multitud de procesos que siembran, a su paso, la vida – Gabriela Munguía