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Wittgenstein y el silencio del mundo

Wittgenstein encarna el dilema de la genialidad. Un hombre nacido en plena transformación espiritual -y cataclismo humano- del siglo XX para la mente de Occidente; representa un ruptura -tanto en su propio pensamiento, como en los paradigmas del pensamiento científico y filosófico en general- con la tradicional fundamentación teórica y disertación intelectual de su época. Apasionado, solitario, visceral, heroico y místico, su espíritu logra desarrollar una visión dolorosa y enigmática de la realidad. Por tanto, no es agravio suponerlo como un autor clásico dentro de la historia de las ideas humanas, puesto que tanto filósofos como matemáticos, religiosos y místicos, poetas y artistas pueden inspirarse bebiendo del espíritu que subyace a sus palabras: la universalidad del genio de una obra radica en su capacidad de multiplicidad y emanación de dilemas.

Su herramienta básica no pudo sino ser la herramienta que antecede a toda herramienta, es decir, el lenguaje. Abordar sus misterios y denunciar sus fantasmas fueron su ardua labor. ¿Qué representan sus hallazgos para la filosofía contemporánea? Representan la apertura hacia el estudio detenido, científico y reflexivo, del lenguaje humano, en tal medida, esto implica una observación detallada de los fenómenos lingüísticos, tanto en sus dimensiones gramaticales como en lo concerniente a las repercusiones prácticas que éstos pueden tener dentro de la conciencia y las relaciones sociales entre hombres. Por otro lado, la pregunta por un análisis del lenguaje le permite elaborar una crítica -entiendo ésta como la capacidad de llevar hasta sus últimas consecuencias un racionamiento de la mente con el fin de verificar su verosimilitud- de los fundamentos del conocimiento, lo cual repercute en la forma de comprensión y creación de las distintas disciplinas y prácticas del trabajo humano (ciencia, religión, arte, filosofía, cultura, política, etc.)

La importancia del lenguaje dentro del pensamiento de Wittgenstein ocupó gran parte de sus preocupaciones, ya que sabía que el lenguaje es la facultad por la cual el hombre puede constituir sentido sobre sus experiencias vitales y dar cuenta de la expresión de su misma existencia y la del mundo sobre la realidad. Es así como, tanto en las dimensiones individuales o colectivas, nos permite una comunicación mediante elementos sonoros, signos gestuales y trazos simbólicos, articulando nociones, contenidos, sentimientos, ordenes, objetivos, leyes y en general, conceptos que nos permiten un vínculo orgánico y mental con nuestro entorno. De allí, de nuevo, el lenguaje resulta la herramienta por excelencia del hombre ya que en las palabras descansa la tradición del espíritu humano, con sus con comienzos, mitos, errores y misterios.

Sin embargo, Wittgenstein es precursor de una respetuosa y magnánima postura ética, que tiene una inevitable relación con la estética del misterio que nos manifiesta el mundo. Por una parte, al denunciar que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” resaltó el carácter subjetivo del conocimiento humano con respecto a los acontecimientos del mundo, es decir, el mundo del hombre es solo una porción fragmentaria de lo que se oculta a las palabras en la completa manifestación de la realidad. Si el lenguaje es nuestra capacidad natural por la cual construimos sentidos y representaciones que generan un aclimatamiento mental ante la fluidez desbordante del cosmos, esto implica que nuestra capacidad de movimiento es expansiva o contractiva dependiendo de las esferas de entendimiento en las cuales nos situemos, pero nunca omnisciente con lo que respecta a los fundamentos últimos que sostienen la realidad.

Su posición concluye con la sinceridad del sabio, cuando determina que “de lo que no se puede hablar es mejor guardar silencio.” Si nos detenemos reflexivamente y sin precipitaciones, en el anonadamiento total, vemos que el silencio que nos sugiere Wittgenstein es aquella actitud libre de sujeto observador y objeto observado, en tanto no hay una intención particular de conocimiento, y por ende, no hay pre-juicios. El silencio implica estar en pura apertura, cosa que el lenguaje no logra puesto que en la medida en que surge, delimita: por más extenso que un concepto sea, es producto de una sensación y conocimiento mental o corporal meramente humano, por lo que se desliga en algún momento de la manifestación pura de la naturaleza y se circunscriba tan solo a hechos humanos. De allí, el silencio entonces aquieta la mente, la dispone, le permite la apertura y el enlace fluido con el mundo, puesto que la sumerge en un estado contemplativo e inocente: estos dos elementos son la materia prima de la creatividad y la imaginación, es decir, el motor fundamental que exige al hombre la honestidad para expresarse en el lenguaje y hallar las palabras adecuadas para descubrirse y comunicarle a los otros sus asombros y experiencias.

 

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