Mestizofuturismo

“La mayoría de la humanidad es empleada de un poder abstracto. Hay empleados que ganan más y otros que ganan menos. Pero ¿quién es el hombre libre que toma las decisiones? […] Creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema. [..] Antes, cuando la vida era menos dura, yo hubiera entendido por resistir un acto heroico, como negarse a seguir embarcado en este tren que nos impulsa a la locura y al infortunio. […] La situación ha cambiado tanto que debemos revalorar, detenidamente, qué entendemos por resistir. No puedo darles una respuesta. Si la tuviera saldría como el Ejercito de Salvación, o esos creyentes delirantes —quizá los únicos que verdaderamente creen en el testimonio— a proclamarlo en las esquinas, con la urgencia que nos ha de dar los pocos metros que nos separan de la catástrofe.”

– Ernesto Sabato

¿Resistir?

La resistencia de hoy no es la de ayer, aún cuando ni la de hoy, como apunta Sabato, podría definirse. Se puede, sin embargo, identificar, quizás no en recovecos teóricos sino en resonancias y vías que implican considerar la idea de resistir de una forma alternativa al discurso y la definición estricta. Así vamos mutando unos conceptos, creando otros, asomando posibilidades en mundos que da igual si son considerados nuevos, viejos, bastardos o predilectos, porque a fin de cuentas todos están implicados en una misma maraña y a la vez todos son ninguno, pues fluyen deshaciéndose como una canción; aparecen pero enmascarados, como los ojos entre un pasamontañas, que hablan de un rostro, que a pesar de oculto, da un mensaje, dice de otras formas, se resiste en cierto anonimato pero se expresa de maneras que no necesariamente se quedan en el concepto porque ahondan en otras formas de plasmar lo que se vive.

En el caso de Verraco, músico electrónico de Medellín, esta forma de resistencia se acopla a partir de la experimentación musical. En dos lanzamientos de su sello Insurgentes perfila una ficción sónica digna de oídos que, conocedores del futuro, se permitan cuestionar el pasado, para así considerarla no como mera ficción en sentido peyorativo sino como una suerte de fuente de mundos siempre nuevos, únicamente condicionados por los giros del vinilo. Este aparentemente joven artesano sonoro logra articular un mensaje, una historia, una posición que aunque se abre en formas tan amplias como la escucha, permite vislumbrar unos rasgos que nos sirven para plantearnos la pregunta por la ficción sónica resistente que se gesta en nuestro contexto.

De hecho, en la jerga popular, la palabra “verraco” tiene una connotación, por un lado de estar lleno de ardor. Alguien que está “verraco” está lleno de furia, hastiado de algo en cierta medida. Pero también significa pujanza, resistencia, pero ligada a ciertas variables de la región y la forma de culturalmente habitar el territorio y utilizarlo. En este caso se trata de un sujeto al que a duras penas se le ven los ojos pero mucho se le escucha; por tanto la verraquera aquí significa combatir en una ficción invisible, de la escucha, del baile, de la euforia de la vibracón: una forma de llamar a la resistencia desde el baile y el hipnotismo aural.

Techno-militancia

Siguiendo la asociación que a menudo se hace entre el techno y la militancia, este artista propone, también en coordenadas acusmáticas, invisibles y conceptuales, un sonido que poco se interesa por lo que sucede en fragmentarias rutinas de la representación, para permitir, entre los nombres de sus pistas, el arte de su vinilo y la forma como aparece en el ciberespacio, el desenvolvimiento de un universo propio, configurado en una realidad muy propia de ciertas tendencias surrealistas del pensamiento latinoamericano que en este caso no podría tener otro nombre que aquel que él mismo propone: mestizofuturismo.

Pero para aventurarnos a considerar tal idea, hay que entender primero cómo es esa condición mestiza, concretamente en nuestro caso local, y cómo es a su vez utilizado el futurismo en este caso reflejado en la tecnología y su arte. Esto no tiene otro fundamento que el sonido mismo y la manera como se ancla a los imaginarios de cada quien y en relación. En el caso de Verraco el futuro aparece entre el combate, el mestizaje y la resistencia. La idea pareciera establecer desde el ritmo una militancia particular, como la de colectivos legendarios como Underground Resistance, aunque con una forma mestiza de apropiarse de ellos, yendo más allá de copiar el concepto -como Verraco mismo comenta-, para en vez de ello convertirlo en un mecanismo creativo:

“Con Insurgentes solo quiero que cada disco sea una declaración, ya sea de crítica o de celebración ante una situación que nos está afectando, se trata abrir mentes y empoderarlas, a través de este electro, techno y ambient que estamos haciendo. Para mí un acto de resistencia también puede ser una persona que renuncia a ese trabajo corporativo que le carcome el alma y se aventura a abrir una tienda de discos, por ejemplo. Esas son nuestras pequeñas luchas.” (Verraco)

El esquema de UR es básicamente un ejemplo de resistencia desde la dimensión sónica en mundos audiovisuales donde la materia es siempre reconsiderada y las guerras de misiles poco tienen que ver con las épicas batallas interplanetarias que se gestan entre navegantes technofuturistas desde tiempo sin principio. “El hecho militar de ayer es la ciencia ficción de mañana”, dice Kodwo Eshun cuando habla de los imaginarios sónicos de UR, particularmente su militancia, su guerra sónica, en la que el techno aparece como “una máquina de guerra ciberactiva”. Para él,este modelo abre una dimensión política futurista donde la ficción sónica moldea mundos militantes, reactivos, resistentes, como esos “drexciyanos que se aliaron con Undeground Resistance en su guerra perceptual contra el control planetario de los sistemas encarnados en los programadores audiovisuales.”

Esta tendencia es bien conocida en diferentes sectores de la cultura techno en el mundo y son muchos los grupos e individuos influenciados por esta idea militante. Igualmente, como resalta Eshun, esto hay que ubicar toda esta reflexión en el contexto más amplio del afrofuturismo, que sería inútil intentar definir y forzar en nuestro contexto. Lo que en nuestro caso interesa es la tentación de pensar ese mestizofuturismo que bien podríamos rastrear en muchas de las situaciones de nuestra condición latinoamericana y su relación con procesos de la música electrónica y la ficción sónica.

Volver a la montaña

Es interesante entonces analizar no tanto la idea de resistir en sí, sino tratar de seguir a Verraco en su forma de resistencia, por ello no indagando en los posibles conceptos que fundamentan su música sino en la manera como sonido, formato de publicación, anonimato y cuestiones de identidad, convergen para desarrollar mundos sonoros, que surgen no solo de darle forma a samples en un DAW sino de buscar honestamente cómo se es uno mismo, en la mutación constante de los segundos. ¿Qué es la resistencia en un mundo donde “ha caído Internet” y abundan tanto nuevos sistemas operativos como “errores internos fatales”? ¿Qué es resistirse en un panorama etéreo, tan real como ficticio, post-cualquiercosa? Ya sabemos que no hay respuesta definitiva para tales cuestiones, pero sí puede haber una pregunta más específica: ¿Qué es resistirse aquí, en Medellín, en Colombia? Lo que se ha vivido en estas tierras, lo que configura la memoria que configura la cultura y a su vez el futuro, el onirismo y la magia que abunda en nuestras consideraciones del espaciotiempo. Cada esquina, mirada, forma; cada símbolo, abstracción, categoría. ¿Qué dicen, qué callan? ¿Son resistentes? ¿Cuantos resisten, cuantos no? ¿Quién vive? ¿Quién sobrevive? ¿Quién combate? ¿Quién baila?

Hay quienes, como Verraco, combaten bailando y son milicia en un tornamesa que dispara la especulación de un futuro que aunque podrá no verse bien a ratos, se escucha cada vez más y mejor. Es particular, de hecho, que lo que se escucha parezca siempre estar más adelante de lo que se ve. Lo sonoro, como propone Eshun, es generativo: el sonido genera mundos. Podríamos entonces pensar lo mestizofuturista sonoro como ese conglomerado de fuerzas, impulsos, atmósferas y tendencias en la creación sónica de cualquier pueblo mestizo y cómo tal ingeniería se revela siempre en nuevos mundos y formas de toda índole: política, social, cultural, estética, imaginaria. Así la resistencia aparecería como un acto de contemplación, de danza, de percepción, de estética, de arte, de exploración continua de dimensiones que aún no han sido dominadas por otros entes audiovisuales o por la vorágine mecanicista de nuestro frenético mundo.

Hoy más que nunca, hacer sonido/música en una ciudad como Medellín es un acto políticamente necesario, y hacerlo a la manera de Verraco, es querer instaurarlo desde una perspectiva más propia en términos de sinceridad y reconocimiento, un truco que reclama identidad pero la cuestiona, pareciendo que su música es más bien una invitación a oscilar en el loop, el corte o el filtro y no tanto en la distinción, la tradición y el mito pretérito. Así crea el artista una interesante paradoja: por un lado una valoración de la tradición en la montaña, de la “verraquera” o de la condición mestiza que refleja la idea de la identidad; pero por otro lado la explosión de una serie de sonoridades influenciadas por tendencias musicales e ideológicas de otros lugares, debatiéndose entre el techno y el ambient, pasando por formas del electro y detallados procesos experimentales. Esta ambigüedad o heterogeneidad, lejos de ser un defecto se convierte en la fuente que explota el artista, aún más evidente en su más reciente trabajo, donde se cuelan ideas de lo cibernético, la androginia y la idea de trascender las dicotomías categóricas y reconocer que “nadie es nadie”.

La nueva granada

La Colombia de Verraco se acerca más al Macondo de Gabo que a la definición de Wikipedia: intersticio entre lo real y lo ficticio. Vivimos en la siempre nueva granada. Vivimos entre las consecuencias de nuestras insolencias colectivas y más allá del filtro moral de tales acciones, hoy hay quienes le apuestan por más bien considerar el filtro de sintetizadores y mezcladores dentro de clubes que, en altos niveles de sonido, llevan los surcos a conexiones supraestelares con cada una de las fibras del cuerpo, la mente o cualquier ente psicofísico que se atraviese en semejante andamiaje de ecos. Como en Macondo, cuando llegan nuevos artilugios, se arman nuevos rompecabezas, imaginarios, realidades, rutas para decirnos algo que nunca se sabe que tan real o imaginario es, pero de alguna forma configura lo que somos.

En un territorio con las variables ambiguas y mestizas de latinoamérica, hacer música es inevitablemente militancia, más si se trata de oscilaciones como las de Verraco, que indagan en escapes melódicos a mundos de una Antioquia futurista apta para sugerir un mestizaje arraigado en la condición latinoamericana, descolonializada, pero a su vez abierta a un mestizaje global que hoy aparece en la tecnología y que se manifiesta en la posibilidad de tocar, en Medellín, sintetizadores creados por japoneses con materiales chinos y desarrollos de circuitos americanos que se venden en India, Suráfrica o Chile.

Hoy parece que no podemos ignorar la dislocación de todo, mucho menos cuando nos preguntamos por lo propio, que a fin de cuentas no es tal de forma absoluta y como todo lo que existe, no escapa a la eterealidad: siempre se disuelve. Lo que puede hacerse, sin definir nada, es precisamente explorar algo nuevo: aprovechar la tecnología y, desde una suerte de anclaje en modelos importados y propios, lograr ir más allá y no recaer en formas típicas. Esto hace Verraco, pero a muchos otros en la ciudad que están sigilosamente creando una guerrilla de sonidos que experimentan con lo rústico de lo analógico, los bajos fuertes, filtros modulados y osciladores en secuencias particulares.

Cibermestizaje

En la idea tras Insurgentes se deja ver en gran medida una particular forma que tiene el sonido de enlazar las tendencias culturales y las variables que condicionan los territorios, las comunidades. Los problemas de un pueblo, sus formas, sus dinámicas, sus palabras, sus creencias, todo su lenguaje, sus sentidos, sus vías de moldear lo que es o no es el mundo. Es interesante considerar cómo esto se ancla para proponer una ficción alrededor del sonido, que en última instancia representa un encuentro mestizo, hibridez, transmutación continua de versiones del mundo. Verraco es anónimo pero hecho de muchos, por eso es cualquiera de nosotros. Mientras permanezca oculto -que ojalá lo haga-, será múltiple será siempre una máscara disponible para todos, un puño común en alto, una voz andrógina, un hackeo mínimo pero en el kernel; un nadie que pone a bailar a muchos.

En las montañas antioqueñas, como en tantos otros lugares del mundo hoy en día, todo está por lo general colmado de un impulso de resistencia y de una constante búsqueda de rutas alternativas. Estamos plagados de magia realista, donde la mayoría de las cosas que suceden son ambiguas, mestizas, mutables. Aquí nadie sabe qué es América. Aquí han sonado chamanes, balas, extranjeros, hibridación. Aquí no es novedad el rizoma ni es gran cosa la inter-disciplinariedad; siempre han estado, porque nunca hemos sido fijos, porque siempre hemos estado alertas; para bien o para mal el caos nos ha mantenido reactivos. Por eso aquí –si es que hay tal aquí– siempre ha habido algo diferente, porque siempre ha habido resistencia, fruto de reconocer siempre, en nuestra historia otras regiones de cosas que han querido imponerse, queriendo dominar y aprovecharse de otras.

América latina carga una historia de opresión e injusticia, pero a la par ha estado siempre un resistir que traza el futuro fuera de lo lineal. Nuestro contexto, si bien se ha plagado de armas de fuego cuya efectividad es evidentemente cuestionable, también se ha dado en una magia sostenida ante la realidad, en una especulación permanente. Nuestra resistencia se ha dado siempre en armas estéticas, pero particularmente en lo sonoro se ha dado de una forma profunda. El lenguaje, la música, las tradiciones. Máquinas conceptuales, mitologías fundadas en formas invisible del sonido; los juglares siempre han sido cibernéticos: siempre han comprendido el sonido en red, entre oídas, como una transmisión oral. Hoy entre máquinas, esas oídas develan fábulas sónicas, surcos de vinilos que combaten no quitando vida, sino haciéndola más real: desde el audífono hasta el club.

En el caso particular de Verraco la música convergen herramientas viejas y nuevas. Formas mestizas también en el tiempo , como cruces de maneras de hacer la música. El techno, los cortes, la experimentación rítmica. Patrones en diferentes estructuras jugando al mismo tiempo. Consideraciones interesantes de las atmósferas en una influencia del ambient que se hace notar en barridos de energía que se van sacudiendo entre máquinas para generar dosis intensas de suspensión, a la par que máquinas de ritmo entran fuerte para dirigir la marcha de la materia, el baile tanto en la industria como en el cuarto en la recamara. Y así, como cuando en Macondo llegó la alquimia, aquí llegó la música electrónica. Artilugios avanzados como un Korg MS-20 y un Juno 106 son armas de la nueva granada, son formas de combatir las persistentes tendencias programáticas de instituciones capaces de afectarnos.

Resistir

“Si no puedo bailar, no puedo ser parte de tu revolución.” – Verraco

La posibilidad de extender el proceso tecnológico y creativo desde lo local hacia otras dimensiones enriquece la pregunta misma por lo que sucede en nuestro contexto. No es entonces solo utilizar palabras de la cultura y adoptar conceptualmente cierta fachada y crear nuevos conceptos, sino ante todo darle a los sonidos, a la materia y a todo lo que compone la obra, una lógica conjunta que ha de estar en su mayoría ligada al tratamiento del sonido como tal, en este caso influenciado por ritmos variopintos que nos permiten apuntar si bien no a una estética definida, sí a una tendencia, a un impulso, a una ola que apenas se empieza a sentir en gente de Medellín.

Más allá de la validez de un mestizofuturismo en cuanto tal, podemos establecer coordenadas similares a ideas referidas a otras diasporas en las que esa condición limítrofe -en nuestro caso mestiza., una vez crea y tiene contacto con la tecnología cósmica de las máquinas presentes en siglo XXI, abre su imaginario a coordenadas desconocidas en su propia geografía. Sin embargo, por obvias razones, hemos de concentrarnos en nuestra condición local e indagar en el imaginario sónico de quienes hoy, usando tecnologías traídas de los demás continentes, se atreven a cuestionarse la propia identidad y la pertenencia a una tierra donde se está intentando cambiar las balas por potenciómetros y minas anti-personas por LFOs.

Hablar de mestizofuturismo es entonces hablar de una ficción de resistencia, siempre atenta, siempre alerta, incluso oculta. Como Verraco, la música puede proponer sus mundos en el anonimato pero sin abandonar intenciones radicales con respecto a la consideración de la realidad en presente. Verraco se oculta por ello en la materia para combatir en el éter. Hace de su música un ritual para sonar en un antro bajo tierra, como quien busca sus raíces con las formas de hoy, buscando mitologías ciborg, post-humanas. Su mestizofuturismo hace pensar en otras mitologías, nuevos rituales, y a su vez otras maneras de rechazar lo que se identifica como ortodoxo o como nocivo pero que a fin de cuentas es el parásito necesario en toda simbiosis. Por eso será legítimo el virus y será legítimo combatirlo, porque a fin de cuentas todo virus es fruto de un combate, y siempre se combate un virus con otro. En la dimensión sonora se gestan de la misma manera batallas conceptuales, ideológicas, culturales, religiosas. Por eso es necesario tener máquinas que caven hondo, que rompan burbujas y nos permitan un encuentro con lo que somos.

Por eso necesaria, al principio y al final, la resistencia, porque sigue el conflicto, porque sigue el combate, porque, como pensaba el antiguo Heráclito, el fuego caótico reina todas las cosas. Este mundo es dualidad, materia con materia, rojos y azules turnándose el ajedrez mientras el pueblo sufre. Pero hoy no estamos para lamentos porque podemos proponer asuntos fuera de esos dualismos, porque podemos mostrar que el sonido es una forma diferente de considerar todo cuanto es. Fácil quedarse en las marañas del pasado; el reto es proponer, pero para ello se necesita una mínima dosis de insurgencia, independencia y rebelión. Pero no caer en las revoluciones del pasado, en impulsos desmedidos que no llegan a ningún lugar: necesitamos otras maneras de expresar el inconformismo y a la vez nuevas maneras de mostrar vías para habitar sin el fundamento impuesto de la anterior revolución. Saber por ello que el futuro representa en esencia un patrón de liberación pero a su vez es un mito innecesario porque el futuro se vive ya.

Resistir es entonces, nuestra cepa, y como en el caso de Verraco, es no solo hacer música o escucharla, sino hacerse música, vivirla como forma de legitimar la propia convicción y hacerle frente a aquello que degrada nuestra condición. Pero para ello es necesario el culto, es necesario como sugiere el escritor Simon Reynolds, vivir la electrónica hardcore, es decir en su forma más profundamente anclada en la realidad. Reynolds usa el termino “hardcore” no como vínculo estético sino para referirse precisamente a una tendencia propia de muchas culturas, ciudades y momentos que se han desarrollado en torno a la música electrónica y que se protagonizan por “garantizar una estancia de intransigencia subcultural”. La idea inherente a ello es la identificación de la música electrónica como forma ideológica, postura política o incluso como forma religiosa, en tanto la cultura del techno y especialmente la del rave, representa según Reynolds una “matriz de estilo de vida, comportamiento ritualizado y creencia”. La resistencia es aquí ligada a una búsqueda de la raíz, de la identidad, no en términos de diferencia y singularidad, sino en el reconocimiento de aquello que resuena en el contexto propio y de cómo convergen ciudad, entorno social, tradición, tecnología y música en un ensamblaje que pretenda la resistencia, quizás no en armas o manifestaciones, pero si en surcos y espacios con sistemas de sonido.

En la dimensión de la escucha seguimos resistiendo y lo hacemos no matándonos sino creando barreras de frecuencias y pulsos de máquinas capaces de detener la opresión audiovisual, capaces de ausentar de las personas el discurso de un sistema que los hace esclavos de sí mismos, para permitir otras vías donde al menos podamos especular otro mundo, donde podamos sembrar otras formas y apuntarle a otras maneras de narrar nuestro propio conflicto colectivo. La idea de seguir combatiendo es precisamente la de seguir resistiendo, sin hacer daño, antes evitándolo: con música, cuyas armas destruyen no vidas, sino precisamente, todo aquello que impide vivir.

Sonidos

Insurgentes Bandcamp

Verraco – New army of androgynes

Verraco – Resistir

Referencias

Verraco, el productor insurgente que emerge en Colombia, DJ Mag

Clubbingspain podcast + entrevista

Eshun, Kodwo. More Brilliant Than The Sun.

Lovink, Geert. Uncanny Networks: Dialogues with the Virtual Intelligentsia.

Reynolds, Simon. Energy Flash.

Sabato, Ernesto. La resistencia.

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