Señales

Rarae aves

Medellín, Museo de Arte Moderno, 2018. En el ascensor ya suenan sin que nos demos cuenta esa cantidad de señales extrañas que más adelante encontraremos audibles en la sala. Por ahora es más importante el sonido de la señal de parada del ascensor en el tercer piso, donde nos bajamos para dirigirnos a una grieta única en la ciudad, el LAB3. Caminamos por un pasillo que nos conduce a la puerta del enigmático recinto, donde desde hace unos años se viene sintonizando una cadena de sucesos, extraños en principio para la comunidad local, pero hoy día más aceptados, buscados y atendidos, probablemente por el esfuerzo de permitir de forma más abierta la exploración de lo que sucede tras las instalaciones o lo que los artistas que las construyen tendrán por decir.

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En un pie de página del folleto que se entrega al entrar a la instalación, aparece una referencia interesante que hace alusión a ideas de investigadores del sonido como Doughas Kahn o Pauline Oliveros y su uso de la palabra sonosfera, para referirse a “la amalgama de sonidos, no solo musicales, que envuelve el planeta y su significación para los seres humanos.” No se aclara, eso sí, dónde pueden habitar esos sonidos, en su mayoría cuerpos transitorios que flotan invisibles a nuestro alrededor y que, según el contexto y el dispositivo receptor, serán audibles o inaudibles.

Al entrar en el cuarto, aparece un espacio lleno de artefactos, imágenes y sonidos dispuestos por HK4ADJ, quien trabaja con ondas radioeléctricas, algo así como formas de vida y paisaje que suceden entre las comisuras del mundo mismo, lo cual es explícito en lo que se audiblemente en la exhibición: “señales en tiempo real, tales como el paso de satélites, la voz de los taxistas en frecuencias piratas, lo que se puede escuchar en una línea de emergencia o en la torre de control del aeropuerto local, entre muchas otras fuentes posibles que hacen parte de ese paisaje sonoro invisible.”

Días antes de disponer los sonidos para la instalación, este inventor se las arregló para capturar varios sonidos y señales que luego harían parte de una composición constante dentro del espacio multicanal del LAB3. El resultado es una apreciación especial de la ciudad invisible, de cómo el valle sónico aparece no solo en tanto ese espacio inaudible donde la materia fantasea con figuras acústicas, sino también como una suerte de topografía electromagnética que guarda su propia arquitectura etérea, hecha de nada que se pueda tocar pero sí que se transfiera, que se impulse, que se condense en mensajes o palabras o movimientos. Todo el territorio es aquí formado, atravesado y configurado por dimensiones de la vibración que no necesariamente serán tangibles pero que de alguna manera logran una suerte de transducción a estratos más palpables, como un mensaje de voz, una llamada o cualquier conversación que se realice de forma tele-fónica, radio-fónica, es decir, cuando sea que se trata de vibración a larga distancia dentro de la gran matriz acústica.

Cuando se juntan ciertas ecuaciones, impulsos especulativos y la adecuada ingeniería, entonces se pueden construir herramientas para adentrarse en esos territorios que desde cierta perspectiva podrían considerarse suprasensoriales, paranormales o sobrenaturales, pero que desde la visión que los conoce, son aceptados dentro lo que es posible en el campo sensorial del ciborg, por ende normales dentro de otra dimensión y naturales si se entiende naturaleza como la legitimidad de un evento y no como un asunto necesariamente demostrable dentro de los parámetros que establece la biología. De hecho para el ciborg nada sería en rigor sobrenatural, suprasensorial, o paranormal. Todo vendría siendo ampliación del sistema, bien sea en su hardware, bien sea en su software, que en términos de la escucha es de forma simultánea. Por ello los modos de escuchar algo afectan tanto el sonido como lo hace un aparato electrónico.

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En toda la sala hay una serie de antenas y dispositivos utilizados para sintonizar señales de espacios abiertos y comunicaciones de todo tipo; desde ondas satelitales hasta actividad paranormal. Algunos no están sino para presentarse visualmente dentro del espacio; pero los hay más activos, como una computadora que va conectándose –mediante una enorme antena– con señales del espacio sideral. Sin embargo la instalación es más interesante en lo acusmático, donde toman realmente presencia esas voces fantasmagóricas, esos cuerpos temporales, esas manifestaciones que no alcanzamos normalmente a percibir, pero en este caso, gracias a la intriga técnica, se hacen posible en nuestro rango de escucha. Es como adentrarse entonces en una historia de otro mundo narrada en la radio del cosmos que se abre una vez el oído se alía con la máquina para surcar la galaxia.

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Tras varias escuchas aparece uno en tantos lugares que es difícil saber en últimas algo concreto sobre ellos y más bien se queda uno dibujando el mapa general, como no distrayéndose con los eventos de la imagen del rompecabezas para más bien concentrarse en las fichas y sus bordes. Entonces es posible percatarse de esa capa del mundo y salir del LAB3 sintiéndola en todo, en cada movimiento, en cada aparato, en cada mensaje. Esa ecología intangible, esa red inmaterial pero aún así tan llena de energía, con su propio equivalente de materia, pero en el tiempo. Y en la sonoridad, no en la gravedad.

Es más: si uno se detiene a contemplar la ingravidez de los modos incorpóreos de la energía, donde la forma es siempre transitoria y la manifestación de lo real solo se atreve al espectro y el devenir más que al cuerpo y lo estático, entonces es evidente que la cuestión no es solo cuestión de que haya un valle de cuerpos que emiten sonido, sino también al revés: puros entes que nacen de la vibración misma, como si todo lo que existiese no fuera lugar donde acontece la radio, sino hijo directo de la misma, cúmulo de esos rastros, espacio nacido de la resonancia, mundo en el éter.

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