Especulación

Partículas Dispersas III

Estética y hermenéutica: conmoción y sentido.

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La experiencia vital y la compresión de la realidad.

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El arte, la ficcionalidad, la expresión, la fusión de sentidos, la complejización del pensamiento y la fluctuación corporal.

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Las dimensiones simbólicas del hombre, como también sus compuestos emocionales y morales, los gustos y las posibilidades de realización de los sentidos humanos, la riqueza y fecundación del conocimiento, la mutación del lenguaje y el devenir de la imaginación.

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Realidades últimas como el tiempo o la felicidad, la libertad o la existencia humana, es vitalidad cósmica.

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La estética es el principio y fundamento por el cual el hombre se ve arrebatado a la conmoción que le causa el mundo, pues es gracias a esta facultad de lo sublime que se ve arrojado al mundo en toda su magnitud acontecimental.

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Las rupturas de nivel en la conciencia tienen una fuerte dependencia de esta dimensión estética, puesto que permite una relación analógica con el resto de componentes espirituales que operan dentro del hombre, es decir, le permite acceder a sus profundidades inconscientes para asomarse y conocerlas.

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La actividad onírica está en función de la manifestación de vivencias simbólicas que han sido patrimonio de los grupos culturales humanos desde el origen de las tribus en el tiempo y que en diversas ocasiones se tornan angustiantes o místicas.

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Esta dimensión estética opera bajo reglas simbólicas en tanto se ocupa de la manifestación de las posibilidades humanas en el mundo: realidades como amor, odio, curiosidad, intuición, emoción, atraviesan nuestra composición nuclear.

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La experiencia estética permite aproximarse al cuerpo humano desde intenciones no sólo medicinales o gimnásticas (cómo sólo ha pretendido encargarse las neurociencias), sino que permite una reestructuración del mapa orgánico del hombre: sus horizontes emocionales, sus represiones, los temores inconscientes, la comprensión de sus órganos psicológicos/espirituales, así como las correspondencias simbólicas que desde las épocas primigenias establecía el hombre con sus ancestros.

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La estética es una dimensión que cimienta la sensibilidad de la conciencia humana. Es entonces inminente que esté articulada directamente con la hermenéutica, en tanto ésta última se pregunta por las posibilidades del sentido y los problemas que tiene el lenguaje a la hora de expresar a cabalidad una vivencia.

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Si la hermenéutica aborda el problema del sentido y la estética la experiencia de conmoción humana, estas dos están actualizando la simbología de la Tradición en la medida que permiten que las experiencias radicales siempre estén circunscritas en constante estado de novedad y autenticidad con el mundo.

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Una autenticidad no voluntaria, sino arrebatadora, que destruye los prejuicios y renueva la capacidad del entendimiento; si bien la epistemología y las ciencias estipulan leyes de aclaración y metodologías de experimentación, la hermenéutica y la estética permiten la mutación y renovación de los fenómenos en formas no contempladas antes. Así vemos cómo evoluciona a lo largo de la historia, el arte y los Lenguajes, las herramientas de la ciencia y las divinidades religiosas, tanto como los límites que trazamos sobre el universo.

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Si bien la dimensión donde la ciencia saca su materia prima, intelectualmente hablando, se encuentra ubicada en la dimensión racional del Logos, en la estética y la hermenéutica se circunscribe dentro de la racionalidad del Mythos.

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Mythos y Logos habitan en una dialéctica de fecundación, puesto que las posibilidades de nuestro mundo nos permiten establecer relaciones entre saberes y modalidades del lenguaje que puedan eclosionar en dispersas realidades del hombre, como lo son su periplo onírico, la aventura ficcional, los movimientos de la pasión, las formas de la racionalidad, la rendiciones de la angustia, las perplejidades del Tiempo y la especulación del cosmos.

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