El actor y la máscara

El rostro es la expresión corporal emanada de nuestro espíritu. En él se marcan los tiempos en que hemos habitado la vida, allí se reflejan todas nuestras experiencias, que trazan cada gesto, movimiento y cicatriz de nuestra intimidad. Por supuesto, su sutileza permite que a pesar de su evidencia, esconda, transforme y condicione las formas de comunicarnos con los otros, y de disponerse a mutaciones que simulan acontecimientos y con-tactos con lo que padecemos o gozamos, lo que fingimos o actuamos, como reflejos del espíritu humano que cada fragmento que nos individua es.

La demostración sobre el poder de la máscara como herramienta en el oficio actoral y escénico realizada por Ana Vazquez de Castro y Donato Sartori nos invita a navegar en el origen -con pausas frescas de buen humor- del uso de la máscara en la representación teatral, lo cual nos remite a sociedades animistas primitivas, analizando elementos que cimentaron en el tiempo, el arte de la interpretación actoral. Es indispensable tener en cuenta la importancia del cuerpo como médium o encarnación de las intenciones o disposiciones de la mente para incorporar en la forma de estar/habitar el entorno, como un juego de representaciones en las que apostamos nuestra vida cotidiana. Nietzsche escribió que los primeros en descubrir el carácter enmascarador de las relaciones humanas y sus juegos de representaciones son los artistas. El arte es un juego de apariencias en que se logra un equilibrio con las formas esenciales que tenemos del conocimiento propio.

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