Señales

Crónica de una abducción sónica

Avistamiento

Es casi media noche en el valle, ese mismo que se deja seducir por un hedonismo herido que, pese a divertirse entre tragos y sostenes, se sabe incógnito, indefinido, epicentro de la mutación y lo inestable. Este mestizaje, de una cultura narcótica mezclada con la tendencia gradual a la exploración de lo desconocido, es lo que hace a Medellín una fértil atmósfera para el futurismo y la eterealidad, como bien lo demuestra Skcribled al iniciar con un contundente set de exploración rítmica, colmada de textura y fina geometría sonora.

La cita es en un club habitual donde reside un grupo de mentes que llevan poco más de cuatro años sembrando nuevos sonidos electrónicos en esta tierra, donde son escasas figuras subrepticias y resistentes como lo es esa asombrosa masa llamada Move, que hoy nos convoca a recibir a un DJ conocido por su exploración de una ciencia ficción sónica sin igual, solo apta para quien pueda dejar a un lado lo que conoce y atreverse a surcar tierras lejanas, muy lejanas. Hablamos, —y no alegóricamente— de otras galaxias, de otros mundos, de otras sustancias, de otros tiempos. Hablamos de otro universo, que se revela en cada beat, en cada frecuencia. Traer un DJ a tocar, es abrir un portal a lo desconocido, es nutrirse de vida sonora, que no visual o material, pero atraviesa todo lo que vemos o tocamos.

Lluvia de aliens

Un set de cuatro horas por un heredero de la magia de Tresor, elegido intencionalmente, como cada artista que Move ubica en los eslabones de su cadena de portales sónicos. Sus sonidos son gruesos desde el comienzo, presentando cada sinte como criatura, cada pista como un mundo, primando la selección sobre la innecesaria manipulación, aunque dejando también espacios para inspirados cortes y movimientos donde se pierde la noción de la canción y las capas aparecen como una sugerencia de una experiencia atemporal: ese momento del techno donde la intensidad de la escucha y el movimiento del cuerpo con respecto al bucle permiten una suerte de ruptura del tiempo, haciendo de la escucha una forma de liberarse de la línea y beber de la anacronía de la resonancia.

Así va Bradley despejando el panorama para las naves que aterrizarán, las cuales irá repartiendo a lo largo de la noche, haciéndose increíblemente intensa en su última hora, pero manteniéndose en ciclos extraños, como un código secreto, su propia clave, su propio esquema que fluye en tiempo real como cada sintetizador que aterriza y luego exhibe sus bondades como criatura que es, oriunda de mundos del número y la manipulación atómica de la materia, hija de la revolución industrial y nieta de meditaciones cartesianas. La máquina, esa innombrable, esa pregunta, esa otra, ese alien.

Tres cero tres

Para nadie que cultive el techno será novedad la mística de la Roland TB303, capaz de cantar, susurrar, rugir, sentir, decir, escuchar. Si los sintes portan señales de otros universos, la 303 carga una fina selección, imposible de hallar en otra máquina, imposible de escuchar en una aleación que no trate las ondas como las trata esta obra maestra de los circuitos, algoritmo de algoritmos, cuyo filtro es un hito musical, un instrumento en sí mismo, que a la par de un LFO y un original sistema de secuenciamiento, hacen de la mítica máquina una panacea sónica. Bien decía  Reynolds en sus reflexiones sobre acid tracks y acid jacks:

“… si nos deshacíamos de toda huella de alma y humanidad, estábamos ante música maquinista sin concesiones, música hecha por máquinas que te convertía en una máquina. La repetición, que anula la mente, ofrecía liberación a través del baile en trance.”

Bradley es bien conocido por utilizarla, por encarar la acidez que implican los voltajes de este artefacto. Sin embargo, su set no está saturado de su sonido, sino que parece más bien girar en torno a este. Su set pareciera una especie de espacio donde la 303 habita en momentos selectos. Su set se dispone en torno a esta enigmática máquina, que entra y sale entre otras naves, entre otros organismos. Así el DJ se presenta como artista del filtro, escultor de señales en nuevos estados de la frecuencia que no tiene otro objetivo diferente a hipnotizar, alienar, abducir, liberar.

OVNIs en el valle

En este Medellín del futuro los aliens son bien recibidos, pues traen mensajes importantes: en un barrido que hace mover decenas de manos, en un eco que estalla en la mente de algún ente en la hipnosis, en un espacio que se abre entre dos manos, en la estructura que se diseña como bloques de loops, en los botones de objetos voladores no identificados sino por el oído. Algunos parecen órbitas delicadas de planetas audibles. Otros evocan estelas de sonidos distantes, como si los ecos llamasen otros ecos, galaxias de resonancia que se autoreplican.

Para ese entonces los sonidos giran y giran como una nave de otra civilización que surca la estratosfera. La 303 aparece de nuevo, esta vez siendo un pulso que se abre y cierra. El cutoff respira y se va cortando para abrir paso a su propia ausencia. En otros momentos la máquina se carga de eco y los aliens se multiplican con cada uno de sus armónicos. El bajo se llena de sí mismo, rebosa de reverb y se hace más etéreo que cualquiera de las azulinas luces que en el lugar se cuelan.

Mitología cibernética

El Arte del DJ pareciera una forma de domar sonidos, de disponerlos. Algunas veces los cambios no necesariamente tienen que ser transiciones donde el pulso se mantenga en una esperada alineación. A ratos también es interesante la dislocación, el trance entre BPMs y la forma en como se puede evolucionar una curva desde el cruce mismo de las variables entre ritmos.

Así va abriendo Bradley un museo de lo ácido, entre melodías que se esconden para luego aparecer, máquinas que simulan tener su propio lenguaje y decirse asuntos ante los que un humano, por algún motivo, no puede sino bailar. Así el DJ va creando un aeropuerto interestelar con un techno variado al tiempo que fundido en la repetición. Es una constante manipulación del tiempo, a varias manos, a varios seres, donde la ciencia ficción y la psicoacústica parecen aliarse a la hora de abducir los oídos presentes entre cortes, loops, contrastes de graves invasivos, interminables secuencias y algunos trozos de sonido utilizados en momentos tan precisos como aleatorios.

DJing

El Djing es un arte arcano
en el que la  música conversa
consigo misma.

El DJ no es tanto quien elige canciones
sino a quien las canciones mismas
eligen.

El DJ es medium
que se deja influenciar
por señales de otros universos.

El DJ escucha
las canciones entre las canciones
la musica que hace la musica
sonidos que juntos hacen sonidos
ecos que se oyen mutuamente
silencios que callan entre sí.

Avalanchas

Hay unos momentos extraños en las masas de sonido que se cuelan entre los tracks, todas absortas en un sidechain que genera una textura donde el sonido no ondula sino que respira, abriendo paso a que entre de nuevo la 303, que Bradley parece elegir cautelosamente, pues en cada una de sus apariciones la presenta en un matiz diferente, no solo en términos de su secuencia, los deslizamientos entre las notas o el juego con el filtro, sino también en su integración con otros sonidos, con efectos, o en la disposición rítmica que la manifiesta, presentando por ello toda una variedad de opciones que permite tanto el extremo de acceder a una amplia gama de posibilidades de la máquina o el otro lado: simplemente dejarla extenderse en atmósferas y barridos, como siendo entre ecos, en su reposo. Así logra ir desde sus más tenues momentos hasta una explosión en los filtros, en el descontrol de la frecuencia.

Abducción acusmática

Con el tiempo, la permanencia de ciertos sonidos, de cierto pulso y la alteración constante de dinámicas sónicas entre las formas mismas del timbre, se va desprendiendo la posibilidad de aislar lo que se escucha y de limitarse simplemente a la experiencia sonora. Esto lleva a un momento siempre asombroso de la experiencia de la música electrónica en el que el sonido pide plena oscuridad e inmaterialidad, esto es, experiencia acusmática: un parpadeo inverso, como de quien abre los ojos solo para constatarse de seguir en el mundo, como para palpar un poco de materia.

Los ojos se mantienen cerrados la mayor parte del tiempo para que predomine el sonido, pues en la materialidad emerge un mundo que no se presenta en la sonoridad nacida del ejercicio acusmático en cuanto tal, por ende las posibilidades de la ficción sónica van a depender estrictamente de un contacto directo desde la escucha, lleno de otras señales que no necesariamente serán visuales o materiales, aun cuando se anidan a las imágenes con elegante sincronía y se adhieren a los cuerpos en los estratos mismos de la vibración de sus componentes.

Ver

Hay sin embargo, momento para ver: los rituales de Move se caracterizan por la constante experimentación visual y la consideración de lo conceptual desde la luz y el video, por lo general comandado por el VJ de la casa, Doppelganger, que en este caso se dispuso a tejer una franja de vídeo donde se vislumbran extraterrestres y formas abstractas que combinadas con las luces generan una textura en la cual el sonido se confunde con lo que los ojos exploran.

Alienación

La acusmática comprende a su vez una anulación del oyente. La experiencia del movimiento y el hipnotismo que ofrece el techno seleccionado por Bradley permite una situación de desujeción donde la escucha establece otras coordenadas del cosmos gracias a no estar condicionada por sus miedos habituales. Mientras el DJ expone su magia, el club se vuelve un teatro de sombras: una cabeza se mueve sin control; unas manos en el aire garabateando un diálogo improvisado; y el foráneo visitante como director de un espectáculo de siluetas y suspiros colectivos, ante el crescendo interminable; la euforia atravesando ese cuerpo-multitud, cual criatura sónica de fervor colectivo, energías compartidas. Liberación en masa.

Y entonces el alien es cada uno en sus múltiples formas venideras o quizás nunca destapadas. El alien será tal vez también el otro que se ve danzando, imaginaria o visualmente, sonora o tangiblemente. El otro, uno mismo, acaso importa a la hora de la escucha? En el sonido es una lluvia de criaturas extraterrestres, sin duda alguna. No humanas, hechas de voltajes y filtros, alimentadas de modulaciones y cortes que se distribuirían en un arsenal de cuatro cdjs.

Una hora sin tiempo

De tanto sentir la sonoridad cósmica de este comandante de extraterrestres, cree uno que todo está ya servido, pero no: lo mejor estaba esperando para el final, una última hora donde era a ratos imposible distinguir cual de los tantos pulsos que se entrecruzaban, era el que mantenía la secuencia. Era imposible determinar en muchos casos de cuantas pistas se trataba o simplemente qué sucedía. Una hipnosis inexplicable, donde descendieron más naves que humanos en el sitio, saturando el lugar de señales extraterrestres que solo parecían tener un mensaje: liberación, el estrato final de la alienación: como un otro que no se ve tan distante de esos otros, que por ser otros, comparten con uno algo. Entonces esta fiesta de otros se vuelve más interesante aún porque el alien se vuelve oportunidad y deja de ser mero juicio, logrando así presentarse no como distanciamiento entre seres humanos y no-humanos, sino precisamente lo contrario: apertura a lo no-humano que se presenta a su vez como oportunidad de desprendimiento y libertad.

No resistirse al beat

Do not resist the beat, reza Bradley y reza Move, quienes no se resisten a perpetuar la insurgente cultura que implica su forma de proceder, su honestidad en la transmisión del concepto, en la intención de sembrar música, más allá de simplemente ponerla a sonar entre lujos. La idea de Move no es otra que hacernos mover, pero no como una empresa de fiestas sino como un colectivo de amigos, un combo que trae otros para que conversen con música electrónica. Es por ello más que un colectivo de promotores o una gente que hace eventos: son un ente cultural en todo sentido, preocupados por el movimiento en la razón misma, en el contexto, en lo político, si se quiere el término, aunque no puede este confundirse con la institución y el esquema, sino con eso que antaño parecía preocuparle más a los entes activos de una ciudad: tejido colectivo para agrietar el alma progresista sin caer en nihilismos y anarquías sin salida. Comunidad, culto, cultura y cultivo, decíamos en entregas anteriores. Y aquí se va completando la ecuación con otro elemento: movimiento, como manifestación plural, como reacción al tiempo presente, como espacio para pensar lo diferente y construir, antes de cualquier cosa, un tiempo para la abducción del sonido.

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