Tejiendo la Historia

Los pasos se extendieron a lo largo del zaguán, y en ese tramo en cuyo espacio transcurría una peculiaridad sonora análoga al golpe seco sobre la madera, también ocurrió un ciclo entero de la vida. El fragor aumentaba en tanto los asistentes concurrían al sitio hasta el punto de engendrar una sórdida agitación, y en medio de llantos, plegarias, disputas, carcajadas y confusión, todo parecía tener un punto de equilibrio: los hombres allí presentes estaban a punto de parir una época. Para ese entonces las instituciones se disolvían y el poder se escurría por las grietas de los pactos, los pesos éticos eran móviles fugaces en busca de nuevas fronteras que marginar y el lenguaje oscilaba entre volutas de voluntad y ficciones de cofradías.  Uno de aquellos hombres, arrebatado de oscuridad, murió desangrado al forjar con su sangre el dolor, el mal y el desvanecimiento gradual; otro asistente, empero, yacía sereno sobre su escaso puesto y de la puerta batiente de su respiración, brotaban flujos de suave armonía, amor y dulce sopor; entre tanto, uno de ellos ocultábase detrás de mil máscaras, porque nunca supo que hacía allí; varios durmieron y otros sólo guardaron inocuo silencio, algunos jugaron y otros nunca supieron que algo más allá de sus propios instantes sucedió; cierto grupo pequeño descubrió  las leyes del pensamiento para que entre tanta naturaleza incierta algo fuese verdad, pero pronto, muy pronto, varios conocieron el deseo y experimentaron otras situaciones de mayor complejidad, y, como si de un albor fresco y virgen tratase, brotaron sentimientos, imaginaciones y misterios sobre la realidad.  Aquella fascinación dio a luz a las bellas artes, las religiones y las ciencias, milagros mutuos y fecundos todos. Más espesa y untuosa la sangre tiñó de contingencia lo que se creyó como la divina eterna sociedad. La angustia reinó y el afán arribó, pero aquella geometría perfecta no dejó círculo sin consumarse. Para aquella nueva época, se deshacía una época…

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